Coco: Relato de cómo hay pérdidas que no son tales
El tornero
Hubo un tiempo en que Coco era de hierro. Tenista de club,
orgulloso de cada músculo, de cada arruga que no aparecía todavía.
Si perdía un
partido, lo vivía como afrenta personal. No importaba la edad del rival: él
estaba ahí para demostrar que podía. En la mesa, en la parrilla, en cualquier
terreno doméstico, tenía la misma actitud. El asado estaba un poco pasado, ¿no?
La salsa, con un toque de sal de más. No era burla, tampoco consejo: era su modo
de decir que él sabía.
Había aprendido el oficio de tornero y, como quien lima
el metal hasta que encaje perfecto, intentaba enderezar a los demás, al mismo
tiempo que, quizás como cualquier contradicción porteña, caminaba por la vida un
poco flojo de papeles.
Vendió las máquinas un día. No porque quisiera, sino
porque la vida fue llevándolo hacia ese costado sin torno y sin trabajo fijo. No
vivió holgado, pero tampoco cayó. Con lo justo se arreglaba, a veces con un
whisky bueno en la mano cuando se podía, siempre con el cuerpo cuidado como
último capital.
Su club estaba en La Paternal, sus amigos también. Pero vivía en
Lugano profundo, con una mujer buena, cándida, que parecía equilibrar su
aspereza.
Así fue construyendo dos mundos que se tocaban poco: el del hombre
orgulloso entre los suyos, y el del compañero de una casa sencilla en un barrio
que nunca fue del todo suyo.
Otro Coco
Y entonces, un día, cayó el segundo ACV. El primero
había pasado sin marcas, pero este no: le robó el habla, o al menos la
herramienta más visible de ella. Creímos que también la comprensión, hasta que
entendimos la trampa. Él seguía entendiendo todo. Lo que fallaba era la salida: me decía "Gordo" en vez de mi nombre, y cuando hablaba de mí con otros, lo resolvía
con una seña: las dos manos a los costados del cuerpo, como dibujando un
ensanchamiento que hacía innecesarias las palabras.
Sus tres hijos eran, para
él, un solo y único nombre. Una preferencia inocente, o tal vez la necesidad de
proteger a aquel hijo que siempre le había despertado más cuidado.
Cuando algo se complicaba, el único sonido que le salía era un largo “negrooo”,
como si hablara del panorama que se le venía.
La palabra "hijo de puta" se
volvió comodín en su boca rebelde: insulto involuntario a un plomero que entraba
por primera vez, grito impotente ante lo que no salía, o incluso señal de
admiración frente a algo que lo sorprendía.
Había que aprender su diccionario
nuevo, descifrar lo que en realidad quería decir. Y en esa traducción forzada,
aparecía el hombre que siempre había estado escondido detrás de la coraza. Ahí
conocimos a otro Coco. El mismo que no pedía ayuda para moverse por Buenos
Aires, que recorría la ciudad solo, como siempre. Pero ya no era el que corregía
con gesto de experto. En su torpeza verbal se volvió vulnerable, y en esa
vulnerabilidad encontró humanidad. Había que leerlo en los ojos, en los gestos,
en ese intento fallido que, paradójicamente, decía más de lo que las palabras
hubieran podido.
Con su hija menor, había una herida vieja. La había dejado
cuando ella tenía apenas nueve años. Pasaron veinte casi sin hablarse. Hasta que
volvieron a encontrarse. Y entonces ella, con un perdón que no era fácil,
construyó con él algo nuevo, algo limpio. En esos últimos años, el padre ausente
fue, por fin, padre y abuelo. Y ella hija.
Ese es el misterio de Coco. En la
versión plena de recursos fue duro, exigente, crítico, implacable. En la versión
quebrada, la de las palabras que no llegaban a destino, fue más cercano, más
humano, incluso mejor. Como si el silencio forzado hubiera terminado de limar la
pieza que nunca había querido ser trabajada: él mismo.
Cuando el corazón se fue
debilitando, Coco caminaba dos cuadras y se detenía. Respiraba hondo, apoyaba
las manos en las rodillas, como quien se da un respiro, pero jamás pedía ayuda.
Una tarde, el colectivo 114 cambió su recorrido. Lo bajaron en un lugar
equivocado. Y ahí quedó, perdido en un barrio que no era el suyo, intentando
hacerse entender. Sus manos dibujaban un mapa en el aire, sus palabras torcidas
armaban un idioma propio. Y de alguna manera lo entendieron. Volvió. Siempre
volvía.
El cuerpo terminó por abandonarlo en un hospital de Devoto. Dicen que lo
último que hizo fue putear a una enfermera. Ella, lejos de enojarse, le sonrió y
le dio un beso en la mejilla. Y Coco, desarmado, respondió con esa última
palabra que salió como un suspiro cargado de deseo y ternura, un guiño
libidinoso y final: —Mamita…
Y, entonces, se tomó el 114 rumbo al cielo,
burlando al purgatorio, justamente como todo porteño flojo de papeles.
