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Coco: Relato de cómo hay pérdidas que no son tales

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El tornero   Hubo un tiempo en que Coco era de hierro. Tenista de club, orgulloso de cada músculo, de cada arruga que no aparecía todavía.  Si perdía un partido, lo vivía como afrenta personal. No importaba la edad del rival: él estaba ahí para demostrar que podía. En la mesa, en la parrilla, en cualquier terreno doméstico, tenía la misma actitud. El asado estaba un poco pasado, ¿no? La salsa, con un toque de sal de más. No era burla, tampoco consejo: era su modo de decir que él sabía. Había aprendido el oficio de tornero y, como quien lima el metal hasta que encaje perfecto, intentaba enderezar a los demás, al mismo tiempo que, quizás como cualquier contradicción porteña, caminaba por la vida un poco flojo de papeles. Vendió las máquinas un día. No porque quisiera, sino porque la vida fue llevándolo hacia ese costado sin torno y sin trabajo fijo. No vivió holgado, pero tampoco cayó. Con lo justo se arreglaba, a veces con un whisky bueno en la mano cuando se podía, siempre con...

La pelota siempre al diez: Un cuentito Mágico

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Juan Las piezas esperaban como siempre, ahí, en orden militar, quietas como si no supieran lo que se venía. A las seis en punto caía la invasión de los lunes: chicos apurados por jugar, tableros tomados por asalto, ruido, vértigo, caos. En medio de todo eso, estaba Juan.   Rubiecito, siempre con alguna insignia azul y oro pegada al cuerpo, como si necesitara recordar —y recordarnos— que había un equipo detrás de él.   No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, lo hacía desde otro lugar.   Había algo en su manera de ser —la intensidad con la que tomaba cada movimiento, cada paso, cada silencio— que me desacomodaba. Me obligaba a estar, como mínimo, más lúcido.  Yo lo observaba para intentar entenderlo mejor, pensando que si lograba introducirlo en el mundo de los trebejos, todo en él mejoraría. Había veces en las que se me ocurría pensar en la deseducación que logramos en los chicos, a través de la actitud, un poco egoísta tal vez, de pretender educar a to...

Bicicletas: Breve relato de felicidad

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El cuerpo desvencijado avanza detrás de la felicidad. No hay épica, apenas el esfuerzo torpe de las piernas que todavía obedecen. El aire le corta la cara, el pecho suena como fuelle, la columna le cruje un poco, pero sigue. Casi la alcanza. La felicidad, claro, anda en otra bicicleta. Mejor, más entera, más suelta, más liviana. Sus ruedas giran como si no rozaran el suelo, la cadena perfectamente lubricada, los cambios cadenciosos, sus movimientos tienen esa seguridad que él nunca tuvo. La constancia de ella desalienta un poco, pero el corazón no entiende de cuentas pendientes: le ordena seguir. El cuerpo y la felicidad  A lo lejos, una curva a la derecha. La ve doblar. Y él, testarudo, se inclina un poco más, aprieta los dientes, siente el tirón en los músculos que ya no están para lujos. No se lanza a lo loco: sabe que esto no es carrera corta, que a la bici de adelante se la corre con paciencia, no con bravura que agota. Hasta que aparece el calambre. Una punzada en los geme...

Ba’ala’aj en vaso: La felicidad explicada en dialecto Maya

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No sé su nombre completo. En la playa lo llaman “Chepe”. Todos los días, a la misma hora, se inclina sobre la barra de madera y me pregunta si quiero “el de siempre”. En ese instante, me siento como Bogart interactuando con Sam en Casablanca: un diálogo breve, inevitable, que nunca cambia y que, precisamente por eso, contiene algo de eternidad. Y mientras tanto, a unos metros, una mujer es Ingrid Bergman, pero tomando una piñada y recostada en su reposera, con el sol como único reflector y el sonido del mar Caribe como su orquesta discreta. Ese café helado con licor “del 43” —la espuma tibia que se enrosca como la iguana que en este momento me está mirando— me produce una felicidad que sería ridícula explicar, pero que suelo sentir cuando comparto unos mates o simplemente cuando los tomo solo sentado frente a mi desayunador de mi casa en Buenos Aires. Tal vez por eso nunca la explico. Chepe, en cambio, habla sin pudor de lo que para él es felicidad: una palabra que me pronuncia despaci...

Los muertos nunca se mueren: Un cuento de subte A

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Creo que fue un martes, pero en Caballito los martes huelen a domingo mal dormido. Yo estaba en la calle Rosario, dejando volantes en los parabrisas de autos que dormían en las veredas bajo el sol del mediodía. Frente a la panadería aquella en donde el olor a galleta marinera y medialuna de grasa nunca se va, el aire tibio parecía colgarse de los cables de teléfono del barrio. El Falcon blanco dobló desde Rivadavia, lento. Rugió en segunda, sintiéndose un crack de palanca de cambio al volante mal embragada. Frenó a mi lado, justo donde la sombra de un paraíso recortaba manchas en el asfalto. Bajó el vidrio. Su cara era la de siempre, solo que con un rojo saltón en los ojos. —Pelado, vos no sabés lo que me pasó ayer —dijo, sin saludar, con voz que arrastraba historias. Me apoyé contra un Renault 12. En Caballito uno aprende a esperar: los colectivos se demoran, los recuerdos a veces también. —Fui al velorio del padre de mi cuñado —empezó—. O eso creí. Resulta que entro al salón y lo veo...

