Cafayate
Por Claudio Sprejer
Durante todos estos años en los que, en paralelo a mí actividad docente, decidí ir plasmando escritos, en algún libro editado, en artículos, en relatos sin un norte determinado (el eterno pedido de los profesores de literatura de tener un "hilo conductor " al que naturalmente me resisto), novelas sin terminar, un blog y alguna que otra poesía, cada tanto me pasa que, si alguien lee algo de mi producción, me pregunta, dependiendo de la edad del inquisidor: "Profe, ¿eso que leí de la chica que le pone el revólver ahí, le pasó de verdad?", o tal vez provoca alguna afirmación del tipo de "cuando estoy leyendo, es como si te estuviera escuchando hablar", todas cuestiones halagadoras, pequeños triunfos cotidianos pero que me han obligado, a veces incluso con alguna dificultad, a aclarar que, si bien siempre hay algo de uno en lo escrito, los hechos en general suceden en la cabeza del escritor, y quizás tengan que ver con la necesidad de expresar algo que termina siendo egoistamente sanador.
Todo esto porque, finalmente, deseo avisarle al lector que este texto sí es autoreferencial, con la expectativa de que, a la vez resulte interesante como mínimo y movilizante como máximo.
Me hallo de viaje por los valles calchaquies, en particular me acabo de sentar a tomar un capuchino frente a la plaza de Cafayate. Es un lunes a la mañana, apacible, como si el pueblo se tomara un rato de descanso de los turistas que suelen invadir todo después del mediodía, cuando los micros provenientes de Salta capital comienzan a llegar. Hay sol, siempre lo hay, y el momento de poco transeúnte caminando me permite, mientras escribo, escuchar la charla de los señores que toman café por detrás mío, de los parroquianos que pasan... quizás si tuviera el talento de los autores e intérpretes que abundan por estos lares ya podría ser, cada diálogo que escucho, la pincelada de alguna canción; me subyuga la cadencia del lenguaje que hablan dos señores de algo de mayor edad que yo quienes, seguramente, vienen al Café de las viñas todos los días a la misma hora y, mientras sorben su cafecito, cantan historias (al menos para mí las cantan). Me enamora el respeto con el que van pasando otros vecinos, jóvenes ellos, y se van parando a contar alguna cosita a los del café para después seguir su camino.
Como ya avisé, éste es un relato autoreferencial que seguramente va a tener la misma característica que yo: le va a costar llegar al centro de la idea. Mil disculpas por eso.
Tengo por costumbre en cada lugar nuevo que conozco, caminar a la deriva. Cuando, estando solo como en este viaje, planifico algo, suelo terminar haciendo otra cosa distinta. Me gusta ir descubriendo pequeñas pinturitas, porque siento que me remueven algo interno, quizás algún recuerdo. En Cafayate conocí a la dueña del lugar en donde paro por estos días, una mujer con la piel bien curtida, artista ella, pero que también, entiendo que con un gran esfuerzo, logró construir en su amplio terreno, cerca de la costanera por donde pasa un río casi sin caudal en esta época del año, varias habitaciones del tipo "apart". Amplias, hermosas, todas decoradas por ella, cuadros, muebles, vasijas... todo tiene su impronta. Las habitaciones están construidas en un primer piso, y dan a una hermosa terraza con sillones hechos de pallets, algunos decorados, otros en crudo. Ella tiene su taller abajo, en una especie de galpón al que no me atreví a entrar por timidez, pero que imagino lleno de cosas a medio terminar. Un día estuvo conmigo un perro, "Malevo", pero finalmente fueron apareciendo entre tres y cuatro más junto a dos gatos. Ellos pululan por ahí, adentro o afuera, no importa. Y si hay solcito los veo recostados a todos juntos por algún lugar del jardín. Tampoco pude definir quiénes y cuántos son los que habitan la vivienda de la dueña. Un día vi a dos chicos jugar y un señor, quizás sean una familia tipo. Otro día vi, a la mañana temprano, a una señora muy mayor tejiendo (en Cafayate tejen igual que como se veía en Buenos Aires cuando yo era chico, cuando mi mamá me ponía a devanar lana en tardes eternas, y yo tenía que tener la lana con los dos brazos estirados y acompañar con un movimiento en forma de infinito para que mi vieja pudiera armar el rollo).
