Ba’ala’aj en vaso: La felicidad explicada en dialecto Maya
No sé su nombre completo. En la playa lo llaman “Chepe”. Todos los días, a la misma hora, se inclina sobre la barra de madera y me pregunta si quiero “el de siempre”. En ese instante, me siento como Bogart interactuando con Sam en Casablanca: un diálogo breve, inevitable, que nunca cambia y que, precisamente por eso, contiene algo de eternidad. Y mientras tanto, a unos metros, una mujer es Ingrid Bergman, pero tomando una piñada y recostada en su reposera, con el sol como único reflector y el sonido del mar Caribe como su orquesta discreta.
Ese café helado con licor “del 43” —la espuma tibia que se enrosca como la iguana que en este momento me está mirando— me produce una felicidad que sería ridícula explicar, pero que suelo sentir cuando comparto unos mates o simplemente cuando los tomo solo sentado frente a mi desayunador de mi casa en Buenos Aires. Tal vez por eso nunca la explico. Chepe, en cambio, habla sin pudor de lo que para él es felicidad: una palabra que me pronuncia despacio, como si me la prestara por unos minutos. Ba’ala’aj.
Ese café helado con licor “del 43” —la espuma tibia que se enrosca como la iguana que en este momento me está mirando— me produce una felicidad que sería ridícula explicar, pero que suelo sentir cuando comparto unos mates o simplemente cuando los tomo solo sentado frente a mi desayunador de mi casa en Buenos Aires. Tal vez por eso nunca la explico. Chepe, en cambio, habla sin pudor de lo que para él es felicidad: una palabra que me pronuncia despacio, como si me la prestara por unos minutos. Ba’ala’aj.
El concepto maya de la felicidad
—En maya —dice— es como alegría… pero no de las que se compran. Es la que se cuela sin que uno la invite.
Bebo un sorbo y pienso en lo que hacemos los humanos para fabricar, a fuerza de consumo, una imitación burda de esa alegría. Pantallas que prometen compañía, consumos absurdos, risas falsas que ya nacen cansadas. Todas pelotudeces. La ba’ala’aj que Chepe invoca es lo contrario: no precisa escenario ni testigos.
Bebo un sorbo y pienso en lo que hacemos los humanos para fabricar, a fuerza de consumo, una imitación burda de esa alegría. Pantallas que prometen compañía, consumos absurdos, risas falsas que ya nacen cansadas. Todas pelotudeces. La ba’ala’aj que Chepe invoca es lo contrario: no precisa escenario ni testigos.
La metáfora del vacío y la plenitud
A pocos metros, en la pileta del hotel, un grupo de yanquis grasientos chapotea bajo un sol implacable. Tienen la piel roja y brillante como si estuvieran barnizados; el vaso de plástico nunca se vacía. A veces disimulan metiendo tequila en sus termos de agua. Entre risotadas violentas, gritan expresiones que no entiendo —ni me interesa entender— mientras otros, más silenciosos pero igualmente descompuestos, esperan resignados en la fila interminable del carromato que expende hamburguesas y papas fritas. El olor a grasa caliente se mezcla con el ron del quinto Gin Tonic, y por un momento me parece asistir a una coreografía grotesca, repetida sin pausa, como una escena condenada a circular eternamente en un espejo sin fondo. Ellos parecen dominar el paisaje, salvo por el mar.
En mi mente —que reconozco laberíntica— la palabra ba’ala’aj se refleja mil veces. Me pregunto si es un estado, un lugar, o un instante irrepetible que sólo existe mientras se bebe un carajillo en una playa donde el mar nunca se apura.
Chepe limpia la barra y me dice que la palabra se olvida si uno la quiere atrapar. Yo asiento otra vez. No le confieso que, en realidad, llevo días intentando escribirla en un cuaderno que nunca abro.
En mi mente —que reconozco laberíntica— la palabra ba’ala’aj se refleja mil veces. Me pregunto si es un estado, un lugar, o un instante irrepetible que sólo existe mientras se bebe un carajillo en una playa donde el mar nunca se apura.
Chepe limpia la barra y me dice que la palabra se olvida si uno la quiere atrapar. Yo asiento otra vez. No le confieso que, en realidad, llevo días intentando escribirla en un cuaderno que nunca abro.
La búsqueda de un sentido en lo cotidiano
Cuando me levanto para irme, la brisa me arranca la última sílaba. Sé que mañana volveré cual Humphrey con su piloto con cuello levantado y su sombrero, fumando un habano, y que él me servirá el mismo trago. Yo lo voy a mirar con la misma melancolía, y que ba’ala’aj seguirá ahí, intacta, esperándome como si jamás hubiera sido pronunciada.
Cuando el licor finalmente hace su efecto, me pregunto si Chepe recuerda nuestra charla, si Ingrid Bergman sigue bebiendo su piñada, o si todo esto no es más que la escena repetida de un sueño ajeno, quizá soñado por alguien que tampoco existe mientras mira fijamente hacia el mar y escribe.
Cuando el licor finalmente hace su efecto, me pregunto si Chepe recuerda nuestra charla, si Ingrid Bergman sigue bebiendo su piñada, o si todo esto no es más que la escena repetida de un sueño ajeno, quizá soñado por alguien que tampoco existe mientras mira fijamente hacia el mar y escribe.
