Las calles paralelas
Por Claudio Sprejer
Antiguamente, la gente solía leer los diarios en papel. La costumbre, al menos en la sociedad porteña, era recibir el diario todos los días en cada casa. Dependiendo del nivel adquisitivo o de la época económica imperante, cada familia recibía un combo diferente. En casa nos llegaba Clarín a la mañana, La Razón (la sexta edición que salía más cercana a la noche y se destacaba por su primera plana con los resultados del fútbol) a última hora de la tarde casi noche y, una vez a la semana traían la Anteojito y la Para Ti o la Revista Gente. En épocas en las que mi vieja se dedicaba a diseñar, recibíamos la revista Burda que, dicho esto de manera delicada, contribuyó en parte a mi despertar adolescente en función de algunas fotos en las cuales los cuerpos de las modelos se manifestaban algo más que insinuantes al menos para un chico de 13 o 14 años viviendo bajo un régimen de prohibiciones vinculadas al imperante gobierno militar.
Si ibas en el colectivo, en el tren o en el subterráneo, casi nunca veías caras porque estaban tapadas por los diarios y/o revistas desplegados por los ávidos lectores con gran destreza adquirida, fundamentalmente, con los periódicos sábana como La Nación, dado que había que saber manipularlo sin pegarle un codazo al de al lado. La gente leía y yo leía. Era de lo más común tener las manos impregnadas de tinta e incluso las piernas un poco manchadas de negro si es que te habías comprado el diario muy temprano a la mañana, casi de madrugada como para que la tinta siga estando fresca los días de humedad o de calor. Mi viejo, a eso de las 20,30 horas, apenas después de cenar decía “me voy a leer el diario” y desaparecía hasta el otro día a la vuelta de su jornada de trabajo. Si yo me rateaba del colegio un lunes a la mañana también me compraba el diario al bajar en la estación Lima para combinar, si por alguna cuestión me faltaba el Clarín del domingo bajaba dos o tres pisos y tomaba prestado el diario de algún vecino dormilón para devolverlo impoluto una horas después sobre el felpudo de su puerta. En particular me gustaba mucho el diario del domingo porque venía con la revista que, una vez abierta me llevaba inexorablemente a leer el chiste de Quino, que en general era a colores y a página entera. Esas historietas me parecían mágicas, tenían mensajes contundentemente críticos pero sin perder nunca el tono de humor.
Toda esta descripción de época viene a colación de que, de aquellos lejanos años, me quedó en la memoria un chiste que se manifiesta en mi cabeza como una imagen recurrente: El dibujo muestra dos calles paralelas, en una sólo se ve la parada del colectivo con una larga fila de personas esperando, en la otra, se ve una larga fila de colectivos pero ninguna persona aguardando. Ese nunca encontrarse de colectivos y personas me interpela cada día, esta cuestión de permanente desencuentro que el lector de la historieta ve, pero que le impide intervenir cuando sólo con un aviso del espectador a alguno de los transeúntes en espera el problema sería resuelto, o quizás con un aviso al chofer de que la gente está parada en la calle paralela. Cada vez que recuerdo la historieta pienso en la cantidad de situaciones con las cuales convivimos, la cantidad de bondis que esperamos en calles equivocadas y, sobretodo, la aparente simpleza con la cual estos problemas se solucionarían pero que, en definitiva, aparecen enterrados por burocracias inexpugnables y responsables irresolutos a modo de laberintos Kafkianos.
Debo confesar que, mientras escribo este texto, que de alguna manera parece convertirse en algo contestatario, percibo que en esta calle en la cual vuelco mis pensamientos, que forman una larga fila, no hay ningún lector interesado pero que, sin embargo, en la calle contigua hay una cantidad incontable de personas mirando videos en Tik Tok. Quino tenía razón.
