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Mostrando las entradas etiquetadas como BitacoraDelSur

La angustia

Aparece sin golpear. No pide permiso, no avisa con anticipación. Un martes cualquiera, a las cuatro de la tarde, cuando el sol entra de costado por la ventana de la cocina y yo estoy ahí, con la pava empezando a cantar, haciendo absolutamente nada. 

Pan y queso

13 años. 1978. Buenos Aires. Colegio industrial. 43 alumnos en la división. Yo era el más chico: gordito, voz de pito y todavía sin desarrollar.

La Ponk: El arte de sobrevivir sin dibujar

Mi hermano mayor siempre fue un excelente estudiante y vaya a saber por qué vericueto psicológico yo sentía (o me querían hacer sentir y sentía) la necesidad de diferenciarme, pero al mismo tiempo de lograr los mismos resultados que él.

Nada importante: El país de Villa Santa Rita

Salgo una vez por semana con el changuito. No es que haga las compras de toda la semana —eso sería demasiado orden para un tipo como yo—, pero tengo la costumbre de caminar hasta la verdulería de Nazca, comprar lo que se me antoja y volver. Media mañana. El sol ya está alto pero igual hace frío.

El cajón: o el relato que no iba a tener mensaje

Hay una hora, en invierno, en que Playa Grande deja de ser una playa y es otra cosa que todavía no tiene nombre. 

MDQ: Una foto

Como escape de una de esas caminatas infinitas al lado del mar, tuvimos la urgencia de un café.

La lista de Remo

  La jubilación tiene un olor particular: a placard abierto de par en par un martes a la mañana, cuando deberías estar llenando libros de temas.

Una cabeza en enero: Páginas encontradas por ahí

Tengo cincuenta años, ciento diez kilos y estoy de vacaciones en enero, que es mi mes más difícil. 

Huevos: La contundente verdad de ser padre

 Mi hijo tenía razón, como casi siempre.

Amor: Tres definiciones que no sirven para nada y una hija que se tira a la pileta

Hay un momento del descanso en el que ya me aburrí de mirar mis pies reposando en la silla. Observo el lunar que tengo en el pie derecho, asumo que debería cortarme las uñas, pero la flexibilidad corporal ya no acompaña. Pienso en los tipos y tipas que pagan en Feet Finder para ver fotos de pies y concluyo, sin demasiado rigor analítico, que los míos no calificarían en el cruel mundo de los pies hegemónicos.

Miramoyshe: Crónicas de verano

 En la jerga de la colectividad, Miramar en verano se llama "Miramoyshe". Es una de esas denominaciones que sintetizan sin necesidad de explicar demasiado: la clase media judía de Buenos Aires eligió ese lugar como su pequeña tierra prometida, y el lugar terminó respondiendo a la altura de la expectativa.

El guardia de barco: Un tío, su sobrino, los barcos y el silencio

El campo de concentración.   Ir por la Costanera Sur era, de entrada, una operación de memoria fallida. Lo que yo recordaba de las rateadas del secundario era un destino de llegada al río, una sensación de impunidad adolescente. 

Besos: El amor en dictadura

El baño Tuvimos aquel encuentro de miradas en el exacto momento en el que ella me acomodó el pañuelito sobre mi cuello frente al espejo del baño, entonces sentí lo que sentí.

Club de rateros en Olivos: Un relato con la picardía de los años 80

Las mentiras adolescentes en los años 80  Había tenido un segundo año en el colegio bastante problemático con mis rateadas. 

La pelota siempre al diez: Un cuentito Mágico

Juan Las piezas esperaban como siempre, ahí, en orden militar, quietas como si no supieran lo que se venía.

Bicicletas: Breve relato de felicidad

El cuerpo desvencijado avanza detrás de la felicidad. No hay épica, apenas el esfuerzo torpe de las piernas que todavía obedecen. 

Ataque Marshall

El juego      - Tu turno. Sus dedos largos deslizaron el tablero hacia mi dirección. Carraspeó.     - Los blancos van primero.      - Sí, lo sé, es una obviedad.  Me señalé, aceptando su tono dominante.

El permiso: Pensamientos frente al mar

Vivir en sociedad. La culpa. La norma. El mar. Las rocas.  El sol. Sentado acá, con tiempo, con el sonido del mar de fondo, se me ocurrió interpelarme con estas cuestiones y cosas que, al menos hasta el día de hoy, me vienen acompañando desde siempre.

Resonancia, sonancia, sonancia: Ecos en la noche

El insomnio No pude dormir más pero, a diferencia de otra infinidad de veces, no me resistí. Me levanté y comencé mi ritual de café y Scrabel virtual, siempre suponiendo que armar palabras hace bien, que el cerebro de un viejo se ejercita. 

Veinticuatro por tres sesenta y cinco: sueño y despertar

El sueño Me veo en el colegio, charlando con mi habitual (¿fingido?) buen humor con los preceptores.