Tel Aviv II

 Por Claudio Sprejer

Y ahora las sensaciones son encontradas, media familia allá y media acá.

- Qué estás haciendo?

- Estoy tomando mate en la playa -  contesta mi hijo desde allá.

Entonces, me viene a la cabeza el Mediterráneo, el sol, la arena finita y el mar calmo y transparente, el ruido de los paletazos y, a lo lejos, los grupos de gente haciendo Rikudim. El danzarín que va a demostrar lo que sabe, el chambón, la parejita, los nenes, los abuelos. Todos danzando en enormes coreografías llamativamente coordinadas tal como afinadas suenan las hinchadas nuestras con sus cánticos en las canchas de fútbol.

Ayer a media tarde tuve un minuto de preocupación, leí que hubo un atentado en pleno centro, en la Dizenhoff. Un tipo empezó a disparar, fusil en mano, a cualquiera. Dicen las crónicas que mató a dos e hirió a nueve, también dicen que se escapó, que lo están buscando, que suspendieron momentáneamente los transportes en Tel Aviv y alrededores...

- Todo bien, pa.

Uno igualmente confía, se imagina que está todo bien, que las probabilidades siempre juegan a favor, pero el minuto que tarda en responder el whatsapp tranquilizador perturba, como si la vida en Buenos Aires fuera mejor, como si ante cada afano en la esquina de tu laburo o en la otra cuadra de tu casa tuviera que ser reportado en un Whatsapp a Israel para que la otra mitad de tu familia lea un "estamos bien"; como si cada punto de inflación necesitara el reporte "tranqui, todavía nos alcanza la guita".

Cada uno naturaliza su realidad. En algún punto creo que todos somos un poco pelotudos. Para vivir esta vida parece que se necesita ser un poco de eso, un pelotudo que naturaliza barbaridades. ¿Un loco con un fusil matando gente o un supermercado afanándote? Me pregunto qué cosa mata más gente, pero como buen pelotudo, aún sabiendo la respuesta, voy a terminar de escribir este texto como si no la supiera.

El domingo pasado charlaba con una señora en la quinta, al día siguiente me enteré que falleció de un infarto masivo. Hice memoria. En medio de la sorpresa por la muerte imprevista, intentaba recordar lo que la señora me contaba el día anterior, tomando mate en la quinta (que podría ser nuestra "playa en Tel Aviv"): 

- "Tengo negocio en el centro. Día por medio hay piquetes, entre diez y quince personas chupando cerveza y cantando la marchita en la puerta. No puedo entrar. Cuando les digo, con mucho respeto, no sea cosa de meterme en ningún quilombo, se van. A los diez minutos vienen otros diez. Los clientes esos días ni se asoman"

Mientras me relataba eso, yo pensaba en lo tendencioso que podía ser el relato y en que, del otro lado, los que estaban protestando, no tenían ni negocio ni trabajo ni guita para llegar a fin de mes. Yo sólo la escuchaba, intentando no emitir opinión. Entiendo que nadie lo va a poder asociar directamente, pero lo cierto es que  la señora se quedó dura al día siguiente y no respiró más. Entonces me pregunto: ¿qué fusil dispara más fuerte? Al final, creo que sí sé la respuesta, pero otra vez me voy a hacer el pelotudo.



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