La boca abierta: Relato de cuando el cuerpo grita lo que no se dice
Clara caminaba Palermo como quien atraviesa una canción vieja de Spinetta en medio del ruido de motos y deliverys. Treinta años, porteña hasta el tuétano, se le notaba en la forma de putear en silencio y en ese gesto cansado con que miraba los balcones llenos de plantas secas.
Había pasado nueve años con Matías, un hombre que coleccionaba promesas como entradas de recital, pero que no llegaba nunca al escenario. Él, varado en una juventud que se le deshacía, tocaba sin urgencia en bares chicos, donde la cerveza era tibia y el sonido siempre fallaba. Soñaba con “pegarla”, mientras sumaba turnos en un call center y afinaba su ego frente al espejo.
Ella, en cambio, se iba endureciendo: corregía manuscritos en una editorial, leía a Conti en el subte, y sentía que el tiempo se le escapaba como agua entre los dedos. Quería hablar, romper el pacto silencioso del amor inmóvil, pero las palabras se le ahogaban —esa Buenos Aires densa, de niebla y paredes descascaradas, le cosía la boca.
Un día en el barcito de la calle Guatemala, en medio del tintinear de tazas, apareció Diego.
Cuarenta y algo, pelo con hilos de plata como pinceladas desordenadas, voz que rozaba las palabras.
Editor.
Hablador de Ocampo y de los silencios densos.
Clara, con la boca pintada de rojo furioso, notó cómo sus ojos se detenían en esos labios: parecía que buscaban descifrar un secreto que ella nunca pronunciaría.
No eran citas.
Eran charlas al pasar, un roce al tomar un libro, una risa que duraba un segundo de más.
Diego llevaba un anillo.
Una vida que Clara imaginaba con chicos, rutinas, cansancio.
El calor que sentía no tenía nombre, pero le humedecía los labios, como si fueran señales que no se atrevía a enviar.
---
Intentaba seguir. Volvía al departamento, a Matías y sus noches de FIFA, mientras ella lavaba platos. Pero su cuerpo la traicionaba: adelgazaba sin razón, los jeans le quedaban grandes como disfraces ajenos, y el espejo le devolvía una mirada que no reconocía.
—Estás flaca, ¿qué te pasa? —preguntó Sofía.
Clara mentía:
—Nada, estoy cansada.
Pero el silencio le roía los huesos.
---
Una noche, en el baño, el vapor empañó el espejo.
Sintió un chasquido. Algo se cortó adentro.
De golpe, la boca quedó abierta.
Quiso cerrarla.
No pudo.
Intentó con las manos. Nada.
El dolor subió como un latido sucio desde la mandíbula al oído.
No podía hablar. Ni tragar.
Le caía baba.
El pánico le hizo temblar las piernas.
Entonces, vomitó angustia y desesperación.
Apoyó las palmas contra la pileta.
Se miró.
No era ella. Era una boca abierta como un grito congelado.
Los labios rojos manchados de saliva. Los ojos vacíos.
Vergüenza. Frío. Transpiración.
Soledad.
Matías entró sin golpear.
—¿Qué hacés?
Ella no podía responder. Él la levantó como pudo y la llevó al auto.
En el asiento del acompañante, Clara pensó que se iba a morir sin haber dicho nada.
Muda. Rota. Con la boca abierta.
---
Los médicos no sabían. Una inyección.
Placas. Estrés. Contractura. Nada.
Hasta que un médico viejo, con ojos de haber leído a Artaud, se sentó frente a ella.
—Clara —dijo—, esto no es del cuerpo. Vos llevás adentro algo que no decís.
Las palabras que se guardan se pudren.
Son veneno.
Tenés que hablar o esto no va a parar.
O te vas a morir con la boca abierta.
---
En la camilla, con olor a desinfectante y luces difusas, Clara supo que estaba en el borde.
Hablar era destruir:
A Matías, con sus sueños estancados.
A ese deseo mudo que Diego despertaba.
A la propia Clara que no quería romper nada.
Callar era dejar que el silencio la devorara como la sudestada devoraba cada tanto a la Costanera norte.
Y ahí, con la boca abierta, con sus labios rojos como su último bastión de sexo, Clara estaba en un cruce:
hablar o morir,
decir o desaparecer.
Y la historia se detiene en el filo de ese silencio.
En una Buenos Aires que —como siempre— espera que alguien se anime a nombrar lo que arde.
