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Mostrando las entradas etiquetadas como BitacoraDelSur

Club de rateros en Olivos: Un relato con la picardía de los años 80

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Las mentiras adolescentes en los años 80  Había tenido un segundo año en el colegio bastante problemático con mis rateadas. Le tomé tanto el gusto a la cosa que, totalmente descontrolado llegué a tener veintitrés faltas y media cuando en mi casa sabían sólo de seis o siete. Todo estalló por algo imprevisto: me llevé Instrucción Cívica a marzo absurdamente por no asistir a clase de esa materia en el último bimestre.  Yo tenía la fantasía de que la profesora me iba a poner el cuatro que necesitaba porque sí, pero ella me calificó ausente como realmente correspondía. Absolutamente desesperado, al llegar diciembre escondí el boletín de notas. Mis viejos ni sospechaban la existencia del boletín de faltas, el cual yo venía firmando sistemáticamente. Se caen las rateadas Un hecho fortuito aceleró mi caída: un día fue a comprar al negocio de mi papá el secretario del colegio. Mi viejo entonces, aprovechó la oportunidad, se presentó luego de indagar un poco y, finalmente, le contó...

La pelota siempre al diez: Un cuentito Mágico

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Juan Las piezas esperaban como siempre, ahí, en orden militar, quietas como si no supieran lo que se venía. A las seis en punto caía la invasión de los lunes: chicos apurados por jugar, tableros tomados por asalto, ruido, vértigo, caos. En medio de todo eso, estaba Juan.   Rubiecito, siempre con alguna insignia azul y oro pegada al cuerpo, como si necesitara recordar —y recordarnos— que había un equipo detrás de él.   No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, lo hacía desde otro lugar.   Había algo en su manera de ser —la intensidad con la que tomaba cada movimiento, cada paso, cada silencio— que me desacomodaba. Me obligaba a estar, como mínimo, más lúcido.  Yo lo observaba para intentar entenderlo mejor, pensando que si lograba introducirlo en el mundo de los trebejos, todo en él mejoraría. Había veces en las que se me ocurría pensar en la deseducación que logramos en los chicos, a través de la actitud, un poco egoísta tal vez, de pretender educar a to...

Bicicletas: Breve relato de felicidad

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El cuerpo desvencijado avanza detrás de la felicidad. No hay épica, apenas el esfuerzo torpe de las piernas que todavía obedecen. El aire le corta la cara, el pecho suena como fuelle, la columna le cruje un poco, pero sigue. Casi la alcanza. La felicidad, claro, anda en otra bicicleta. Mejor, más entera, más suelta, más liviana. Sus ruedas giran como si no rozaran el suelo, la cadena perfectamente lubricada, los cambios cadenciosos, sus movimientos tienen esa seguridad que él nunca tuvo. La constancia de ella desalienta un poco, pero el corazón no entiende de cuentas pendientes: le ordena seguir. El cuerpo y la felicidad  A lo lejos, una curva a la derecha. La ve doblar. Y él, testarudo, se inclina un poco más, aprieta los dientes, siente el tirón en los músculos que ya no están para lujos. No se lanza a lo loco: sabe que esto no es carrera corta, que a la bici de adelante se la corre con paciencia, no con bravura que agota. Hasta que aparece el calambre. Una punzada en los geme...

El permiso: Pensamientos frente al mar

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Vivir en sociedad  La culpa La norma El mar Las rocas  El sol Sentado acá, con tiempo, con el sonido del mar de fondo, se me ocurrió interpelarme con estas cuestiones y cosas que, al menos hasta el día de hoy, me vienen acompañando desde siempre. No sé cómo pensarlas, no sé cómo escribir algo que no se salga del cliché de miles, millones de textos anteriores.  Quisiera tener la habilidad de perder el orden. Agrego: El orden Lo único que se me ocurre volcar a mis palabras es, la enorme, inmensa, indescriptible angustia que me atraviesa en el mismo momento de verlas escritas, la contraposición entre un momento que, pensando en el sol y las rocas y el mar, debería ser de felicidad pero no logra serlo. Agrego: La felicidad  Bajo la vista y escribo, levanto la vista y tengo el mar, las olas, la espuma y la nada detrás.  Agrego: La nada. Cuál es el secreto para no tener que pedir permiso? A quién le pedimos permiso? Porqué lo pedimos? Quién dijo que eso está bien? T...

Resonancia, sonancia, sonancia: Ecos en la noche

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El insomnio No pude dormir más pero, a diferencia de otra infinidad de veces, no me resistí. Me levanté y comencé mi ritual de café y Scrabel virtual, siempre suponiendo que armar palabras hace bien, que el cerebro de un viejo se ejercita. En realidad, presuponiendo, o confiando en algún artículo de ciencia barata o en algún reel pedorro de Instagram. Cada vez me pasa más que la gente (¿ o quizás yo mismo?) repite “ verdades ” de anónimos de Instagram con delirios de fama y canjes: “ entrenar con juegos de razonamiento lógico nos aleja del Alzheimer ”. De ese ritual de la vida en pandemia aún no me pude escapar, como tampoco pude hacerlo de la radio AM encendida después de que te vence el primer sueño y te atrapa con el primer despertar. Ese primer despertar atrae los pensamientos de la noche plagados de paranoias, miedos, broncas y rencores y, uno tibiamente pretende taparlo con la voz de un locutor que cuenta, casi invariablemente, malas noticias, porque este es un país de malas not...

