La porquería de la IA y otras menudencias

 

 La IA es una porquería que te enreda y te marea

Se nos vendió que el futuro era una autopista de cristal. Pero la realidad es que nos estamos ahogando en una sopa de bits, cafés tibios y mediocres, y respuestas automáticas que huelen a cartón mojado. Si esto es el progreso, me bajo en la próxima parada.

​Café de especialidad y la farsa del "co-worker"

​Estoy cansado, diría putrefacto, de ver cómo el barrio se llena de esas "cafeterías de especialidad" que te cobran un Perú por un café frío que debería estar hirviendo. Ahí tenés al "barista", un muchacho que se ofende si le pedís un poco de calor, y al cliente tipo: el co-worker plantado en una mesa de cuatro con auriculares gigantes, clavando tres horas de reuniones virtuales con jefes metrosexuales que no quieren pagar alquiler de oficina.

​¿Mi propuesta? Un bar de verdad. Café al paso, el diario en papel —donde las noticias todavía tienen olor a tinta—, y una medialuna de grasa, porque la manteca es para los que no conocen el puchero de falda. El "cold brew" se lo dejo a los que tienen tiempo para perderlo. Yo quiero un cafecito, la sección deportiva y seguir viaje antes de que la modernidad me atrape.

​La IA: Un burócrata de silicio que no sabe de cicatrices

​Después, está el otro teatro: el de la inteligencia artificial. Nos dijeron que era una musa, pero es apenas un burócrata entusiasta. Te enreda en bucles algorítmicos, te marea con su cortesía de forro, y al final, uno se queda preguntándose quién está usando a quién.

​Le pregunto a la máquina por la huella de los ancestros, por la melancolía del aula, y me responde con una arquitectura de datos que parece redactada por un comité de ética que no salió nunca al sol. La IA es una paradoja cruel: tiene toda la información del mundo, pero no tiene el tacto de un dedo sobre el lomo de un libro viejo ni la sutileza de una gambeta. Carece de la cicatriz necesaria, esa que hace que un texto esté vivo porque sufrió el borrador y 47 tachaduras.

​Volver al cuaderno y la Bic

​Nos convencieron de que la velocidad es una virtud. "Pedí, obtené, ejecutá". Qué estupidez. Como docente sé que el saber es un camino de tierra, lleno de pozos, de silencios y de dudas que valen más que mil respuestas programadas. La IA te ofrece la perfección de una gramática sin errores, pero desprovista de sentir (sentir? Lo único que faltaba...). Habla sin haber vivido, y esa impostura es un ruido de fondo que termina saturando la capacidad de pensar.

​¿El gesto de rebeldía? Cerrar la ventana. Dejar a los algoritmos con sus cálculos y volver a la página en blanco, al cuaderno y a la Bic. Porque la única música que vale la pena es la que uno escribe mientras el resto del mundo se distrae con espejitos de colores.

El cierre: La conclusión necesaria

​En definitiva, esta "inteligencia" no es más que un espejo pulido, un filtro de Instagram que nos devuelve una imagen de nosotros mismos desprovista de arrugas, de dudas y de vida. Nos han prometido una utopía de respuestas rápidas, pero lo único que hemos conseguido es una atrofia de la capacidad de asombro. La IA te enreda porque te ofrece la comodidad de lo obvio, y en la educación —como en la vida— lo obvio es el principio de la muerte del pensamiento. Y entonces, nobleza obliga,  deseo declarar que tengo miedo de cuando la IA venga y se morfe mi tarro completo de dulce de leche. 

​Manifiesto de guerra contra el algoritmo

​Que se entienda bien: este es un llamado a la deserción.

​Declaramos la guerra a la eficiencia mecánica. Reivindicamos el error, el titubeo y la digresión como los únicos espacios donde realmente habita el conocimiento.

​Exigimos el derecho a la lentitud. Preferimos el café caliente en un bar de barrio, aunque no tenga Wi-Fi, antes que la conectividad infinita de una cafetería de diseño donde nadie se mira a los ojos.

​Proclamamos la supremacía del cuaderno y la Bic. Porque en el trazo de la tinta sobre el papel queda algo que el silicio jamás entenderá: el peso de nuestra propia voluntad. Y, si sos zurdo como este autor, tachá lo que escribiste con tu propia mano.

​No buscamos "optimización", buscamos verdad. Si el algoritmo nos esconde, que lo haga. Preferimos ser un susurro auténtico en la sombra que un grito de plástico en el primer puesto de los buscadores.

​La pantalla está encendida, pero la decisión de apagarla es nuestra última forma de libertad. Y que vuelva la última página de los chistes del diario.

Manifiesto de resistencia.  El cuaderno contra el algoritmo


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