Coco: Relato de cómo hay pérdidas que no son tales
El tornero Hubo un tiempo en que Coco era de hierro. Tenista de club, orgulloso de cada músculo, de cada arruga que no aparecía todavía. Si perdía un partido, lo vivía como afrenta personal. No importaba la edad del rival: él estaba ahí para demostrar que podía. En la mesa, en la parrilla, en cualquier terreno doméstico, tenía la misma actitud. El asado estaba un poco pasado, ¿no? La salsa, con un toque de sal de más. No era burla, tampoco consejo: era su modo de decir que él sabía. Había aprendido el oficio de tornero y, como quien lima el metal hasta que encaje perfecto, intentaba enderezar a los demás, al mismo tiempo que, quizás como cualquier contradicción porteña, caminaba por la vida un poco flojo de papeles. Vendió las máquinas un día. No porque quisiera, sino porque la vida fue llevándolo hacia ese costado sin torno y sin trabajo fijo. No vivió holgado, pero tampoco cayó. Con lo justo se arreglaba, a veces con un whisky bueno en la mano cuando se podía, siempre con...