Veinticuatro por tres sesenta y cinco: sueño y despertar

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El sueño Me veo en el colegio, charlando con mi habitual (¿fingido?) buen humor con los preceptores. Mientras vamos bajando por las escaleras de madera, acostumbrados a elevar la voz por el ruido ambiente que se suma a los crujidos de la vieja estructura que se va a caer pero nunca se cae, oigo desde la boca de uno de los adultos el relato de un pibe y su extraña reacción como una manera creativa más de no hacerse cargo de alguna situación. Mientras escucho y, bajamos escalón por escalón, pienso (sueño que pienso), que ahí va la historia de un alumno que no se hace cargo que pertenece a una familia que no puede hacerse cargo contada por un preceptor que no se hace cargo a un profesor que quizás tampoco se haga cargo. Las personas pasan pero las instituciones quedan. Pisando ya el piso de pinotea de la planta baja, damos siete u ocho pasos rectos hacia la salida. Bajamos los tres escalones de mármol y giramos hacia la izquierda mientras, se me ocurre ensayar una respuesta de esas que se...

Siete segundos

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  Por Claudio Sprejer Los sábados a la mañana porteños no tienen apuro, la fila de la verdulería funciona como centro de reunión vecinal y Buenos Aires completa juega a la pelota, no al fútbol que “es otra cosa” como diría el diez de boca. La velocidad de mi andar de ese día por la calle Ramirez de Velazco respondía al tiempo en el que mi vista podía observar cada uno de los graffitis auriazules evocando al bohemio que dominaban el espacio de Villa Crespo en combinación con mi destreza (o no) para esquivar calles rotas o pisar algún resto de excremento canino.  Durante ese caminar, a continuación de un escudo de Atlanta, vi un cartel que anunciaba que, dentro de ese lugar, se jugaba al fútbol 5, lo cual, casi instintivamente me provocó a entrar sin preguntar. Los tres escalones que precedían al bar, con unas pocas mesas vacías, no ayudaban en nada a adivinar el paisaje que aparecía inmediatamente después, al atravesar la puerta trasera. La cancha era como un milagro, un agujer...

El padre de un sabio

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Por Claudio F. Sprejer Camino por Puan pensando en buscar un buen bar para armar mi bunker. - Hay uno en la esquina que se llama “Sócrates” - ¿Es bueno? - No sé, nunca fui… - Pero al filósofo dueño del boliche, ¿me lo recomendás? Le saco de entre sus nervios pre-examen una sonrisa tibia y le doy un beso de despedida. Él entra y yo sigo caminando. Once años atrás yo hubiese buscado algún escondite para espiarlo, para ver si se anima a algún pase de faja, o una bandeja, un tapón mágico o un tiro de tres. Él hubiera detectado que estoy sentado por ahí y me hubiese dedicado un “shhh…” marcando claramente los límites entre padre espectador y deportista en cancha. Voy en dirección  a Pedro Goyena. Un portero me salpica apenas con el chorro de su manguera. Ese atisbo de humedad en mis pies me hace cambiar de plan. No pide disculpas, pero lo comprendo porque en realidad me acaba de regalar una sensación placentera. Estoy sensible. Cruzo y busco alguna calle silenciosa. Per...

Las calles paralelas

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 Por Claudio Sprejer  Antiguamente, la gente solía leer los diarios en papel. La costumbre, al menos en la sociedad porteña, era recibir el diario todos los días en cada casa. Dependiendo del nivel adquisitivo o de la época económica imperante, cada familia recibía un combo diferente. En casa nos llegaba Clarín a la mañana, La Razón (la sexta edición que salía más cercana a la noche y se destacaba por su primera plana con los resultados del fútbol) a última hora de la tarde casi noche y, una vez a la semana traían la Anteojito y la Para Ti o la Revista Gente. En épocas en las que mi vieja se dedicaba a diseñar, recibíamos la revista Burda que, dicho esto de manera delicada, contribuyó en parte a mi despertar adolescente en función de algunas fotos en las cuales los cuerpos de las modelos se manifestaban algo más que insinuantes al menos para un chico de 13 o 14 años viviendo bajo un régimen de prohibiciones vinculadas al imperante gobierno militar. Si ibas en el colectivo, en ...

