Siete segundos

 Por Claudio Sprejer


Los sábados a la mañana porteños no tienen apuro, la fila de la verdulería funciona como centro de reunión vecinal y Buenos Aires completa juega a la pelota, no al fútbol que “es otra cosa” como diría el diez de boca. La velocidad de mi andar de ese día por la calle Ramirez de Velazco respondía al tiempo en el que mi vista podía observar cada uno de los graffitis auriazules evocando al bohemio que dominaban el espacio de Villa Crespo en combinación con mi destreza (o no) para esquivar calles rotas o pisar algún resto de excremento canino. 

Durante ese caminar, a continuación de un escudo de Atlanta, vi un cartel que anunciaba que, dentro de ese lugar, se jugaba al fútbol 5, lo cual, casi instintivamente me provocó a entrar sin preguntar.

Los tres escalones que precedían al bar, con unas pocas mesas vacías, no ayudaban en nada a adivinar el paisaje que aparecía inmediatamente después, al atravesar la puerta trasera.

La cancha era como un milagro, un agujero rectangular alfombrado de verde escapándole al paisaje de edificios, un verdadero oasis atravesando el desierto de esmog citadino. Detrás del alambrado, la pasión de las jugadoras transformada en fútbol, por fuera del alambrado, hacia la izquierda, un poco incómoda por el espacio estrecho, la mirada fija, concentrada y pendiente de la gente siguiendo con tensión cada movimiento. Yo opté por acomodarme en las escaleras que llevan a la terraza por sobre el techo del bar, mientras casi inconscientemente encendí la cámara de mi celular, intentando que la lente esquive el solcito que me ayudaba a soportar un poco mejor el frescor del invierno todavía contenido.

Fue ahí cuando la vi: remera bordó, manos en la cintura, respirando expectante, parada en posición de ocho si fuera cancha de once, un poco pasada la mitad de cancha. Mi cámara se quedó ahí, imantada. Aún cuando la pelota en ese mismo momento era recuperada por el equipo contrario, de camiseta amarilla, a la puerta de su área chica, algo me llevaba a observar a aquella jugadora con el número doce en la espalda. Lo que pretendo relatar duró escasos siete segundos: la número doce, en un movimiento inesperado, decide rotar su cuerpo hacia la derecha percibiendo el peligro, decididamente lejos de la acción principal, mientras la diez, la buena, la más hábil del equipo contrario de remera amarilla recibe un preciso pase desde el lado opuesto a la posición de nuestra protagonista quien ya corre tenaz hacia la acción en el mismísimo momento en el cual un haz de luz enfoca la espalda de la diez amarilla que se convierte en anaranjada y, mientras yo alcanzo a leer a través de la pantalla de mi celular el apellido “Robben”. Ella, con gran presteza y habilidad y en un certero movimiento, efectúa el regate que deja desparramada en el piso a la número veintidós bordó y encara directo para, totalmente libre de marca, pegar el puntinazo que vulnere definitivamente a la impotente arquera. Pero, inesperadamente, el mismo haz de luz se desvía hacia la izquierda, por donde asoma la celeste y blanca de Mascherano (¿o era bordó?) quien, decidida, enorme, épica, se arroja a los pies de la diez y, sin tocarle ni un milímetro de piel, barre la jugada con los tapones de sus botines anaranjados plenos de pelota, para acallar el grito de gol de la hinchada y erguirse inmediatamente, ya nuevamente convertida en una gigante doce bordó de largo y lacio pelo castaño y continuar al trotecito como si nada pasara, mientras el celu retornaba lo celeste y blanco en bordó y el Maracaná en aquella canchita en medio de Villa Crespo.

Debo confesar que miré el video más de cincuenta veces, les juro. Son sólo siete segundos en los que ni siquiera usted, señor lector escéptico, me va a convencer de lo que yo vi, aunque mi celular sea una mismísima porquería. 





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