Tres hipótesis sobre por qué nadie me lee (y una sospecha incómoda)
Hay un problema filosófico muy antiguo que dice: si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para escucharlo, ¿hace ruido?
Yo tengo una versión actualizada: si un escritor publica y nadie lo lee, ¿escribió?
He desarrollado, en mis horas de mayor lucidez y menor difusión, tres hipótesis al respecto. Las comparto con el rigor científico de quien no tiene ningún rigor pero sí mucho tiempo libre.
Hipótesis 1: no sé si sufro o vendo
Tengo una novela impresa. Cien ejemplares que sobraron, esperando con una paciencia que me avergüenza. El precio: el equivalente a un kilo y medio de asado. No pido el precio de un corte de carne fino. Pido el de uno de los más baratos, cuestión ésta que me produce la situación de sufrimiento.
Tengo otra novela en PDF. El costo de comprarla: Trescientos cincuenta gramos de asado en este caso. O un cuarto de kilo de paleta (no digo jamón) y algo de vuelto.
Tengo un blog con más de ochenta entradas. El algoritmo las muestra. Casi nadie comenta. A veces alguien pone un corazón, que es la forma más elegante que inventó la humanidad de decir "vi que pusiste algo pero no tengo nada que agregar ni trescientos cincuenta gramos de carne para canjear por el fucking PDF".
Hasta acá, todo esto puede leerse de dos maneras completamente distintas, y no sé cuál es la verdadera.
Puede ser que yo sea un vendedor torpe que descubrió que la angustia genera más clics que el catálogo, y que esté actuando un personaje sufriente para vender un producto que de otro modo nadie miraría. El kilo y medio de asado como gancho comercial. La metáfora del árbol como estrategia de marketing de contenidos.
O puede ser que efectivamente sufra (que la indiferencia me duela en serio, todos los días, un poco más de lo que admito), y que me camufle de vendedor torpe para que el sufrimiento parezca una anécdota graciosa y no lo que realmente es.
Conclusión provisoria: no logro distinguir al vendedor del sufriente, lo cual probablemente signifique que son la misma persona y que esa persona soy yo, vendiéndome a mí mismo la idea de que esto es sólo un chiste.
Hipótesis 2: el problema es que soy demasiado amable
Esta me gusta más porque al menos me da algo de protagonismo en mi propio fracaso.
¿Qué pasaría si empezara a maltratar al lector? No me refiero a escribir mal — eso ya lo hacen otros con más éxito que yo. Me refiero a insultarlo directamente. Decirle que es un inútil por no haber comprado el libro. Que su corazoncito en Instagram no vale lo que vale trescientos cincuenta gramos de paleta.
La idea me la dio La Ponk, mi profesora de dibujo técnico del secundario, hace casi 50 años. Ella el primer día de clases anunció que aprobarían cuatro y el resto podía ir preparando el examen de diciembre. La odiamos, la temimos, la recordamos medio siglo después.
Nadie recuerda al profesor bueno que nos aplaudió. O nadie nos aplaudió.
Conclusión provisoria: la culpa es de mi exceso de cortesía. Solución: gritarle al lector hasta que me preste atención, putearlo. Y si no se da por aludido, pararme adelante de él y hacerle algún ademán obceno. Que lea mis producciones por puro temor. Después de todo, el Quijote fue escrito en la cárcel.
Hipótesis 3: el problema es el castigo divino
Esta es la que menos me gusta, porque es la única que tiene algo de verdad.
¿Y si la invisibilidad que me aplican es exactamente la misma que yo le aplico a otra gente? El tipo que duerme a la intemperie en el umbral de enfrente de casa. El músico del subte que toca algo genuinamente bello mientras todos caminan mirando el celular. El vendedor del bondi que anuncia sus pochoclos con una energía que ningún gerente de marketing podría sostener. El acróbata de la esquina del Cid Campeador. El barrendero. El policía de la esquina.
Los miro, a veces. Rara vez los veo.
Dios, o el karma, o el algoritmo —que a esta altura son la misma cosa— me estaría devolviendo con precisión quirúrgica lo mismo que yo distribuyo con generosidad todos los días.
Conclusión provisoria: la culpa es mía, pero de una manera cósmica y bastante poética, lo cual de algún modo me alivia un poco. Si voy a fracasar, que sea al menos con una hipótesis elegante.
El experimento
Tengo tres hipótesis y ningún método para probarlas. Lo único que tengo en común con un científico de verdad es la cantidad de intentos fallidos y la negativa a abandonar el laboratorio.
Mañana voy a escribir de nuevo. Con la misma ilusión. Hacia el mismo choque. Como si la próxima hipótesis fuera, por fin, la que explique todo.
No sé si alguien va a leer esto. No sé si el árbol hace ruido.
Pero acá está el árbol, cayendo igual, con tres hipótesis bajo el brazo y la sospecha cada vez más firme de que el verdadero experimento no es por qué nadie me lee.
Es por qué yo sigo escribiendo.
Y yo sigo escribiendo porque sigo escribiendo.
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Podés leer otra insinuación de queja inútil en "Huevos, la contundentemente verdad de ser padre"
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