Salta

 Por Claudio Sprejer 


Me gusta viajar. ¿Me gusta? Pensé: viajar (solo) es un ejercicio,  como los que hacen running, como me convencían durante cientos de páginas las palabras de Murakami,  y uno, a través de su lectura fantaseaba con vivir la misma sensación que soltaban sus palabras.

A decir verdad me sentía un poco frustrado,  extrañando la comodidad de mi casa, de mi lugar seguro.

El personaje que conocí estaba solo, como yo, tomando un cafecito frente al Convento San Bernardo, cerquita del centro Salteño. 

La mañana invernal estaba nublada, apacible. Yo venia de estar puteando contra las aglomeraciones de gente y la fila interminable que se había formado para subir al teleférico.  El efecto del desborde vacacional,  la ansiedad porteña y un resabio angustioso producto de mi provocada soledad,  me había poseído, pero al mismo tiempo me encontraba pensando que, de haber estado acompañado,  seguramente hubiese caído en la hipocresía de simular lo lindo del lugar y hubiese hablado de "la paciencia que deberíamos tener en esas situaciones de colas estúpidas". Buscaba lo que todos, alguna que otra vista (¿una más?) y la foto con las letritas que dicen "Salta", y jamás hubiera contado que estuve dos horas parado escuchando pelotudeces de otros coleros no tan ansiosos como yo (o quizas ellos se encontraran disimulando para beneficio de sus compañeros de viaje).

Él estaba ahí,  tranquilo,  con su cafecito y su factura. Debe haber sido su calma en oposición a mí contenida aceleración lo que hizo que nos cruzáramos las miradas. Él bajó apenas la cabeza en señal de saludo, partió la factura que venía  con el café en tres y le dio un cachito al perro vagabundo,  grande, bueno, hocico de goma que justo en ese momento se le acercó. 

- Mucha gente ahí,  ¿no?

Me estremeció pensar que él ya sabía.

El perro masticaba pausado mientras caminaba hacia mi mesa.

-Ya no tengo más nada para vos, amigo.

Se fue hacia atrás,  cruzando la calle como yendo hacia el centro, seguramente ahí encontraría más comida.

- No sé si me gusta Salta -dije en tono de confesión-

- Con todo respeto, a usted no sé si le gusta esperar -me dijo mientras se acomodaba la boina -

Respiré hondo y exhalé un poco de angustia.

- Usted tiene razón, buen punto.

En unos pocos minutos,  el día pasó de nublado a soleado, me pareció que la campera era un abrigo exagerado. Sentí apenas unas gotas de transpiración por debajo de la remera.

- Y entonces, ¿para qué nos vamos de nuestro lugar? - Solté mi pensamiento  al aire sólo para que aquel hombre me conteste -

El hombre me miró levantando las cejas.  Con una mano dejó la taza de café, mientras con la otra se levantó dándose un poco de impulso con la mesa. Se fue para el lado del convento. Lo vi golpear el enorme portón de madera ahora ya iluminado por el sol del mediodía. Alguien abrió y el hombre desapareció por detrás. Yo quedé otra vez solo en mi mesa sorbiendo el último poquito de mi café.



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