Besos: El amor en dictadura
El baño
Tuvimos aquel encuentro de miradas en el exacto momento en el que ella me acomodó el pañuelito sobre mi cuello frente al espejo del baño, entonces sentí lo que sentí. Fue al mismo tiempo en el que comprendí que había sentimientos que no necesitaban explicación alguna, que se entendían en el mismo instante en el que sucedían. La tele se escuchaba sonar desde el comedor. Minutos antes, casi a la pasada había visto la cara de uno de los de la junta militar diciendo vaya a saber qué cosa por cadena nacional, así que por reflejo pasé de largo y entré al baño dejando sin querer la puerta abierta.
- Yo te acomodo el pañuelito en el cuello - me dijo Victoria mirandome a través del espejo del botiquín -
Y en ese cruce de miradas, me enamoré.
Silvi había percibido todo, así que me advirtió enseguida que ella tenía novio en Buenos Aires, por lo que en la despedida de aquella madrugada, me limité a darle el teléfono del negocio de mi viejo para que me llamara algún día, pero eso lo hice sin albergar ninguna esperanza. Como me quedaban unos billetes más de reserva después de haber acertado la doble calle un par de veces en el casino, volví unos días a Mar del Plata a lo de mi amigo el bocón. Ellas se quedaron en Villa Gesell.
La vuelta
A los pocos días, al volver a Buenos Aires me reintegré al negocio , un trabajo fácil y bien remunerado para mis pretensiones de gastos y con acceso a ciertas licencias como tomar cantidades enormes de licuados de banana con leche y tostados en el bar de enfrente sin pagar. Casimiro, el dueño del bar, me esperaba a eso de las seis y media de la tarde con el tablero de ajedrez preparado para enfrentar al viejo López en lo que era para mí la actividad más importante del día. Pocas cosas me levantaban tanto la autoestima como los parroquianos parados alrededor de la mesa elogiando el estilo posicional de mi juego.
- Me sirve porque piden café y les vendo las medialunas de la mañana - me dijo entusiasmado Casimiro -
Cuando sonó el teléfono negro en el laburo, y la cajera me dijo que estaba Victoria al habla, pensé un segundo antes de atender: - ¿Y ahora, qué hago? - Tragué saliva, respiré profundo y hablé con el escepticismo de alguien que se sabía un perdedor. Me puse de espaldas a la cajera, impertinente y celosa.
- ¡Hola! - habló Victoria entusiasmada y con una dulzura que me llenó de confianza. Volvió a mí aquella escena del baño, pero esta vez el plano del recuerdo apuntaba a su malla enteriza verde agua y sus pezones que, ese día, apenas se transparentaban -
- ¡Qué sorpresa! ¡Me llamaste! - balbuceé de manera torpe -
- La verdad es que desde que volví de Gesell quería llamarte, pensé mucho en vos... - y se escuchó un breve silencio seguido de una respiración profunda -
- ¿No querés que nos veamos? - Fue muy directa. Mi corazón latía fuerte y mi voz se empezó a escuchar ya con algo de tartamudeo.
- El sábado pensaba ir al Luna Park para ver una pelea de box.
No podía haber una invitación más ridícula que se pudiera hacer a una mujer en tren de seducción. Ni siquiera se me había ocurrido pensar en un plan más coherente, sólo tuve el intento egoista pretendidamente disfrazado de snob de insertarla en mi plan.
- ¿Querés venir? - dije casi obligado pero tímidamente. Cerré los ojos
- Nunca fui...- Hubo otro segundo eterno de silencio - ¡Dale, vamos! ¿Cómo hacemos?
- Dame tu dirección y te voy a buscar.
- Voy a estar en lo de Silvina, me quedo a dormir, así que si querés pasá por ahí. ¿A qué hora es?
- Creo que a las diez. ¿Paso a las nueve?
- ¡Listo! Te espero. Un beso.
- Otro. Nos vemos el sábado.
- ¡Chau!
Al cortar, sentí la misma medida de felicidad que de terror.
El encuentro
La pasé a buscar, previa charla telefónica con mi amiga Silvina con respecto al tema del novio anterior. Como aquello, según ella, aún no estaba definido, se me fueron un poco las ganas, así que me preparé para una salida cobarde, sin avances, lo cual me ponía a priori en algún tipo de lugar de comodidad.
La noche estaba hermosa, caminamos por avenida Corrientes iluminada hacia el bajo. A la altura del Palacio de la Pizza empecé a soltarme un poco, así que la estábamos pasando bien, sentía que había cierta química entre nosotros. Su pullover de rayas me enloquecía y el perfume a lavanda que percibí cuando se me acercó tanto sentía que me llevaba de nuevo a aquella mirada mágica del baño en Gesell.
Ella, siempre en confianza, resuelta, me intimidaba un poco, se movía entre las trompadas del campeón Tito Yanni que iba marcando la cara de su sufrido contrincante como si hubiese visto boxeo toda la vida. Cuando Yanni finalmente noqueó, me dijo que tenía hambre.
Caminamos.
No sé porqué - quizás era un detalle tonto -, pero esta vez no escondió su mano tibia dentro de mi brazo al caminar, como había pasado en aquella madrugada de Gesell.
Comimos una chica de muzzarella y dos fainás con coca hablando de pavadas.
