Historia
Por Alejandro Castiglioni
Sonó el timbre y segundos después la profesora entró en el aula.
Era temprano, ocho en punto. Había cierta expectativa porque era nuestra nueva
profesora de Historia de segundo. Me senté derecho y la miré. Tuve un momento de
sorpresa. Ella ordenaba los papeles y los libros en el escritorio. Sus
movimientos eran definidos, pero no se apresuraba, dilataba deliberadamente el
inicio de la clase. Después de unos instantes nos miró. No tenía aros, ni
collares, ni estaba maquillada como las otras profesoras. El pelo le llegaba
hasta los hombros. Entonces ella comenzó.
Laura se llamaba.
Hubo una leve vibración en el aula y se hizo un silencio. Su voz
era clara y firme. No gritaba, nunca nos gritó. Se la notaba serena. De vez en
cuando nos sonreía. Y nosotros que teníamos la costumbre de buscar en los
nuevos profesores las debilidades por donde hacernos un festín, supimos de
inmediato que con ella no funcionaría.
Yo estaba deslumbrado; no podía dejar de mirarla.
Desde ese día cada mañana la esperaba. Me alegraba la cotidianidad
de sus movimientos. Ordenaba los libros en silencio, se sentaba, y nos miraba.
Y mientras explicaba la clase yo intentaba colarme por los pliegues de la
pollera o por un escote que pocas veces manifestaba su camisa abotonada.
Pronto empecé a escucharla. La Historia que aprendíamos vivía
dentro suyo, profundamente. Y era un milagro que hubiera logrado que el
feudalismo fuera parte de nuestra vida cotidiana. Nos lanzaba palabras con
flechas color tiza que apuntábamos en nuestros cuadernos. Yo las recibía y las
redireccionaba hacia ella. Sus ojos se encendían cuando nos narraba los pesares
de los siervos de la gleba. Entonces se paraba, cerraba la puerta, y caminaba
entre nosotros. Sus ojos eran dos antorchas que iluminaban la oscuridad de una
caverna.
Pero a veces, en las clases, la odiaba sin odiarla realmente
porque me llamaba Rodríguez en vez de Martín. Y cuando yo levantaba la mano y
ella me daba la palabra, se me caían los ojos y no podía levantarlos; hablaba
hacia abajo, como si estuviera dirigiéndome a una hormiga que pasara entre mis
pies. Ella insistía en que la mirara de frente, en que le hablara más fuerte;
mis compañeros se mataban de risa. Pero yo no podía; y nuestras miradas nunca
se cruzaban, como sabía que nunca se cruzarían nuestras vidas fuera del aula,
fuera de esas pocas horas de Historia.
Una vez la vi llorar. Yo volvía caminando a mi casa y
repentinamente la encontré hablando en una cabina telefónica. Recuerdo que
colgó furiosa el tubo del teléfono. Estuvo quieta un tiempo. Y yo estaba ahí, a
unos pasos, sin saber qué hacer. Entonces ella giró, se secó los ojos con un
pañuelo, y me encontró mirándola, azorado. Esbozó, muy a su pesar, una sonrisa,
y me dejó sin otro gesto, sin siquiera un adiós o un Rodríguez.
Desde ese momento empecé a sentir que me miraba de manera
diferente. Empecé a notar que llegaba con ojos somnolientos. Cuando volvíamos a
los temas que recurrentemente la encendían –y que lentamente empezábamos a
comprender que se relacionaban con nuestros días presentes– las cosas parecían
volver a la normalidad. Sin embargo, yo no podía sacarme de la cabeza aquel día
y sólo quería preguntarle qué le había sucedido, por qué estaba tan triste, si
era que la había dejado un novio que tenía o que me inventaba, si había tenido
un problema familiar, si había perdido a alguien, por qué no me llamaba Martín,
que yo quería llamarla Laura. Era ella el gran interrogante para mí y no la
Historia que nos enseñaba. Ella era la única historia que quería descubrir.
Una mañana junté valor y me acerqué a su escritorio. Cuando me
miró supo qué le preguntaría. Sólo me alcanzó un sereno después. Y en
ese momento que parecía revelador, en ese momento que por fin hallaría una
respuesta que pudiera ordenar parte del caos cifrado en sus ojos, ojos que aún
veía llorar, ojos cubiertos por un cansancio que no comprendía, apareció el
Rector y se la llevó.
Cuando tocó el timbre logré escaparme de los demás. La busqué en la sala de profesores, le
pregunté al celador, le supliqué a mi amigo Eduardo que me ayudara a buscarla,
que fuera a la Dirección con cualquier excusa. Pero fue inútil.
Más tarde, mientras yo leía y estudiaba en mi habitación y oía la
voz lejana del noticiero que en esos días solo hablaba de nuestro próximo
mundial, mi madre apareció en la puerta de mi cuarto y me preguntó, preocupada,
qué había pasado ese día en la escuela, si nos habían explicado por qué razón
no tendríamos clases al otro día. No supe qué hacer con esa noticia. Yo no lo
sabía.
Estuvimos dos días sin clases.
Al tercer día esperé a Laura expectante. Eduardo me hablaba pero
yo no lo oía, sólo observaba la puerta. Eran las ocho de la mañana y estaba
oscuro, el sol había perdido finalmente el ímpetu del otoño. Pensé en los ojos
de Laura como dos antorchas iluminando una noche muy larga pero aún incompleta.
Pensé en esos ojos cansados, en esos ojos que brillaban enardecidos, llenos de
un sentimiento que intuía pero aún desconocía. La imaginé llegando al aula y
que, de pronto, sus ojos encontraban los míos y por fin nos mirábamos, nos
reconocíamos. Entonces la tomaba de la mano, y le decía que no sufra, que no
llore, que abandone a ese novio, que me espere a la salida del colegio, que me
espere hasta que sea mayor de edad.
Pero nunca llegó. Más tarde apareció el Rector con otra mujer que
no era ella, con otra mujer con otros libros de Historia. El Rector la
presentó, dijo que era la nueva profesora de Historia de segundo año que
reemplazaría a la profesora Laura Ríos, que había tomado licencia por problemas
personales, repentinos, y que por eso no había podido despedirse, pero la
profesora María Estela Villamonte se haría cargo y todo seguiría su curso.
¿Nunca más?, no, no lo sabemos, dijo el Rector, pero esperamos que pronto; no,
no habrá más cambios, todo estará bien, porque la nueva profesora viene
recomendada del ministerio de educación y es excelente.
Autor: Alejandro Castiglioni
Alejandro Castiglioni (1981) es licenciado y profesor en Letras por la UBA. Trabaja como docente de Lengua y Literatura en escuelas de educación media y como adscrito de la materia Didáctica General para los Profesorados en la Universidad de Buenos Aires. Anteriormente se ha desempeñado como bibliotecario, vendedor de libros, y como docente en bachilleratos populares para jóvenes y adultos. También coordina actualmente ciclos de cine, talleres de cine y literatura, y talleres de escritura para adolescentes con la posterior edición de antologías literarias.
