El cumplir, entrega 6, "El guardapolvo"
En el corazón de Barracas, Buenos Aires al sur, el conventillo que albergaba a la familia de Josef se veía inmerso en una realidad implacable. La conflictos de conducta de Josef habían dejado a Becky virtualmente sola, hipotéticamente a cargo de cinco hijos en medio de las deudas de juego generadas por la bohemia del pianista de orquesta que tocaba en los números vivos del cine de día con el mismo ahínco que se jugaba el dinero ganado en inútiles juegos de póquer de noche. La ausencia de figuras de autoridad habían dejado a cada hijo en una búsqueda personal que tenía caminos azarosos no necesariamente rectos ni morales.
Hilda, la primogénita de las mujeres, era varios años mayor que Susana, quien afrontaba su propia batalla en busca de la educación y la realización personal. La familia, marcada por cicatrices visibles de adultos que no lograban enterrar sus pasados sufrientes y que tampoco terminaban de adaptarse a la vida porteña, lidiaba con las adversidades cotidianas del mundo de los inmigrantes que habían escapado de persecuciones y padecimientos para cambiarlos por otros distintos y locales vinculados a la exclusión y otras formas de pobreza.
Susana, desafiando las normas impuestas a las mujeres de la época de los años 40, anhelaba cursar sus estudios secundarios. La falta de recursos y la indiferencia familiar no la disuadían de su determinación. Ante la pasividad habitual de Becky y la ausencia de solidaridad por parte de Hilda, Susana se propuso improvisar en un novedoso mundo de agujas e hilo.
En un rincón del patio, alejada del ruido, Susana halló refugio en la sastrería teatral de Becky, quien por entonces había tenido que aprender a desarrollarse dentro del mundo de los Teatros de la calle Corrientes, vistiendo a los diferentes artistas de las compañías. Utilizando la máquina de coser, decidida y solitaria, emprendió la tarea de confeccionar trajes extravagantes para los actores de varieté. Esta empresa, por el momento clandestina se convirtió de pronto en una vía de salida económica posible.
—¿Qué haces, hija? —inquirió Becky al descubrir a Susana en plena actividad de diseño.
—Estoy intentando confeccionar mi puerta de entrada al colegio secundario. No quiero conformarme con coser ni con maquillar personajes, quiero algo más —respondió Susana con una determinación que resonó fuerte en el frío taller.
Becky pareció escuchar, pero subestimó el diálogo quizás imbuida en el propio egoísmo de sus pensamientos, ella también era una madre joven, que había sido primeriza a los diecisiete y que la separaba cada vez más de los más de cincuenta de Josef.
A pesar de la hostilidad familiar y la falta de apoyo materno, Susana persistió. La máquina de coser se convirtió en su aliada, las telas en su lienzo y las agujas en sus herramientas para esculpir su futuro en medio de las miserias de su familia.
La bohemia del conventillo contrastaba con la tenacidad silenciosa de Susana. Hilda, intentando noviar con un señor con imagen de poderoso, no participaba activamente en la odisea de su hermana menor ni en nada relacionado con lo familiar.
El día que Susana decidió fabricar su propio guardapolvo escolar, el taller de la sastrería se llenó de susurros y risas ajenas. Mientras Becky seguía sumida en sus cosas, la joven enfrentó la situación con naturalidad, llevando consigo su peculiar creación, una vez terminada, rumbo hacia su primer día en el aula de clases.
—¿Qué llevas puesto, Susy? —preguntó Saúl, mordaz y detallista para mejorar el posible hostigamiento.
—¡Un camino, pelotudo!, algo que parece incomprensible para vos —respondió Susana, sorteando las miradas de su hermano con firmeza, como si su defectuoso guardapolvo fuera un traje de superhéroe.
La realidad del conventillo no se detenía ante los sueños individuales. Aunque Becky continuaba ajena a las aspiraciones de Susana, la joven persistía en su búsqueda de conocimiento y autodeterminación.
La máquina de coser, las telas de la sastrería y aquel guardapolvo blanco inmaculado con el cuello torcido se convirtieron en símbolos de la resistencia silenciosa de Susana. Mientras el patio del conventillo seguía siendo testigo de las risas y los murmullos de la vecindad, en un rincón olvidado, Susana tejía su propia epopeya.
En las intrincadas telarañas del conventillo, Becky, la matriarca de la familia de Josef, trazaba un camino que resonaba con una libertad llamativa. Sus hijos, lejos de avergonzarse, absorbían de manera ambivalente la conducta de su madre, un comportamiento que, aunque no aprobaban por completo, encontraban normalizado en las esquinas desgastadas de su realidad.
En una noche animada por las risas y el aroma a tabaco, Becky se encontraba rodeada de un amalgama de personajes bohemios. Sus hijos, desde la penumbra, observaban con una mezcla de fascinación y desconcierto cómo su madre, con un gesto desenfadado, compartía historias sugestivas con aquellos hombres que buscaban refugio en las sombras del patio.
Mientras Becky tejía su propia narrativa de emancipación, sus hijos aprendían, casi sin darse cuenta, la esencia de una vida que desafiaba las normas preestablecidas. No era solo una cuestión de rebeldía; era una danza sutil entre la aceptación de lo inusual y la construcción de sus propias identidades en un contexto donde la normalidad se difuminaba en los márgenes de lo aceptado socialmente.
Aunque no compartían por completo la perspectiva de Becky, los hijos asimilaban de manera inadvertida la idea de que la libertad tomaba diversas formas. La bohemia del patio del conventillo se convertía en una acuarela en la cual cada miembro de la familia, de manera distinta, contribuía a la forma peculiar que caracterizaba sus días.
Así, en el corazón de aquel Buenos Aires que contemplaba desde lejos la guerra europea, sin saber aún de holocaustos lejanos, la vida en el conventillo no solo se teñía de carencias y desafíos, sino también de una libertad que, aunque extravagante, se filtraba en la esencia misma de quienes habitaban ese rincón olvidado por el tiempo.
Susy cosía, maquillaba y estudiaba, ya lejos de su siniestrado violoncello y de la música que antes había soñado y hoy era sinónimo de decadencia. Sus hermanos, en cambio, parecían replicar los modelos paterno y materno de aquellos hijos de inmigrantes judíos que se criaban solos, sumando el aprendizaje del oficio de superviviente que se adquiría caminando por las calles de la ribera de aquel Buenos Aires.
