El padre de un sabio
Por Claudio F. Sprejer
Camino por Puan pensando en buscar un buen bar para armar mi bunker.
Camino por Puan pensando en buscar un buen bar para armar mi bunker.
- Hay uno en la esquina que se llama “Sócrates”
- ¿Es bueno?
- No sé, nunca fui…
- Pero al filósofo dueño del boliche, ¿me lo recomendás?
Le saco de entre sus nervios pre-examen una sonrisa tibia y le doy un beso de despedida. Él entra y yo sigo caminando. Once años atrás yo hubiese buscado algún escondite para espiarlo, para ver si se anima a algún pase de faja, o una bandeja, un tapón mágico o un tiro de tres. Él hubiera detectado que estoy sentado por ahí y me hubiese dedicado un “shhh…” marcando claramente los límites entre padre espectador y deportista en cancha.
Voy en dirección a Pedro Goyena. Un portero me salpica apenas con el chorro de su manguera. Ese atisbo de humedad en mis pies me hace cambiar de plan. No pide disculpas, pero lo comprendo porque en realidad me acaba de regalar una sensación placentera. Estoy sensible.
Cruzo y busco alguna calle silenciosa. Percibo aromas de Tilo, desodorizante, jazmín… Los barrios a esta hora son distintos, dentro de un rato no sé si va a valer la pena esta caminata. Una señora vestida de largo espera pacientemente a su perrito que olfatea por ahí, un hombre duerme sobre la vereda y su imagen me sobresalta. Cambio el paso, doblo. Ahora camino a lo largo de una cortada de árboles frondosos y caserones, captura mi atención una casa plagada de dispositivos de seguridad, un vecino que pasa con su perrito en brazos percibe la escena y me dice:
- Sonría. Le están sacando una foto.
Sonrío.
- ¡Es en serio, eh!, reafirma.
Ya en la avenida, los edificios sustituyen a los caserones que han sucumbido a los negocios inmobiliarios, los frentes de las casas ahora son locales comerciales y los silencios se reconvierten a ruido de motores. No me gustan las avenidas, parecen todas iguales.
Entro a Sócrates y encargo un café en jarrito. Tan solo por unos segundos se me ocurre pedirlo en vaso como hacía mi papá, pero rápidamente desisto. No voy a encontrar más ni aquel calorcito entre mis manos, ni aquél sabor ni aquella textura. Y mucho menos el café me va a devolver a mi viejo. Saco una foto y la mando. Al toque el sabio me contesta:
- Perfecto, ya me anoté primero. Había gente pero para otras cátedras.
Mi trabajo ya está hecho, que los filósofos decidan.