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Mostrando las entradas etiquetadas como ResistenciaLiteraria

La porquería de la IA y otras menudencias

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   La IA es una porquería que te enreda y te marea ​ Se nos vendió que el futuro era una autopista de cristal. Pero la realidad es que nos estamos ahogando en una sopa de bits, cafés tibios y mediocres, y respuestas automáticas que huelen a cartón mojado. Si esto es el progreso, me bajo en la próxima parada. ​Café de especialidad y la farsa del "co-worker" ​Estoy cansado, diría putrefacto, de ver cómo el barrio se llena de esas "cafeterías de especialidad" que te cobran un Perú por un café frío que debería estar hirviendo. Ahí tenés al "barista", un muchacho que se ofende si le pedís un poco de calor, y al cliente tipo: el co-worker plantado en una mesa de cuatro con auriculares gigantes, clavando tres horas de reuniones virtuales con jefes metrosexuales que no quieren pagar alquiler de oficina. ​¿Mi propuesta? Un bar de verdad. Café al paso, el diario en papel —donde las noticias todavía tienen olor a tinta—, y una medialuna de grasa, porque la mante...

Besos: El amor en dictadura

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El baño Tuvimos aquel encuentro de miradas en el exacto momento en el que ella me acomodó el pañuelito sobre mi cuello frente al espejo del baño, entonces sentí lo que sentí. Fue al mismo tiempo en el que comprendí que había sentimientos que no necesitaban explicación alguna, que se entendían en el mismo instante en el que sucedían. La tele se escuchaba sonar desde el comedor. Minutos antes, casi a la pasada había visto la cara de uno de los de la junta militar diciendo vaya a saber qué cosa por cadena nacional, así que por reflejo pasé de largo y entré al baño dejando sin querer la puerta abierta. - Yo te acomodo el pañuelito en el cuello - me dijo Victoria mirandome a través del espejo del botiquín - Y en ese cruce de miradas, me enamoré. Silvi había percibido todo, así que me advirtió enseguida que ella tenía novio en Buenos Aires, por lo que en la despedida de aquella madrugada, me limité a darle el teléfono del negocio de mi viejo para que me llamara algún día, pero eso lo hice ...

La muerte del cisne (vago) : Testimonios de una muerte lógica

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  Por Claudio Sprejer   I Parte Policial: “Fallecimiento de masculino en sillón” Seccional xx, Av. Díaz Vélez, Almagro Redactado por el Sargento Primero Oliverio Oliva Olivetto Se reporta en este informe que, a las 21:15 del día de la fecha, se recibe un llamado al 911 por un olor extraño y un volumen alto de televisión en una casa de la calle El Maestro al 100, de la ciudad de Buenos Aires. Se procede a enviar personal policial el cual decide ingresar ante el escenario sospechoso. En el mismo abre la puerta una femenina quien se dice "familiar lejano" y se identifica como "Jaifeigue" o un nombre similar. Viste con una bata de paño capitoné color rosa viejo, un turbante envuelto en su cabeza “para que no se vea la toca” - declara - y pantuflas de cuerina negra, la izquierda aparentemente deteriorada por los presuntos rasguños de un felino. Encontramos al ciudadano, conocido según afirmación de otros vecinos como “El Pelado” (Pérez o Espencer, 60 años, recientemente ...

Vago y mala onda: relato de cómo molestar a un jubilado

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Etimología de “vago”: Viene de "vacuus", que significa vacío. La "s" final se cae, la "u" se transforma en "o" y todas las "c" intervocálicas se convierten en "g": vacuus>vacuu>vacu>vaco>vago Por vía culta da la palabra vacuo (vacío, sin consistencia). Se empezó a llamar "vacíos" a los que no quieren trabajar porque no producen, no se construyen así mismos como un sujeto actuante. "No tienen nada adentro ni en la cabeza ni en el alma". (Krisa Fiodor, amigo en apuros, siglo XXI) Las preguntas Él caminaba por una calle de Almagro, de esas con adoquines rotos y árboles que parecen pedir disculpas por seguir vivos entre tanto cemento. Las manos en los bolsillos, la mirada clavada en un charco que reflejaba un cielo gris porteño, de esos que te hacen dudar si es de día o si la ciudad se olvidó de prender la luz temprano a la mañana. Era un martes cualquiera, con olor a colectivo y ruido de bocinas, ...

