Luna de Paraguay
Por Claudio Sprejer
El 110 vino al toque, al punto de que me obligó a hacer un trotecito cruzando en verde la Avenida Nazca, quizás provocando la puteada de algún ciclista desprevenido que, pedaleando casi dormido habrá visto a una mole cruzar torpemente en penumbras. Las 6,30 A.M. son un poco crueles, frías, depresivas.
Me subí , sin barbijo, desubicado. Me senté dos filas detrás de la segunda puerta. Fantaseé con mirar el celular - últimamente me aburre -, fantaseé con dormir - imposible -. El bondi vuela, ya estamos sobre el Metrobús de Juan B. Justo, ¿ese que subió es mi alumno? - no quiero hablar con nadie y mucho menos de compromiso -
Me parece que sí, menos mal que entre el barbijo que me acabo de poner y el gorro, él no se va a dar cuenta que soy yo, o quizás él tampoco quiera hablar con nadie.
Canning y Corrientes. Sube una maestra que conozco. Sonríe sola. Debería hablarle, pero soy vergonzoso (al límite de la cobardía). ¿Cómo voy a hacer para sostener una conversación forzada? Se aproxima hasta pasar al lado mío, a 40 centímetros. No me mira y sigue hacia atrás. Zafé.
¿Qué atención le presté a la gente cuando subí al colectivo? Miré vagamente al chofer, de frente ancha y barbijo gastado y a mi futura compañera de asiento, vestida con una campera de negro opaco, quemado, deslucido. La maestra sin embargo tenía la misma expresión vivaz que le suelo ver cuando nos cruzamos en el colegio a la tarde. Se me ocurre que alguien que tiene esa expresión a las 6.45 debe ser forzosamente una persona feliz.
Mi alumno debería bajarse en la misma parada que yo. Pienso en quedarme sentado hasta último momento para descender detrás de él y anular toda posibilidad de que se decida a interactuar conmigo. Bajo. Funciona.
Me encuentro caminando por la calle Paraguay vacía y sin tiempo, me preocupa esquivar las baldosas flojas que dejan los encargados de edificio con sus mangueras de agua que dilapidan los bajos recursos del mundo. Aparece un tipo de barba y sobretodo en la esquina. Cruzo, él decide quedarse y esperar educadamente. Soy transgresor.
En la siguiente esquina, doy tres pasos sobre el pavimento y esta vez miro para cruzar. La veo, imponente, majestuosa, del color de un presagio, redonda, esbelta, sugerente, escondida tras los árboles de la calle Medrano.
Algún dios puso a esa luna allí, en el oriente imposible del paisaje de las siete menos diez. Me estremece el milagro de esa luna en soledad. Me gusta estar solo al mismo tiempo que me decepciona la certeza de saber que no existe mínima chance de compartir lo que veo. No va a salir. Nadie me va a creer. Mejor caminar hacia la realidad.
