13 años. 1978. Buenos Aires. Colegio industrial. 43 alumnos en la división.
Yo era el más chico: gordito, voz de pito y todavía sin desarrollar.
También era judío. Éramos dos. El otro, mi compañero de banco, lo negaba porque así era más cómodo.
Él, además, atajaba bien y, como nadie quería atajar, siempre era de los primeros en ser elegido después del pan y queso.
Yo jugaba mal y siempre esperaba hasta el final.
Eran de los peores minutos de espera de mi vida..
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Un día cualquiera, de la nada, un compañero me dice:
— Yo soy yugoslavo, nosotros odiamos a los judíos, así que en cualquier momento voy a cagarte a trompadas.
Nunca, jamás había tenido una pelea, quizás alguna vez con mi hermano, interrumpida por algún chirlo de nuestra mamá.
Y continuó:
— A la tarde, después de educación física.
Me paralicé.
— Ok. A la tarde, contesté por inercia.
Y terminó:
—Y no vayas a faltar porque eso es de cagón, eh.
No puedo recordar si hubo clase o, porque no hubo, cruzamos al parque de enfrente para jugar a la pelota. En mi cabeza, sólo rogaba que el chico se olvide.
Pero, al rato, sentí el empujón.
—Vamos a pelear.
Al segundo, me vi encerrado en una ronda de compañeros listos para observar el espectáculo.
Él era más menudo que yo. Se movía cual boxeador y tiraba alguna que otra mano.
No me dolía ningún golpe, pero sí me dolía la vergüenza de no saber qué hacer.
Me acerqué y, no sé cómo, le acerté un fuerte cachetazo en su oreja derecha.
Se sintió un "uhhhhhhh".
Entonces él, olvidando el acuerdo previo de "sólo piñas sin patadas", me empujó, caí y se puso encima mío para pegarme 3, 4 golpes.
Yo no me defendí. En mi recuerdo, quizás reclamé llorando.
Fue cuando se metió Peralta diciendo:
—Ya está, ya se sacaron la leche.
Fin de la pelea.
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Fútbol. Arcos hechos con buzos.
Me paré de 9 porque en el potrero no existe ni offside ni tiene ancho la cancha, salvo los árboles de costado y por detrás de los buzos.
Me llegó la pelota.
Atajaba Peralta.
Hice una especie de amague, el arquero cayó.
Gol.
Segunda pelota.
Misma situación.
Atajaba Peralta.
Hice una especie de amague, el arquero cayó.
Gol.
Pasaron casi 50 años.
Todo este relato apunta a un motivo: no sé por qué, recordé la situación completa y, finalmente, comprendí que ese día, Peralta, además de parar la pelea, se dejó hacer los dos goles.
Gracias, Peralta.

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