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Entradas

Remembranzo y su hipercófides

Cierto día, Remembranzo se dijo a sí mismo cual novela culebrón:          "Ya puedo hacerlo, ya estoy capacitado." 

La curiosidad

por Yael Gutman Cinco años de apadrinar escuelas por el país, cinco años de apoyo escolar en el comedor "Padre Mugica" de la Villa 31, tres años de educación no formal como coordinadora de niños en un club, cinco años de dar clases particulares y voy para los doce años de docencia en escuela media en el área de Lengua y Literatura. ¿Cómo elegir una historia de escuela entre tanta experiencia dispar, disímil, variada, contradictoria que no es más que mi historia. Tal vez el problema resida en el nombre, esa nomenclatura que nos envuelve en un mito personal para el que hay que estar a la altura o ser ciegos a los significados.  El apellido materno, oculto para mi generación que lo relegaba al masculino, voz impuesta en el pasado por una sociedad de familia tipo patriarcal, es el apellido que porto en secreto pero que le dio luz a mi vida laboral y pública -porque todos los docentes somos figuras públicas-. Un apellido que desde la sombra marcó lo que debía ser, ese debe...

¿Se puede saber de qué se ríen?

Por Gastón Waisgold — ¡¿SE PUEDE SABER DE QUÉ SE RÍEN?! — nos gritó furiosa la seño Roxana dejando al grado en un silencio ensordecedor y terminante. Entre Fico y yo intentamos balbucear mil excusas impotentes. Más silencio estridente. — ¿Por qué no lo cuentan en voz alta así nos reímos todos? — insistió. — Le estaba leyendo un cuentito que me llegó, pero no... — Leelo para todos o se van a la dirección — interrumpió con enojo. La cena estaba servida: amenaza de plato principal, sonrisa irónica de guarnición. Fico me devolvió una mirada de pánico con un asentimiento inseguro. Volví a agarrar la Netbook y no me quedó otra que empezar a leer: « — ¿Se puede saber de qué se ríen? — dijo el profe Cristian con una sonrisa divertida. » Hice un alto y levanté la cabeza. Roxana, confundida, abría y cerraba la boca sin emitir sonido alguno. El resto del curso se debatía intermitentemente entre la sonrisa y el asombro. Reanudé la lectura: « — Nos queremos reír todos y todas...

Historia

Por Alejandro Castiglioni Sonó el timbre y segundos después la profesora entró en el aula. Era temprano, ocho en punto. Había cierta expectativa porque era nuestra nueva profesora de Historia de segundo. Me senté derecho y la miré. Tuve un momento de sorpresa. Ella ordenaba los papeles y los libros en el escritorio. Sus movimientos eran definidos, pero no se apresuraba, dilataba deliberadamente el inicio de la clase. Después de unos instantes nos miró. No tenía aros, ni collares, ni estaba maquillada como las otras profesoras. El pelo le llegaba hasta los hombros. Entonces ella comenzó. Laura se llamaba. Hubo una leve vibración en el aula y se hizo un silencio. Su voz era clara y firme. No gritaba, nunca nos gritó. Se la notaba serena. De vez en cuando nos sonreía. Y nosotros que teníamos la costumbre de buscar en los nuevos profesores las debilidades por donde hacernos un festín, supimos de inmediato que con ella no funcionaría.   Yo estaba deslumbrado; no podía de...

Él y los demás

Autor: Rafael Calomino Luisito era más inteligente que todos nosotros. Alumnos, profesores y el colegio mismo le quedaban chico. Vivíamos una época muy represiva y la educación, como sabemos, promocionaba lo peor de la sociedad. Al menos y para ser justo, así era nuestro secundario y muchos de los colegios religiosos católicos que inundaban Buenos Aires; pero con Luisito no podían. Él tenía el don de… de… ¿cómo explicarlo? Era seductor, atrevido, sumamente inteligente, oportunista, inesperado, podría llenar la página con elogios y no me alcanzaría para mostrar un instante de su genialidad. Era el único que, hiciera lo que hiciera, no daba margen para ser sancionado, inclusive los profesores que gozaban aplicando medidas represivas quedaban atrapados en su talento. Va un ejemplo. Lo mandaron a sentarse en primera fila; al menos, lo tenían controlado si se copiaba. Su compañero de banco era un chupa medias furioso y, como recompensa, los curas, lo ungieron como el mejor de...

Sonrisas verdes de té y esperanza

Por Shiru Lerner Después de dar una vuelta por Ban Kham, un pueblo chico de no más de 100 casas, compartiendo té con algunas vecinas, miradas con otras, risas con algunos niños, llegué a la escuela. Como eran las 18.30, los chicos ya no estaban. La escuela quedaba en el punto más alto del pueblo así que decidí regalarme uno de los atardeceres más bonitos del viaje. Me sentí abrazada por la energía del sol poniente y por su aire fresco con aroma a especias. Dos maestras que viven ahí porque sus casas quedan en otras ciudades alejadas, se sentaron junto a mí para acompañarme y al ratito de charlar me invitaron a ver a los chicos la mañana siguiente. Tanto insistí que le gané por cansancio a Tun Tun, el muchacho local que habla inglés, para que fuéramos a primera hora y entonces empezar un rato más tarde nuestro trekking. Me desperté ansiosa y llegué a la escuela minutos antes de que empiece la clase; ver arribar a los alumnitos poco a poco, todos con su morral colorido, sus cu...

JuanPi

Por Andrea Meritello Caminaba solo a unos cinco metros delante de mí por la calle Güemes. Al principio no le presté atención ni lo reconocí: era temprano y yo corría al trabajo mientras pensaba muchas cosas al mismo tiempo (los adultos siempre pensamos muchas cosas al mismo tiempo). Él iba apurado pero sus pasos eran livianos, como si tuviera resortes en sus zapatillas, como si la mochila del superhéroe no le pesara tan llena de libros, como si no tuviera preocupaciones, como si fuera un niño de diez años. Un niño de diez años sin preocupaciones. Resumiendo: un niño de diez años sin preocupaciones camina cinco metros delante de mí, una adulta de unos cuantos más con muchas cosas en la cabeza al mismo tiempo, cosas que parecen preocupaciones pero sólo son ruido, “ruido mental” (mi abuela siempre decía eso). Me apuré porque llegaba tarde. Lo pasé al trotecito. Lo reconocí por su pelo brillante, porque el viento le jugaba en los mechones mientras rebotaba en la vereda ha...