Los muertos nunca se mueren: Un cuento de subte A
Creo que fue un martes, pero en Caballito los martes huelen a domingo mal dormido. Yo estaba en la calle Rosario, dejando volantes en los parabrisas de autos que dormían en las veredas bajo el sol del mediodía. Frente a la panadería aquella en donde el olor a galleta marinera y medialuna de grasa nunca se va, el aire tibio parecía colgarse de los cables de teléfono del barrio.
El Falcon blanco dobló desde Rivadavia, lento. Rugió en segunda, sintiéndose un crack de palanca de cambio al volante mal embragada. Frenó a mi lado, justo donde la sombra de un paraíso recortaba manchas en el asfalto.
Bajó el vidrio. Su cara era la de siempre, solo que con un rojo saltón en los ojos.
—Pelado, vos no sabés lo que me pasó ayer —dijo, sin saludar, con voz que arrastraba historias.
Me apoyé contra un Renault 12. En Caballito uno aprende a esperar: los colectivos se demoran, los recuerdos a veces también.
—Fui al velorio del padre de mi cuñado —empezó—. O eso creí. Resulta que entro al salón y lo veo al viejo… vivo. Ahí nomás, abrazado al cajón, llorando como si quisiera entrar él.
Pasó un 92 y el tremendo chillido de los frenos postergaron unos segundos el desarrollo de la historia.
—Pregunté quién murió entonces. Nadie decía nada. Hasta que escucho a mi cuñado, bajito: “Mi vieja… la encontré colgada en la cocina”.
Los volantes en mi mano pesaron como piedras.
—¿Cómo la encontró? —pregunté, aunque mi voz ya sabía la respuesta.
—No vivía ahí —dijo—. Fue de visita y entró con su llave. Abrió la puerta, caminó, y la vio. La cuerda atada al tirante del techo, el cuerpo balanceándose. Entonces él mismo la bajó; me dijo que le pareció que todavía respiraba, que sintió los dedos de su madre rozándole la cara.
El Falcon quedó inmóvil. Desde un balcón una frazada cayó y el polvo flotó haciendo estornudar a una vieja que pasaba.
—El viejo está enfermo —continuó—. Cáncer de pulmón. Le daban medio año, con suerte. Evidentemente, ella no quiso verlo morir lento. Decidió irse antes, colgarse, convencida de que así lo liberaría del dolor de verlo agonizar cada día.
Un perro viejo cruzó Rosario y se detuvo a mirarnos. La ciudad parecía contener la respiración.
—Los hijos estaban ahí —dijo—. Mi cuñado temblaba; me contó que tenía el nudo de la soga en las manos. El hermano, al lado del cajón, estaba rígido, con los ojos secos como un muñeco. Y el viejo… lloraba sin aire, pidiendo perdón por seguir vivo cuando ella ya no había querido más.
Se pasó la mano por la cara y miró hacia Rivadavia.
—Lo peor es que nadie cerró la ventana de la cocina. La cortina seguía moviéndose, sola. Como si ella todavía estuviera ahí, colgando, esperando que alguien la bajara.
Un camión de basura tocó bocina y ahogó el relato
--Chau, pela, me tengo que ir a laburar.
El Falcon arrancó despacio y se perdió camino a Primera Junta. Yo seguí inmóvil, hasta que vi un volante en el suelo que no era de los míos. Lo levanté. En el reverso, con letra urgente, alguien había escrito:
"Caballito no olvida a los que deciden irse antes que el último tren."
---
Esa noche me subí al subte A. Era uno de esos vagones viejos de madera que crujen sobre las vías con cada sacudida. Iba casi vacío. Frente a mí, una mujer con vestido celeste, sentada con los pies apenas tocando el suelo. No tenía rostro, solo un contorno deshilachado, como si se fuera desvaneciendo.
Cuando el subte pasó por la estación Pasco, abandonada y en sombras, vi al costado del andén una figura difusa, oscura, como un susurro en la penumbra: se parecía a la mujer del vestido celeste, que ya no estaba sentada pero que tampoco vi bajarse en ninguna estación.
