Veinticuatro por tres sesenta y cinco: sueño y despertar
El sueño
Me veo en el colegio, charlando con mi habitual (¿fingido?) buen humor con los preceptores. Mientras vamos bajando por las escaleras de madera, acostumbrados a elevar la voz por el ruido ambiente que se suma a los crujidos de la vieja estructura que se va a caer pero nunca se cae, oigo desde la boca de uno de los adultos el relato de un pibe y su extraña reacción como una manera creativa más de no hacerse cargo de alguna situación. Mientras escucho y, bajamos escalón por escalón, pienso (sueño que pienso), que ahí va la historia de un alumno que no se hace cargo que pertenece a una familia que no puede hacerse cargo contada por un preceptor que no se hace cargo a un profesor que quizás tampoco se haga cargo. Las personas pasan pero las instituciones quedan.
Pisando ya el piso de pinotea de la planta baja, damos siete u ocho pasos rectos hacia la salida. Bajamos los tres escalones de mármol y giramos hacia la izquierda mientras, se me ocurre ensayar una respuesta de esas que se dan sólo entre docentes:
- Decile que lo vea en su terapia.
En el exacto momento en el cual me encuentro pronunciando la primera palabra de mi citada frase, una madre, joven ella, exalumna tal vez (en un sueño no todas las caras quedan claras), pasa caminando por al lado en el pasillo que comunica con el portón de salida. Con un ritmo mucho más acelerado que el nuestro, se separa de nosotros unos cinco metros y, antes de traspasar el portón, gira su cabeza y dispara una mortífera mirada en dirección a mis ojos.
- ¡Uy, escuchó!, pienso.
En unos pocos segundos me invade una angustia tan aguda que hace que mi cuerpo acelere mis pasos pensando en poder ensayar algún pedido de disculpas que pueda atenuar la situación, pero ella, percibiendo mi gesto, acelera y se va.
Fin del sueño. Desperté, con la misma angustia.
Entre penumbras intenté convencerme de que nada más se trataba de un sueño. Sin embargo, me persiguió la idea de saber el porqué de que una situación en apariencia inofensiva me hubiera angustiado tanto.
Activo la tablet para escuchar mi habitual radio AM, con idea que alguno me hable. Me duermo.
El despertar
Seis y veinte, me despertó la alarma. Algo sobresaltado, me levanté con la inercia acostumbrada y cierta sensación de desorientación. Me senté unos segundos a los pies de la cama para no marearme. Me incorporé y caminé hacia el baño. Me lavé los dientes y salpiqué muchas veces mi cara con el agua bien fría, helada. Me miré al espejo y me sonreí falsamente, buscando que el tipo que veo del otro lado intente convencerme de barrer esa angustia de sueño feo mezclada con lunes y con invierno y con fiaca y con noche y con mocos.
