Tengo cincuenta años, ciento diez kilos y estoy de vacaciones en enero, que es mi mes más difícil.
No sé bien por qué enero es mi mes más difícil. Tal vez porque el tiempo libre me sienta mal, o porque el calor me aplasta, o porque hay algo en la lógica de empezar el año que me resulta insoportablemente optimista.
Enumero lo que no puedo modificar: la quietud. No una quietud sino varias, apiladas. La quietud de la TV encendida sin que nadie la mire. La quietud del nulo gasto de calorías y el complejo de gordo que es gordo y sabe que es gordo y no puede con eso. La quietud de los pensamientos negativos que no lastiman fuerte sino suavecito, que es peor, porque los fuertes uno los ve venir y los suavecitos horadan la roca sin avisar.
Dichoso sería de ser oso. Los osos hibernan sin culpa, se mueven lento pero contundentemente, y sobre todo, esto es lo que envidio, no piensan. Un oso no se levanta a las tres de la mañana a preguntarse si sus acciones tienen algún efecto visible en el universo. Un oso duerme, come, hace pis, vuelve a dormir. Si alguna vez un oso decide desarrollar su especie, que no lo haga por el lado del pensamiento. No se te ocurra abrirle la puerta so pena de perseguirte toda la vida con los mismos dudosos argumentos.
Tengo un cuarto que es oficina y biblioteca y sala de arreglos, y está limpio hoy, lo cual es raro. Hay libros en todos lados — heredados de mi mamá, comprados, robados, regalados. Los miro y pienso que leer es olvidar lo leído, que mi memoria guarda muy poco o mucho pero desordenado e inubicable, y que en ese sentido da lo mismo leer que no leer.
Después pienso que da lo mismo vivir que no vivir, y esa frase me quedo mirándola un momento antes de seguir escribiendo.
Sigo escribiendo.
Lo que me pasa cuando escribo es que no recuerdo el renglón anterior. No rescato ninguna idea volcada. Es como vaciar un balde que se vuelve a llenar solo, sin que uno entienda de dónde viene el agua. No sé si eso es catarsis o es simplemente el ruido que hace la cabeza cuando por fin se le da un lugar donde salir.
Escribo para no concretar. Sin objetivo, sin destino, sin el mandato social de producir algo visible. El sólo hecho de presionar una tecla genera un consumo de electricidad que modifica el universo de manera infinitesimal e irreversible. Eso me alcanza. Es lo más honesto que puedo decir sobre por qué escribo.
Hace calor. Me voy a mover en un rato.
Todavía no, pero en un rato.
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Otro relato sobre el tiempo que pesa: Vago y mala onda.
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