Ataque Marshall: Cuando el ajedrez y el amor también juegan
El juego
Tu turno.
Sus dedos largos deslizaron el tablero hacia mi dirección. Carraspeó
Los blancos van primero
Si, lo sé, es una obviedad.
Me señalé, aceptando su tono dominante.
Él asintió, mirándome por arriba de sus anteojos ovalados y una sonrisa insinuada. Se rascó levemente la nuca sobre su pelo morocho.
Hicimos seis o siete jugadas de una apertura española sin hablar.
Todo teoría, dijo.
Suspiré. Tomé un caballo. Él hizo un sonido extraño, y supe enseguida que reprobaba mi movimiento.
Dejá que te ayude.
Lo miré fijo, con cierta sensación de seguridad.
Estaba por responderle que no, cuando sentí la yema de sus dedos rozando el dorso de mi mano. Casi por instinto, tensé la mano y la relajé, cuando vi la manera curiosa en que me miraba.
Bueno, respondí cediendo. Pensé que me estaba subestimando y me pareció una buena ventaja psicológica a mi favor.
Supuse que tomaría mi mano, deslicé mi brazo hacia delante, y justo en ese momento él bajó la palma. Nos rozamos apenas, hasta que removió entre mis dedos, tomó el peón y retiró mi alfil del tablero. Observé cómo sus dedos se movían de manera elegante y ágil. Enroqué. Rápidamente, él movió su peón dama dos casillas hacia adelante. Sentí su mirada en mí. Comprendí que iría al ataque.
Algo se me removió en el estómago.
Perdón.
Paré el reloj. Me levanté rápido y caminé hacia la puerta del baño.
El miedo
Me restregué los ojos y me enjuagué la cara con el agua helada. Me miré al espejo. Estaba algo ojerosa. Me peiné un poco con las manos. Respiré hondo, exhalé. Otra vez. Intentaba infructuosamente calmar el revuelo en mi estómago, pero no pude. Me pareció escucharlo acercarse y tuve tanto miedo que el dolor subió al pecho. Sentí náuseas. Adiviné su respiración tras la puerta. Iba a vomitar todo ese miedo, todos los mandatos, iba a devolver con furia todo el terror desde mis entrañas hacia el centro del inodoro.
Arrojé todo. Arrojé la cara de mi mamá diciendo que no, arrojé los complejos con mi cuerpo, arrojé mis inseguridades, mi ego, mis mecanismos de defensa, mi bilis.
Mi respiración se relajó. Mi cabeza aún latía. Presioné el botón de la mochila. El agua girando se llevó todo y convirtió al fondo en transparente, casi inmaculado.
Me incorporé, me enjuagué bien la boca con el líquido azul.
¿Qué había jugado él? Recordé una línea del ataque Marshall.
El espejo me devolvía una imagen que yo no estaba convencida de aceptarla como mía. Era yo, pero también era otra.
Y ahí fue cuando él entró. Me miró. No me resistí. Me alzó sosteniéndome entre sus brazos. Todavía me sentía débil, mientras él se desplazaba yo repasaba todas las rugosidades del techo, entregada. Entonces fue cuando entró a su pieza, y se puso a jugar conmigo.
