El apellido empieza con S, y en la lista de la profesora de química, o de la de biología (dos materias que no me despertaban absolutamente nada), eso es casi una sentencia con fecha. No al principio (al principio hay margen, calculás mal, te confiás), pero después de la primera hora ya sabés la velocidad de crucero de cada profesor y podés hacer la cuenta: a este paso, me toca a las 10:40. Ochenta minutos.
No es plantarse a estudiar de golpe lo que no estudié en un bimestre. Es más simple y más humillante: es desaparecer.
Ya tenía lugares. Tenía, incluso, un ranking, y todos habían caído.
El baño del fondo del balcón, dentro del compartimento de las letrinas (porque inodoros no había), el de al lado de la puerta que daba al taller de ajuste, servía hasta que un preceptor lo descubrió y empezó a pasar cada quince minutos, con la excusa de "revisar las canillas" y agarrar a los fumadores compulsivos (o quizás fumar ellos). El hueco de la escalera que subía al laboratorio de resistencia de materiales era perfecto en teoría (nadie sube por ahí en la segunda hora), pero en la práctica alguien siempre sube por ahí a esa hora, quizás otro compañero ratero.
El bar del subsuelo tenía una sala de atrás donde, entre horas, en general no había nadie consumiendo, y ahí me refugié más de una vez pidiendo, para justificar la mesa, un sanguche de salame y queso en pan francés que costaba media hora de mandíbula tragar. El problema no era el sanguche. Era Suárez, el dueño, que me miraba al servir el café a los profesores en la barra de arriba y que bien podía, cualquier día de estos, decidir que un alumno solo en la sala de atrás a las diez de la mañana era un dato que valía la pena comentar.
Fue Femo el que me dijo lo del lugar vacío al lado del patio de los talleres. Femo ya tenía credenciales de amigo: una vez me tiró su carnet por la ventanita de la escalera de acceso a la popular, para que entráramos gratis a ver juntos a Huracán.
—Andá al rincón de la pila. Ahí no entra nadie.
Lo dijo como quien pasa un dato de la bolsa de valores.
La pila era una montaña de desecho de todos los talleres, apilada contra la pared del fondo desde hacía años, presumiblemente porque a nadie le había tocado nunca la tarea de tirarla. Virutas de torno enroscadas como pelo, chapa cortada con los bordes todavía filosos, tacos de madera de Carpintería con la veta marcada por el serrucho, algún molde de yeso roto de Fundición, cables pelados, un motor de algo sin su carcasa. Hoy alguien la separaría en cuatro contenedores y la vendería por kilo. En 1979 era, simplemente, el lugar donde no entraba nadie que no tuviera que estar ahí.
Me metí de costado, calculando el hueco entre la pila y la pared, y hasta ahí el plan funcionaba. Lo que no había calculado era que la pila tenía dientes. Un alambre suelto me agarró la manga del saco y no la soltó hasta que tiré con las dos manos y sentí que algo cedía, tela o alambre, no sé bien qué, porque no me quedé a averiguarlo. Un caño con rosca me raspó el antebrazo. Encontré, con el pie, un tornillo que hoy, cuarenta y pico de años después, me devuelve como cicatriz, chiquita, en el borde del talón, y que mi escasa flexibilidad y mi panza actual, me impiden su vista fácil.
Y estaba ahí, agachado, respirando entre el olor a aceite y a madera vieja, cuando del otro lado de la pila (porque la pila tenía otro lado, cosa que tampoco había calculado), alguien tiró una palada de virutas. No sé quién. Un alumno esclavo limpiando, un profesor de Taller Mecánico despachando el sobrante de la hora anterior, vaya a saber. Lo que sé es que una nube de viruta de acero, fría y filosa, me cayó encima de la cabeza y de los hombros, y tuve que quedarme absolutamente quieto, con esa mugre encima, sin toser, sin sacudirme, porque sacudirse hace ruido y el ruido en un rincón donde no debería haber nadie es peor que cualquier viruta.
Aguanté los ochenta minutos ahí, inmóvil, adivinando formas en los residuos, calculando por el sonido de los distintos timbres (el de cambio de hora no suena igual que el de salida, aunque a los catorce años yo había jurado que sí), cuánto me faltaba.
Cuando volví al aula, con el saco roto en la manga, un rasguño en el antebrazo y apenas un pedacito de viruta de torno todavía prendida en el pelo, mi amigo, preparado para cantar mi ausente por si me llamaban al frente, me preguntó dónde había estado. Le conté: en el rincón de la pila, atrás del patio de los talleres.
— ¿Viste? Funciona, pero no es gratis, me dijo riéndose.
Yo también me reí por la batalla ganada, aunque un poco me dolía el raspón.
Y Femo terminó:
— Igual, la próxima vez, acordate de averiguar antes si la profe viene, porque justo hoy faltó, pelotudo.

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