El día que llegué con un tour, ella me estaba esperando.
- ¿Dónde está? -me preguntó por WhatsApp-
- Justo estoy llegando, pero no sé dónde me va a dejar el ómnibus.
Apenas le pasé las coordenadas, ella, al sentir que yo estaba medio perdido me dijo:
- Quédese ahí que lo voy a buscar.
Y a los cinco minutos la vi haciéndome señas desde su kangoo medio destartalada y llena de polvo, como mis zapatillas.
Apenas llegamos a la casa, una amiga la estaba esperando con una fuente llena de empanadas.
- ¡Agarre sin compromiso! - me dijo enseguida -
- ¡Mire que con una no le va a alcanzar, eh!
Luego de una duda de dos segundos, me comí dos. Algo en el sabor me resultó tan familiar como con aquellas empanadas que había comido días antes en Salta, y que me dejaron una mancha jugosa de recuerdo en una de mis remeras.
- Permiso, -dije- , y me dispuse a conocer mi departamento.
Las empanadas, y no el vino -a pesar de estar en una de las capitales vitivinícolas- , parecieron ser mi lazo con algo que tengo guardado y voy buscando mientras escribo, algo que sumado a los rostros amigables, trabajados, curtidos, de la gente de acá y su paz interior, convertida luego en lentitud exasperante para un porteño enfermo de dólar y ansiedad, su costumbre de mencionar cualquier palabra con diminutivo. En mi caminar sin rumbo, encontré ya lejos del centro un horno prendido y un aroma que se escapaba por la ventana sin vidrio del club local.
- ¿Pueden ser ocho de carne? -Ni siquiera supe si tenía hambre, pero pedí sin pensar-.
- Son cuarenta y cinco cada unita - me dijo la cocinera mientras su marido, con camiseta de river puesta se aprestaba a abrir el horno-
Un detalle no menos importante fue entender que estaba pagando casi la tercera parte de lo que había gastado días atrás en el centro turístico de Salta y que, a sabiendas del sabor, igualmente en aquella oportunidad me habían parecido baratas.
Llegué a mi departamento y me apresté a abrir el paquete de papel madera con las empanadas apoyadas en una servilleta de papel (nada de bandejas en cafayate). Comí tres, y aunque estaba hábilmente posicionado con las piernas abiertas no logré que un chorrito rebelde de jugo se estampara contra mí zapatilla igualmente marrón de tierra.
No voy a intentar describir el gusto, sería un error, lo que sí puedo decir es que hoy, antes de sentarme en este café, en mi última caminata por ahí, saludando a cada pueblerino con el que cruzábamos miradas - una hermosa costumbre que inspira confianza mutua -, fue que finalmente se me vino a la cabeza el recuerdo de Luisa, la chica que nos cuidaba a mi hermano y a mí hace casi cincuenta años cuando la clase media tenía costumbre de contratar personal doméstico con "cama adentro", aquella salteña cándida con esa piel que reconocí acá y que hablaba con la ternura de los diminutivos y que siempre estaba de buen humor y que hacía esas empanadas que me trajeron medio siglo después acá, a recuperar esa sensación de lugar desconocido pero conocido, en donde las bicicletas se dejan apoyadas con un pedal en la vereda y el resto en la calle, para no molestar; y recordé que, de un día para el otro, Luisa se fue porque, según mi mamá nos contó tiempo después al vernos llorar, que Luisa iba a tener un bebé pronto y en casa no íbamos a tener lugar para ninguno más.