Había pasado nueve años con Matías, un hombre que coleccionaba promesas como entradas de recital, pero que no llegaba nunca al escenario. Él, varado en una juventud que se le deshacía, tocaba sin urgencia en bares chicos, donde la cerveza era tibia y el sonido siempre fallaba. Soñaba con “pegarla”, mientras sumaba turnos en un call center y afinaba su ego frente al espejo.
Ella, en cambio, se iba endureciendo: corregía manuscritos en una editorial, leía a Conti en el subte, y sentía que el tiempo se le escapaba como agua entre los dedos. Quería hablar, romper el pacto silencioso del amor inmóvil, pero las palabras se le ahogaban —esa Buenos Aires densa, de niebla y paredes descascaradas, le cosía la boca.
Un día en el barcito de la calle Guatemala, en medio del tintinear de tazas, apareció Diego.
Cuarenta y algo, pelo con hilos de plata como pinceladas desordenadas, voz que rozaba las palabras.
Editor.
Hablador de Ocampo y de los silencios densos.
Clara, con la boca pintada de rojo furioso, notó cómo sus ojos se detenían en esos labios: parecía que buscaban descifrar un secreto que ella nunca pronunciaría.
No eran citas.
Eran charlas al pasar, un roce al tomar un libro, una risa que duraba un segundo de más.
Diego llevaba un anillo.
Una vida que Clara imaginaba con chicos, rutinas, cansancio.
El calor que sentía no tenía nombre, pero le humedecía los labios, como si fueran señales que no se atrevía a enviar.
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Intentaba seguir. Volvía al departamento, a Matías y sus noches de FIFA, mientras ella lavaba platos. Pero su cuerpo la traicionaba: adelgazaba sin razón, los jeans le quedaban grandes como disfraces ajenos, y el espejo le devolvía una mirada que no reconocía.
—Estás flaca, ¿qué te pasa? —preguntó Sofía.
Clara mentía:
—Nada, estoy cansada.
Pero el silencio le roía los huesos.
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Una noche, en el baño, el vapor empañó el espejo.
Sintió un chasquido. Algo se cortó adentro.
De golpe, la boca quedó abierta.
Quiso cerrarla.
No pudo.
Intentó con las manos. Nada.
El dolor subió como un latido sucio desde la mandíbula al oído.
No podía hablar. Ni tragar.
Le caía baba.
El pánico le hizo temblar las piernas.
Entonces, vomitó angustia y desesperación.
Apoyó las palmas contra la pileta.
Se miró.
No era ella. Era una boca abierta como un grito congelado.
Los labios rojos manchados de saliva. Los ojos vacíos.
Vergüenza. Frío. Transpiración.
Soledad.
Matías entró sin golpear.
—¿Qué hacés?
Ella no podía responder. Él la levantó como pudo y la llevó al auto.
En el asiento del acompañante, Clara pensó que se iba a morir sin haber dicho nada.
Muda. Rota. Con la boca abierta.
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Los médicos no sabían. Una inyección.
Placas. Estrés. Contractura. Nada.
Hasta que un médico viejo, con ojos de haber leído a Artaud, se sentó frente a ella.
—Clara —dijo—, esto no es del cuerpo. Vos llevás adentro algo que no decís.
Las palabras que se guardan se pudren.
Son veneno.
Tenés que hablar o esto no va a parar.
O te vas a morir con la boca abierta.
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En la camilla, con olor a desinfectante y luces difusas, Clara supo que estaba en el borde.
Hablar era destruir:
A Matías, con sus sueños estancados.
A ese deseo mudo que Diego despertaba.
A la propia Clara que no quería romper nada.
Callar era dejar que el silencio la devorara como la sudestada devoraba cada tanto a la Costanera norte.
Y ahí, con la boca abierta, con sus labios rojos como su último bastión de sexo, Clara estaba en un cruce:
hablar o morir,
decir o desaparecer.
Y la historia se detiene en el filo de ese silencio.
En una Buenos Aires que —como siempre— espera que alguien se anime a nombrar lo que arde.
📌 Claudio Sprejer (Buenos Aires, 1964) es escritor, docente y bloguero. En DeCeducando al Sur publica relatos breves donde lo íntimo, lo urbano y lo invisible se entrelazan. Su obra explora el silencio, la memoria y el deseo contenido, con un estilo claro, directo y poético. En sus textos, lo cotidiano se vuelve símbolo, y lo simple, abismo.
✍️ Este cuento fue publicado originalmente el 17 de julio de 2025.
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