Cafayate

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Por Claudio Sprejer  Durante todos estos años en los que, en paralelo a mí actividad docente,  decidí ir plasmando escritos, en algún libro editado,  en artículos, en relatos sin un norte determinado (el eterno pedido de los profesores de literatura de tener un "hilo conductor " al que naturalmente me resisto), novelas sin terminar,  un blog y alguna que otra poesía, cada tanto me pasa que,  si alguien lee algo de mi producción,  me pregunta, dependiendo de la edad del inquisidor: "Profe, ¿eso que leí de la chica que le pone el revólver ahí,  le pasó de verdad?", o tal vez provoca alguna afirmación del tipo de "cuando estoy leyendo,  es como si te estuviera escuchando hablar", todas cuestiones halagadoras,  pequeños triunfos cotidianos pero que me han obligado,  a veces incluso con alguna dificultad, a aclarar que, si bien siempre hay algo de uno en lo escrito,  los hechos en general suceden en la cabeza del escritor,  y quizás...

Salta

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 Por Claudio Sprejer  Me gusta viajar. ¿Me gusta? Pensé: viajar (solo) es un ejercicio,  como los que hacen running, como me convencían durante cientos de páginas las palabras de Murakami,  y uno, a través de su lectura fantaseaba con vivir la misma sensación que soltaban sus palabras. A decir verdad me sentía un poco frustrado,  extrañando la comodidad de mi casa, de mi lugar seguro. El personaje que conocí estaba solo, como yo, tomando un cafecito frente al Convento San Bernardo, cerquita del centro Salteño.  La mañana invernal estaba nublada, apacible. Yo venia de estar puteando contra las aglomeraciones de gente y la fila interminable que se había formado para subir al teleférico.  El efecto del desborde vacacional,  la ansiedad porteña y un resabio angustioso producto de mi provocada soledad,  me había poseído, pero al mismo tiempo me encontraba pensando que, de haber estado acompañado,  seguramente hubiese caído en la hipocresía de...

Luna de Paraguay

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Por Claudio Sprejer   El 110 vino al toque, al punto de que me obligó a hacer un trotecito cruzando en verde la Avenida Nazca, quizás provocando la puteada de algún ciclista desprevenido que, pedaleando casi dormido habrá visto a una mole cruzar torpemente en penumbras. Las 6,30 A.M. son un poco crueles, frías, depresivas.  Me subí , sin barbijo, desubicado. Me senté dos filas detrás de la segunda puerta. Fantaseé con mirar el celular - últimamente me aburre -, fantaseé con dormir - imposible -. El bondi vuela, ya estamos sobre el Metrobús de Juan B. Justo, ¿ese que subió es mi alumno? - no quiero hablar con nadie y mucho menos de compromiso -  Me parece que sí, menos mal que entre el barbijo que me acabo de poner y el gorro, él no se va a dar cuenta que soy yo, o quizás él tampoco quiera hablar con nadie.  Canning y Corrientes. Sube una maestra que conozco. Sonríe sola. Debería hablarle, pero soy vergonzoso (al límite de la cobardía). ¿Cómo voy a hacer para sostene...

Tel Aviv II

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 Por Claudio Sprejer Y ahora las sensaciones son encontradas, media familia allá y media acá. - Qué estás haciendo? - Estoy tomando mate en la playa -  contesta mi hijo desde allá. Entonces, me viene a la cabeza el Mediterráneo, el sol, la arena finita y el mar calmo y transparente, el ruido de los paletazos y, a lo lejos, los grupos de gente haciendo Rikudim. El danzarín que va a demostrar lo que sabe, el chambón, la parejita, los nenes, los abuelos. Todos danzando en enormes coreografías llamativamente coordinadas tal como afinadas suenan las hinchadas nuestras con sus cánticos en las canchas de fútbol. Ayer a media tarde tuve un minuto de preocupación, leí que hubo un atentado en pleno centro, en la Dizenhoff. Un tipo empezó a disparar, fusil en mano, a cualquiera. Dicen las crónicas que mató a dos e hirió a nueve, también dicen que se escapó, que lo están buscando, que suspendieron momentáneamente los transportes en Tel Aviv y alrededores... - Todo bien, pa. Uno igualmente...

Necesito ser feliz

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Cuando intenté concentrarme mejor, pasando kilómetros de ruta, zigzagueando a 120 km por hora, cuando traté de insertarme en aquel paisaje serrano entre la doble línea amarilla en el pavimento y las aves que jugaban con nosotros al volante, quietitas en el cemento hasta la última décima de segundo para luego levantar vuelo en el momento exacto en el que mis reflejos quitaban el pie derecho del acelerador y se apoyaban levemente en el freno, cuando la radio sonaba con la fritura de la distancia y yo me esforzaba un poquito más en entender la voz del locutor que acompañaba, en ese momento, en ese exacto momento, ella dijo: Necesito ser feliz. Si dijera que me sorprende estaría mintiendo, en tantos años juntos esa faceta de inconformismo y padecimiento casi permanente me resultaba absolutamente familiar, al punto que en cierto modo me obligaba a mí mismo a adoptar la actitud positiva necesaria que hiciera de contrapeso, el sostén a aquella angustia permanente. Aun así, no dejaba de asomb...