Hay un momento del descanso en el que ya me aburrí de mirar mis pies reposando en la silla. Observo el lunar que tengo en el pie derecho, asumo que debería cortarme las uñas, pero la flexibilidad corporal ya no acompaña. Pienso en los tipos y tipas que pagan en Feet Finder para ver fotos de pies y concluyo, sin demasiado rigor analítico, que los míos no calificarían en el cruel mundo de los pies hegemónicos.
En la jerga de la colectividad, Miramar en verano se llama "Miramoyshe". Es una de esas denominaciones que sintetizan sin necesidad de explicar demasiado: la clase media judía de Buenos Aires eligió ese lugar como su pequeña tierra prometida, y el lugar terminó respondiendo a la altura de la expectativa.
El campo de concentración. Ir por la Costanera Sur era, de entrada, una operación de memoria fallida. Lo que yo recordaba de las rateadas del secundario era un destino de llegada al río, una sensación de impunidad adolescente.