El campo de concentración.
Ir por la Costanera Sur era, de entrada, una operación de memoria fallida.
Lo que yo recordaba de las rateadas del secundario era un destino de llegada al río, una sensación de impunidad adolescente.
Ahora, diez años después, el lugar me devolvía otra cosa: el alambrado puesto por la Prefectura donde antes había agua, el pastizal que habían dejado los camalotes, las escalinatas más destruidas aún. La estatua del fondo, verde de moho, vigilaba la nada con una solemnidad que me dio algo de miedo. No de los miedos que uno puede nombrar. De esos que se sienten en la nuca.
Mi tío Carlitos me había dicho que llegar era fácil. Entrar por Brasil, y si me paraba algún prefecto, decirle que venía a ver a Carlos del Ushuaia. Ese día no había ningún prefecto, o no le interesó molestar a un tipo en bicicleta. Me encontré adentro del alambrado sin que nadie me preguntara nada. Respiré profundo, esperé que el corazón volviera a su ritmo, y miré.
Galpones. Baldíos. Una calle de adoquines con pasto creciendo entre las juntas por la humedad del río. A lo lejos, un canal con barcos amarrados.
Tenía que ser ahí.
Cholo
El primer hombre que me encontré estaba parado junto al barco como si lo estuviera esperando. Tenía una mesita con el termo, el mate y una radio spika con su funda de cuero marrón. Me saludó primero, con esa mezcla de respeto y desconfianza que tienen los que llevan mucho tiempo solos.
Le dije que buscaba a Carlos del Ushuaia.
Sonrió. Se relajó.
—Ah. ¿Usted es sobrino de ese loco?
Evidentemente hablábamos de la misma persona.
Me acompañó caminando hacia dos barcos enormes que se veían a unos ciento cincuenta metros. Uno estaba sobre la costa, bastante derecho. El otro, paralelo al primero pero más hacia adentro del canal, yacía inclinado unos treinta grados hacia la izquierda, como a punto de rendirse.
Cholo gritó:
—¡Che, loco! ¡Mirá a quién te traje!
Silencio. Solo los pájaros.
—Debe estar durmiendo el hijo de puta —me dijo en voz baja, como si los adoquines pudiesen escucharnos.
—¡Loco! ¡Salí, carajo!
Al fin apareció una figura canosa, de tez oscura. No parecía él. O era él y yo no lo recordaba bien. Caminamos unos metros más en silencio. Cuando finalmente lo reconocí, entendí que era el sol el que le había robado el color y la edad.
—¡Tío!
—¡Ah… Piluso! ¿Qué hacéeeeeeees?
Así, prolongando las és. Señal de sorpresa genuina.
Nos abrazamos. Nos miramos. Oía yo en ese momento, mezclado con el óxido y el pasto húmedo, algo inesperado: perfume a lavanda. El mismo que tenía mi papá. En los hombros de ese hombre curtido, vestido con ropa de encargado de edificio y alpargatas con el sisal deshilachado, el mismo perfume de lavanda.
Algunas cosas no se eligen.
El Ushuaia 1
Subimos por un puentecito de madera al primer barco. El casco oxidado decía claramente: Ushuaia 1. Mi tío anunció que me iba a mostrar el lujo.
Ya adentro, entendí que lo primero que molestaba era algo difícil de nombrar: el barco estaba inclinado. Treinta grados de plano permanente, de vida en pendiente. Voy al baño, está para arriba. Busco el azúcar, está para abajo. Un equilibrio que nunca termina de resolverse.
La recámara tenía: piso de plástico gris muy sucio, mesa de madera con mantel de hule, mate y pava, un televisor blanco y negro encendido en el canal cuatro de Montevideo. Las paredes de metal pintado de beige claro, casi crema. Sin ventanas. Sin luz artificial visible. Una alacena con las puertas abiertas —imposible cerrarlas con esa inclinación— y un placard al fondo que guardaba, con candado, los tesoros privados del hombre.
Mi tío abrió el candado con cierta ceremonia. Toalla vieja, agua de colonia Colbert, desodorante Valet a bolilla, máquina de afeitar plateada, brocha. Y al fondo, con sonrisa pícara, una cajita de preservativos marca Velo Rosado.
—Una vez me pesqué ladilla. No sabés cómo pica.
—No hace falta que me lo comentés, tío —le dije, ya sonrojado.
La presidencial
La presidencial era lo que el nombre prometía y el lugar podía dar: una pieza con mesa de fórmica amurada al piso, una cama de goma espuma entre una plaza y dos, y una ventana de ojo de buey que dejaba entrar la luz de la tarde como si fuera un favor.
—¿Sabés la de amigas que me traigo? ¡Vienen solas!
Quise preguntarle desde dónde las traía, dado que el camino hasta ahí era una especie de expedición arqueológica. Pero me callé.
El baño era una pieza aparte. Pequeña, inclinada como todo lo demás.
—¿Adónde va la caca, tío?
—Al cielo no va, nene. Va al río.
Los nervios más el declive no me permitieron la precisión adecuada parado frente al inodoro. Limpié el charco con papel y lo arrojé al inodoro —es decir, al río—. Entendí en ese momento el aspecto del agua marrón que se veía desde afuera.
—¿Dónde está el botón?
—No hay. No hay agua tampoco. No anda la bomba porque no hay electricidad. Me colgué de un cable que solo llega a la tele, la bomba funciona con trifásica.
—No manché nada —dije—. Solo quería preguntar.
El Fairlaine
Debajo del colchón, en cajones de manzana prolijamente apilados, estaban los verdaderos secretos del barco: decenas de piezas de bronce. Picaportes, herrajes, canillas, marcos de ventana. Todo lo que el abandono dejaba desatendido, mi tío lo iba extrayendo con paciencia de entomólogo.
—Con esto me compré el Fairlaine.
—¿Qué Fairlaine?
—¿No viste el que está en la puerta?
No lo había visto. Un Ford Fairlane verde esmeralda con techo vinílico blanco, estacionado a unos metros del barco como si fuera lo más natural del mundo. En ese lugar donde no pasaba nadie, donde no había electricidad ni agua corriente ni señal de ninguna autoridad, había un auto que valía plata. Mi tío miraba cómo yo lo miraba y sonreía con la satisfacción del que conoce el final de un chiste que el otro todavía no entendió.
El silencio
Volvimos a la cocina para los mates.
—Nene, contame un poco tu vida. ¿En qué andás?
Nada peor que dos personas que no tienen nada para contarse. O que sí tienen, pero no saben cómo empezar. Yo iba a dar alguna descripción vaga de mis días en la ciudad —algo que sonara a éxito sin serlo del todo— cuando me di cuenta de que el silencio del barco era distinto a cualquier otro silencio que hubiera escuchado.
No era vacío. Era denso. Pesado. El único sonido era la llama de gas sobre la hornalla, irregular, como si también ella estuviera dudando.
Cholo tenía razón cuando dijo que podía caer algún inspector. No porque alguien fuera a venir, sino porque ese era el único relato que justificaba estar ahí. Los dos —mi tío y Cholo— eran los habitantes únicos de ese mundo. Ellos, el sol, los barcos, los adoquines, los pájaros. No se podía imaginar ningún otro protagonista.
—Nene. ¿En qué andás?
No había repetido la pregunta. Era yo el que no podía con el silencio. Mi tío afrontaba sus días, sus meses, sus silencios, sin que nada lo urgiera. Era yo el que no sabría qué hacer con los próximos cinco segundos.
—Para contar, nada importante, tío.
Y le puse una cucharada de azúcar al mate.

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