La dejé en la puerta de la casa de Silvina. Me prometió una próxima vez, con invitación de cena en su monoambiente de la calle Ayacucho. Yo no le creí.
Beso en la mejilla.
Me volví en el bondi ochenta y seis sin poder evitar castigarme por mi falta de iniciativa, lo cual hizo que me poseyera cierta sensación de amargura.
A medida que pasaron los días, el natural remedio del olvido fue eliminando la frustración de aquella salida al Luna Park.
La espera
Dos meses después, fue Silvina la que me contó que su amiga finalmente había terminado con el novio. La novedad me había hecho bien, porque me ayudaba a reemplazar otras historias que rondaban en mi cabeza pero que no eran tan reales como esta.
Días después, me decidí a tomar la iniciativa, así que le dije a la cajera: - Me voy para la oficina de atrás. Tengo que hacer una llamada importante -
Puse atención a no ser escuchado por la chusma de adelante y marqué el teléfono de Victoria, para, esta vez, disfrazado de hombre resuelto, invitarla al cine. Aceptó contenta y rápido. Moví la palanca. Me sentí tranquilo y tuve entonces cierta certeza de que yo le gustaba. Me permití repasar mucho más detenidamente la escena del espejo, sus ojos marrones mirándome, su cara seria como no dejando entrever ningún sentimiento, su respiración, su mano haciendo el nudo del pañuelo en mi cuello, la malla enteriza, su pelo castaño suelto, sus hombros bronceados...
El encuentro fue el 24 de mayo. Llovía. Tal como habíamos quedado, la pasé a buscar esta vez por su casa. Ella, al bajar, me comentó que vivía sola, eso me asustó.
La película elegida por mí fue “Escape a la victoria”, con Sylvester Stallone y Pelé sumado a otros conocidos futbolistas de los setentas y ochentas. Definitivamente parecía ser tan mala como lo fue aquella invitación a una noche de boxeo en el Luna Park.
Yo no tenía ninguna estrategia, así que, asumiendo que era de ella la superioridad en el campo de batalla, me resigné a ver la película como si me interesara.
Victoria apoyó su mano apenas sobre la mía. Muy temeroso, arriesgué un poco y le apoyé mi otra mano.
Ella me fue llevando a una confianza de dedos jugueteando el uno con el otro. Entonces me acarició la cara con ternura. Me animé a mirarla y, después de un muy torpe movimiento, la abracé. Fue cuando respiré bien profundo aquel perfume. Una y otra vez. Mi vida se proyectó en esa inhalación lavanda.
En la pantalla, los jugadores se enfrentaban a un equipo de nazis y debían ganar un partido de fútbol para lograr su liberación. En las butacas del cine yo sentía que también luchaba por mi libertad.
Victoria me besó en el cuello y me miró con todo el amor de sus ojos pardos, entonces respondí con otro beso en su mejilla.
Fue cuando pasó lo imprevisto: se detuvo la proyección de la película y se encendieron juntas todas las luces del cine. Nuestros primeros arrumacos nos dejaron expuestos a la gente. Nos miramos sin entender. Nos soltamos con vergüenza.
De pronto, comenzó a escucharse de fondo el Himno Nacional Argentino. Todos en el cine se pusieron de pie. No nos dábamos cuenta del porqué de lo que estaba pasando. Resultó que, al ser las doce de la noche, comenzaba el 25 de Mayo, Día de la patria. Por esos años, ignorar el sentimiento de patriotismo no era una opción, por lo que, aunque fuera dentro de un cine perdido en Buenos Aires, todos debíamos pararnos y cantar, para no tener un problema con algún policía o militar vestido de civil.
Cuando finalmente terminó el himno, se escucharon en el cine aplausos y gritos de “Argentina, Argentina”. Nos volvimos a mirar con Victoria, porque en ese momento compartíamos ambos una rara sensación de vergüenza ajena. Pero pasó que la situación nos había terminado de unir.
Se apagaron las luces y, como si nada, prosiguió la película. Pelé hizo un gol de chilena dentro de una escena que tuvo tanto dramatismo sobre actuado como el que yo había sentido en mí mismo con el episodio del himno. Pensé entonces en la propia película de mi vida, en Victoria dándome la mano aquella noche de verano en Gesell cuando salimos de la peña hartos de escuchar temas de Silvio Rodriguez cantados por desconocidos semi-borrachos.
Entonces la miré y sentí fuerte el deseo de tocarla completo donde sea…
En la pantalla, los presos de la cárcel se rebelaban ante los nazis cuidadores que habían perdido el partido de fútbol y se escapaban heroicamente. Stallone había atajado el penal con extraordinaria volada. Otra vez los aplausos.
El salir a la calle nos relajó. La lluvia y el frío nos empujaron a abrigarnos otra vez el uno con el otro hasta abrazarnos fuerte. Volvió por enésima vez a mí aquel perfume lavanda. Finalmente me sentí seguro, era la garúa que me empujaba al amor.
Caminamos un poquito más hasta que decidí parar y, en una esquina mágica, le di un primer beso en la boca. Fue un piquito con sabor a miedo y humedad. Entonces sentí mis labios un poquito más cremosos y dulces, y una erección que me avergonzó.
De pronto, recordé a mis compañeros del colegio técnico. Me tranquilizó la certeza de no tener que mentirles nunca más. Al tercer beso metí la lengua, pero ella no. Al cuarto, me sentí Humprey Bogart.