La boca abierta: Relato de cuando el cuerpo grita lo que no se dice

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Clara caminaba Palermo como quien atraviesa una canción vieja de Spinetta en medio del ruido de motos y deliverys. Treinta años, porteña hasta el tuétano, se le notaba en la forma de putear en silencio y en ese gesto cansado con que miraba los balcones llenos de plantas secas. Había pasado nueve años con Matías, un hombre que coleccionaba promesas como entradas de recital, pero que no llegaba nunca al escenario. Él, varado en una juventud que se le deshacía, tocaba sin urgencia en bares chicos, donde la cerveza era tibia y el sonido siempre fallaba. Soñaba con “pegarla”, mientras sumaba turnos en un call center y afinaba su ego frente al espejo. Ella, en cambio, se iba endureciendo: corregía manuscritos en una editorial, leía a Conti en el subte, y sentía que el tiempo se le escapaba como agua entre los dedos. Quería hablar, romper el pacto silencioso del amor inmóvil, pero las palabras se le ahogaban —esa Buenos Aires densa, de niebla y paredes descascaradas, le cosía la boca. Un día ...

¿Quién es Claudio Sprejer? - Trayectoria del autor de este blog

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Claudio Fernando Sprejer: educador y escritor literario Claudio Fernando Sprejer es un docente argentino que, durante casi 40 años, enseñó informática, ajedrez y ciencias en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, mientras desarrollaba una destacada carrera como escritor de textos educativos y literarios. Jubilado en mayo de 2025, continúa activo como director en el  blog Deceducando al Sur y parte del staff editorial en  Ediciones Deceducando , tras haber publicado en  educ.ar  y, en el pasado, en los anuarios de la Universidad de Palermo (Reflexión académica en Diseño y Comunicación, Vol 29 y 39, años 2016 y 2019 respectivamente), en éstas últimas, con sendas menciones a la excelencia por parte de Conicet. Sprejer comenzó su carrera en 1987 en la Escuela Martín Buber, impartiendo informática y ajedrez. En 1995, dejó un comercio para dedicarse plenamente a la docencia, principalmente en el Instituto Nuevo Guido Spano, donde fue profesor de informática, ajedrez y tutor,...

Ataque Marshall: Cuando el ajedrez y el amor también juegan

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 El juego Tu turno. Sus dedos largos deslizaron el tablero hacia mi dirección. Carraspeó Los blancos van primero Si, lo sé, es una obviedad.  Me señalé, aceptando su tono dominante. Él asintió, mirándome por arriba de sus anteojos ovalados y una sonrisa insinuada. Se rascó levemente la nuca sobre su pelo morocho. Hicimos seis o siete jugadas de una apertura española sin hablar. Todo teoría, dijo. Suspiré. Tomé un caballo. Él hizo un sonido extraño, y supe enseguida que reprobaba mi movimiento.  Dejá que te ayude.  Lo miré fijo, con cierta sensación de seguridad. Estaba por responderle que no, cuando sentí la yema de sus dedos rozando el dorso de mi mano. Casi por instinto, tensé la mano y la relajé, cuando vi la manera curiosa en que me miraba. Bueno, respondí cediendo. Pensé que me estaba subestimando y me pareció una buena ventaja psicológica a mi favor. Supuse que tomaría mi mano, deslicé mi brazo hacia delante, y justo en ese momento él bajó la palma. Nos rozamos...

El cumplir, entrega 7, "Feigl"

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1. En medio de las brumas del tiempo, en los confinados rincones del imperio ruso, entre los bosques frondosos y los campos estériles se encuentra la aldea de Sataniv. Un lugar que se yergue como un testamento a la resistencia, pero también como un monumento a la desesperación. Aquí, en este remanso de pobreza y persecución, se desarrolla la vida de Feigl, una madre judía cuyo destino se entrelaza con el de su gente y su tierra. Cada día en Sataniv comienza con el mismo ritual: el sol apenas asoma sobre el horizonte, y Feigl se levanta antes del amanecer para encender la vela en honor al nuevo día. Con manos temblorosas, recita las antiguas bendiciones mientras el suave resplandor ilumina la modesta habitación de su casa. Es un acto de fe, de conexión con algo más grande que ella misma, algo que ha sostenido a su pueblo a lo largo de los siglos de persecución y sufrimiento. Después de la ceremonia matutina, Feigl se sumerge en las tareas del hogar. La escasez de alimentos es palpable e...

El cumplir, entrega 6, "El guardapolvo"

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En el corazón de Barracas, Buenos Aires al sur, el conventillo que albergaba a la familia de Josef se veía inmerso en una realidad implacable. La conflictos de conducta de Josef habían dejado a Becky virtualmente sola, hipotéticamente a cargo de cinco hijos en medio de las deudas de juego generadas por la bohemia del pianista de orquesta que tocaba en los números vivos del cine de día con el mismo ahínco que se jugaba el dinero ganado en inútiles juegos de  póquer de noche. La ausencia de figuras de autoridad habían dejado a cada hijo en una búsqueda personal que tenía caminos azarosos no necesariamente rectos ni morales. Hilda, la primogénita de las mujeres, era varios años mayor que Susana, quien afrontaba su propia batalla en busca de la educación y la realización personal. La familia, marcada por cicatrices visibles de adultos que no lograban enterrar sus pasados sufrientes y que tampoco terminaban de adaptarse a la vida porteña, lidiaba con las adversidades cotidianas del mun...