-- Que lo parió, pensé.
Al pararme para bajar en Congreso, noté una inscripción tallada en el respaldo de madera del asiento frente a mí. Decía:
"No llegué tarde. Me adelanté al final del viaje."
El Falcon blanco dobló desde Rivadavia, lento. Rugió en segunda, sintiéndose un crack de palanca de cambio al volante mal embragada. Frenó a mi lado, justo donde la sombra de un paraíso recortaba manchas en el asfalto.
Bajó el vidrio. Su cara era la de siempre, solo que con un rojo saltón en los ojos.
—Pelado, vos no sabés lo que me pasó ayer —dijo, sin saludar, con voz que arrastraba historias.
Me apoyé contra un Renault 12. En Caballito uno aprende a esperar: los colectivos se demoran, los recuerdos a veces también.
—Fui al velorio del padre de mi cuñado —empezó—. O eso creí. Resulta que entro al salón y lo veo al viejo… vivo. Ahí nomás, abrazado al cajón, llorando como si quisiera entrar él.
Pasó un 92 y el tremendo chillido de los frenos postergaron unos segundos el desarrollo de la historia.
—Pregunté quién murió entonces. Nadie decía nada. Hasta que escucho a mi cuñado, bajito: “Mi vieja… la encontré colgada en la cocina”.
Los volantes en mi mano pesaron como piedras.
—¿Cómo la encontró? —pregunté, aunque mi voz ya sabía la respuesta.
—No vivía ahí —dijo—. Fue de visita y entró con su llave. Abrió la puerta, caminó, y la vio. La cuerda atada al tirante del techo, el cuerpo balanceándose. Entonces él mismo la bajó; me dijo que le pareció que todavía respiraba, que sintió los dedos de su madre rozándole la cara.
El Falcon quedó inmóvil. Desde un balcón una frazada cayó y el polvo flotó haciendo estornudar a una vieja que pasaba.
—El viejo está enfermo —continuó—. Cáncer de pulmón. Le daban medio año, con suerte. Evidentemente, ella no quiso verlo morir lento. Decidió irse antes, colgarse, convencida de que así lo liberaría del dolor de verlo agonizar cada día.
Un perro viejo cruzó Rosario y se detuvo a mirarnos. La ciudad parecía contener la respiración.
—Los hijos estaban ahí —dijo—. Mi cuñado temblaba; me contó que tenía el nudo de la soga en las manos. El hermano, al lado del cajón, estaba rígido, con los ojos secos como un muñeco. Y el viejo… lloraba sin aire, pidiendo perdón por seguir vivo cuando ella ya no había querido más.
Se pasó la mano por la cara y miró hacia Rivadavia.
—Lo peor es que nadie cerró la ventana de la cocina. La cortina seguía moviéndose, sola. Como si ella todavía estuviera ahí, colgando, esperando que alguien la bajara.
Un camión de basura tocó bocina y ahogó el relato
--Chau, pela, me tengo que ir a laburar.
El Falcon arrancó despacio y se perdió camino a Primera Junta. Yo seguí inmóvil, hasta que vi un volante en el suelo que no era de los míos. Lo levanté. En el reverso, con letra urgente, alguien había escrito:
"Caballito no olvida a los que deciden irse antes que el último tren."
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Esa noche me subí al subte A. Era uno de esos vagones viejos de madera que crujen sobre las vías con cada sacudida. Iba casi vacío. Frente a mí, una mujer con vestido celeste, sentada con los pies apenas tocando el suelo. No tenía rostro, solo un contorno deshilachado, como si se fuera desvaneciendo.
Cuando el subte pasó por la estación Pasco, abandonada y en sombras, vi al costado del andén una figura difusa, oscura, como un susurro en la penumbra: se parecía a la mujer del vestido celeste, que ya no estaba sentada pero que tampoco vi bajarse en ninguna estación.
-- Que lo parió, pensé.
Al pararme para bajar en Congreso, noté una inscripción tallada en el respaldo de madera del asiento frente a mí. Decía:
"No llegué tarde. Me adelanté al final del viaje."
