La pelota siempre al diez: Un cuentito Mágico
Juan
Las piezas esperaban como siempre, ahí, en orden militar, quietas como si no supieran lo que se venía. A las seis en punto caía la invasión de los lunes: chicos apurados por jugar, tableros tomados por asalto, ruido, vértigo, caos. En medio de todo eso, estaba Juan.
Rubiecito, siempre con alguna insignia azul y oro pegada al cuerpo, como si necesitara recordar —y recordarnos— que había un equipo detrás de él.
No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, lo hacía desde otro lugar.
Había algo en su manera de ser —la intensidad con la que tomaba cada movimiento, cada paso, cada silencio— que me desacomodaba. Me obligaba a estar, como mínimo, más lúcido. Yo lo observaba para intentar entenderlo mejor, pensando que si lograba introducirlo en el mundo de los trebejos, todo en él mejoraría. Había veces en las que se me ocurría pensar en la deseducación que logramos en los chicos, a través de la actitud, un poco egoísta tal vez, de pretender educar a todos por igual y en el mismo tema, pero yo también terminaba desconcentrado desviado inconscientemente hacia mi propia propuesta de educación común. Había que aprender a jugar ajedrez.
El rock
Un par de años después, lo vi a Juan en otro ámbito. Un ámbito que, me parecía, desentonaba con su forma de habitar el mundo.
Estábamos en un show grande. Mucha gente, luces que no paraban, graves que hacían vibrar los asientos, un clima de celebración con más decibeles que sutilezas. Un familiar tocaba el bajo y eso, para Juan, era motivo suficiente para tener que estar ahí casi con la misma obligatoriedad que años antes en mis clases de ajedrez..
Lo divisé de lejos, a unas filas. No lo saludé, no era ese el momento. Él estaba encorvado, los codos sobre las rodillas, las manos tapándose los oídos con firmeza. No era miedo ni rechazo: me pareció que era una forma de bancarsela. De estar, sin salir corriendo. Cada tanto levantaba la mirada, buscaba entre los músicos con una concentración quirúrgica, y luego volvía a lo suyo. Como si ese pequeño contacto visual le alcanzara para renovar energías.
No parecía disfrutarlo, pero tampoco quería irse. Había algo de resistencia, de presencia elegida, de esfuerzo íntimo por sostenerse en un entorno que lo desbordaba por todos lados.
El lunes siguiente, en la puerta del aula, me tiró una de las suyas:
—¿Te tapaste los oídos vos también?
Ni me dio tiempo a contestar. Ya estaba adentro, buscando su lugar.
La biblioteca
Juan venía a la biblioteca todos los recreos. Siempre con alguna consulta: una jugada que no sabía cómo resolver en el fútbol, un gol que había visto y quería que analizáramos, una duda sobre si en la prueba de Sociales estaba bien escribir “guerras por territorio” o si sonaba mejor “conflictos geográficos”. Así era: fútbol y escuela entreverados, como en su cabeza, como en la mía.
Mis compañeros —los de mate y charla rápida— a veces torcían el gesto. Juan cortaba el ritmo, el clima. Pero a mí no me molestaba. Había algo en esa insistencia suya que yo leía como confianza de años juntos.
Quizás era su manera de paliar la dificultad para relacionarse con sus pares, quizás era su genuino interés por verme. Nunca lo supe con certeza.
A veces lo echaba con alguna humorada para que entendiera que no era el momento, o simplemente porque quería tomar mate tranquilo. Pero al día siguiente volvía, puntual como campana de timbre.
Una de esas mañanas, mientras se hacía el mate solo (mi mate, mi bombilla, mi yerba), me soltó sin mirarme:
—En Ferro me están bardeando.
—¿Los profes?
—No. Los pibes. Cuando atajo. Si la cago, me matan. Si atajo bien, ni mu.
Se quedó quieto, con el mate en la mano, pero sin tomar. El agua humeaba apenas. Yo sabía que esa charla no era de las que se resuelven con frases de almanaque.
—¿Y qué te pasa con eso? —le dije, mientras acomodaba unos libros para hacer algo con las manos.
—Que tengo miedo de que me sigan jodiendo. De que no me banquen.
—¿Y vos te bancás?
Se encogió de hombros.
—A veces sí. A veces siento que me voy a quebrar todo por no llorar.
Lo miré bien: la cara más larga, el cuerpo más alto, pero los ojos seguían teniendo ese brillo de quien espera que lo entiendan, aunque sea un ratito.
—Juan —le dije—, vos vas al arco porque te gusta, ¿no?
Asintió, apretando el mate con las dos manos.
—Entonces bancatela por vos. No por ellos. Equivocate por vos. Y si atajás bien, acordate de vos. No de los que callan.
Lo pensó. No contestó. Pero al salir, con ese modo suyo de hacer las cosas al borde del absurdo, dejó el mate apoyado sobre el tomo tres de Historia Argentina y me dijo:
—Hoy tengo partido. Si no me sale nada, es culpa tuya.
Y se fue, dejando una estela de yerba en el piso.
El fútbol
Un día, por esos años, me jubilé, y al no estar más en el colegio, pasé a frecuentar un par de veces a la semana el bar de la esquina para despuntar el vicio charlando con amigos, Juan apareció acompañado por tres compañeros más. Me encararon con alegría.
¡Profe!, y sin más preámbulo, Juan, se lanzó a abrazarme. Uno a uno, ellos también me saludaron con esa mezcla de respeto y cariño que tienen los chicos cuando quieren hacerte parte, aunque no digan ni una palabra.
Juan me miró directo a los ojos, con esa intensidad que siempre tuvo, y me dijo, casi como un reto:
—Este es mi año, eh.
No supe si me hablaba a mí, a ellos o a sí mismo. Pero en ese instante supe que estaba listo para lo que viniera, lejos de aquellos sonidos agudos mirando a la pared que emitía para molestarme cuando no deseaba jugar ajedrez. Lejos de mi inseguridad de aquellos años.
Me tentaron meses después para volver jugando en el equipo de docentes, en un torneo junto a varios equipos integrados por alumnos. Ahí estaba él: Juan, con los guantes puestos, arquero del equipo contrario, firme, concentrado, un hombre entero.
Nos cruzamos la mirada en mitad de cancha y me guiñó un ojo. Una señal sin palabras, como diciendo “acá estamos, viejo”.
Durante el partido me atajó todo lo que le tiré. Dos mano a mano, un disparo fuerte y hasta un cabezazo picante. El único gol que logré hacer fue un rebote milagroso que ni él esperaba.
Al terminar, se acercó, todavía agitado.
—¿Atajé bien? —me preguntó con la voz cansada, pero buscando en mí la aprobación de quien lo conoce profundamente.
—Como los dioses, Juan. Como el Dibu en el Aston Villa pero salvando las distancias de que, el que te pateaba, era un viejo algo panzón.
Se giró hacia mis compañeros de equipo, todos jóvenes de treinta y cuarenta y pico, me señaló con los dos dedos índices, y gritó:
—¡Eh, ustedes! ¡La pelota siempre al diez!
Y entonces, esa tarde, logró que me fuera a casa sonriendo en todo el viaje del 34, indemne a los codazos y a los pungas.