Ba’ala’aj en vaso: La felicidad explicada en dialecto Maya

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No sé su nombre completo. En la playa lo llaman “Chepe”. Todos los días, a la misma hora, se inclina sobre la barra de madera y me pregunta si quiero “el de siempre”. En ese instante, me siento como Bogart interactuando con Sam en Casablanca: un diálogo breve, inevitable, que nunca cambia y que, precisamente por eso, contiene algo de eternidad. Y mientras tanto, a unos metros, una mujer es Ingrid Bergman, pero tomando una piñada y recostada en su reposera, con el sol como único reflector y el sonido del mar Caribe como su orquesta discreta. Ese café helado con licor “del 43” —la espuma tibia que se enrosca como la iguana que en este momento me está mirando— me produce una felicidad que sería ridícula explicar, pero que suelo sentir cuando comparto unos mates o simplemente cuando los tomo solo sentado frente a mi desayunador de mi casa en Buenos Aires. Tal vez por eso nunca la explico. Chepe, en cambio, habla sin pudor de lo que para él es felicidad: una palabra que me pronuncia despaci...

Los muertos nunca se mueren: Un cuento de subte A

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Creo que fue un martes, pero en Caballito los martes huelen a domingo mal dormido. Yo estaba en la calle Rosario, dejando volantes en los parabrisas de autos que dormían en las veredas bajo el sol del mediodía. Frente a la panadería aquella en donde el olor a galleta marinera y medialuna de grasa nunca se va, el aire tibio parecía colgarse de los cables de teléfono del barrio. El Falcon blanco dobló desde Rivadavia, lento. Rugió en segunda, sintiéndose un crack de palanca de cambio al volante mal embragada. Frenó a mi lado, justo donde la sombra de un paraíso recortaba manchas en el asfalto. Bajó el vidrio. Su cara era la de siempre, solo que con un rojo saltón en los ojos. —Pelado, vos no sabés lo que me pasó ayer —dijo, sin saludar, con voz que arrastraba historias. Me apoyé contra un Renault 12. En Caballito uno aprende a esperar: los colectivos se demoran, los recuerdos a veces también. —Fui al velorio del padre de mi cuñado —empezó—. O eso creí. Resulta que entro al salón y lo veo...

La boca abierta: Relato de cuando el cuerpo grita lo que no se dice

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Clara caminaba Palermo como quien atraviesa una canción vieja de Spinetta en medio del ruido de motos y deliverys. Treinta años, porteña hasta el tuétano, se le notaba en la forma de putear en silencio y en ese gesto cansado con que miraba los balcones llenos de plantas secas. Había pasado nueve años con Matías, un hombre que coleccionaba promesas como entradas de recital, pero que no llegaba nunca al escenario. Él, varado en una juventud que se le deshacía, tocaba sin urgencia en bares chicos, donde la cerveza era tibia y el sonido siempre fallaba. Soñaba con “pegarla”, mientras sumaba turnos en un call center y afinaba su ego frente al espejo. Ella, en cambio, se iba endureciendo: corregía manuscritos en una editorial, leía a Conti en el subte, y sentía que el tiempo se le escapaba como agua entre los dedos. Quería hablar, romper el pacto silencioso del amor inmóvil, pero las palabras se le ahogaban —esa Buenos Aires densa, de niebla y paredes descascaradas, le cosía la boca. Un día ...

Ataque Marshall: Cuando el ajedrez y el amor también juegan

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 El juego Tu turno. Sus dedos largos deslizaron el tablero hacia mi dirección. Carraspeó Los blancos van primero Si, lo sé, es una obviedad.  Me señalé, aceptando su tono dominante. Él asintió, mirándome por arriba de sus anteojos ovalados y una sonrisa insinuada. Se rascó levemente la nuca sobre su pelo morocho. Hicimos seis o siete jugadas de una apertura española sin hablar. Todo teoría, dijo. Suspiré. Tomé un caballo. Él hizo un sonido extraño, y supe enseguida que reprobaba mi movimiento.  Dejá que te ayude.  Lo miré fijo, con cierta sensación de seguridad. Estaba por responderle que no, cuando sentí la yema de sus dedos rozando el dorso de mi mano. Casi por instinto, tensé la mano y la relajé, cuando vi la manera curiosa en que me miraba. Bueno, respondí cediendo. Pensé que me estaba subestimando y me pareció una buena ventaja psicológica a mi favor. Supuse que tomaría mi mano, deslicé mi brazo hacia delante, y justo en ese momento él bajó la palma. Nos rozamos...