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Mandarina y Tarantela: Un relato sobre la amistad

Esto pasó cuarenta y ocho años atrás. Estábamos todos los de mi grupo de Hebraica en un ómnibus, en medio de una guerra de cánticos que empezó como todas en la adolescencia: por nada. Un compadrito de otro grupo escupió hacia arriba, mala puntería o mala suerte, y el escupitajo aterrizó en el muslo derecho de un jean Levis, de esos que tenían los que podían pasar sus vacaciones en Brasil.  En ese momento, se hizo un silencio raro ; sólo se oyó, por unos segundos, el traqueteo del bondi y una frenada sin relación con nada . Él, dueño del jean, miró la mancha. Después miró el dedo del tipo, que seguía apuntando al techo. Después, recién después, lo miró a los ojos. Cualquiera hubiera mirado para otro lado. Él lo miró bien firme a los ojos, sin importarle que el tipo le sacara una cabeza y que fuera el latin lover adolescente del momento. Le dijo: " ¿Sos bobo? Vení y limpialo ". No hubo pelea. Hubo, para mí, una decisión: ese flaco bajito con jean y camiseta de Peñarol me inte...

Mandarina y Tarantela: Un relato sobre la amistad

Esto pasó cuarenta y ocho años atrás. Estábamos todos los de mi grupo de Hebraica en un ómnibus, en medio de una guerra de cánticos que empezó como todas en la adolescencia: por nada. Un compadrito de otro grupo escupió hacia arriba, mala puntería o mala suerte, y el escupitajo aterrizó en el muslo derecho de un jean Levis, de esos que tenían los que podían pasar sus vacaciones en Brasil. 

En ese momento, se hizo un silencio raro; sólo se oyó, por unos segundos, el traqueteo del bondi y una frenada sin relación con nada. Él, dueño del jean, miró la mancha. Después miró el dedo del tipo, que seguía apuntando al techo. Después, recién después, lo miró a los ojos. Cualquiera hubiera mirado para otro lado. Él lo miró bien firme a los ojos, sin importarle que el tipo le sacara una cabeza y que fuera el latin lover adolescente del momento.


Le dijo: "¿Sos bobo? Vení y limpialo".

No hubo pelea. Hubo, para mí, una decisión: ese flaco bajito con jean y camiseta de Peñarol me interesaba. Ahí fue que quise que fuéramos amigos.


El departamento de Villa Crespo era enorme para dos adolescentes tirados cada uno en su cama, con la tele prendida y una montaña de mandarinas criollas, cáscaras y carozos desbordando el plato entre los dos. El plato se llenaba y ninguno se movía: había ahí una competencia muda, nunca declarada, por aguantar más tiempo sin ser el que se paraba a vaciarlo. Ganaba el más duro, no el más limpio. Casi siempre perdía yo, y volvía puteando en voz baja, con las cáscaras cayéndose del plato durante mi caminata hacia la cocina y él festejando desde la cama sin sacar los ojos de la tele. Las noches funcionaban así: tele, mandarinas, y esa guerra fría que se libraba entre plato y tacho de basura.

Años después, mi amigo me paseó en un Chevy verde claro con tapizado capitoné color hueso, un auto que sacaba a la calle solo cuando la London Card tenía saldo para la única estación en Villa Crespo que se la aceptaba. Yo miraba el tapizado; él manejaba despacio con el codo afuera.

No voy a contar cuarenta y ocho años de amistad. Alcanza con decir que seguimos encontrándonos en la Quinta, y que, después del asado, nos sentamos religiosamente para la degustación de mandarinas y que, como casi siempre, las cáscaras las levanto yo. Antes de eso, él mira el fuego, yo doy vuelta los  chorizos, y sospecho que sin saberlo me está cobrando aquellos paseos en Chevy.

De cada diez temas que tocamos, nueve y medio son fútbol. Este año, año de Mundial, la proporción se hizo insoportable. Yo le mandaba audios en pleno horario de oficina, sabiendo que los iba a escuchar a escondidas, con el teléfono pegado a la oreja y cara de que estaba en una llamada importante.

    - ¡Equipazo el de Congo, eh! Yo lo analicé, porque tengo tiempo de sobra, le decía, cargándolo porque a esa hora él estaba laburando y yo no. Me contestaba con algún meme que valía por un insulto, como si su jefe no estuviera a dos metros.

Así fueron, calculo, ciento cuatro partidos: vistos, comentados y masticados dos veces, uno por cada uno.

Hicimos un prode. Salí segundo. La condena fueron dos porciones de Tarantela con dulce de leche, pagaderas en un bodegón de Rivadavia y Medrano, y la obligación de ir juntos para que él pudiera cobrarse la deuda, gastándome mientras yo sacaba uno a uno los billetes.

El mozo cortó dos triángulos inmensos y después, abriendo aquel majestuoso envase cilíndrico de cartón, empezó a rellenar los huecos que el corte había dejado. Toneladas de dulce de leche cayendo poéticamente dentro del rectángulo del envase, para terminar bañando todo con litros de caramelo.

En ese mágico momento, ni me acordé de mi insulino resistencia. Él ni siquiera consideró el tema salud. 

Mi amigo relató el procedimiento completo del mozo minutos antes de que yo lo viera con mis propios ojos, palabra por palabra, como si ya lo hubiera visto sesenta veces. Probablemente lo había visto sesenta veces.

Esta vez, el que iba al volante y lo paseaba, era yo.

Después nos sentamos en un banco del Parque Centenario, mitad sol, mitad sombra, con el envase en la falda, unas cuantas servilletas de papel, un trapo viejo que rescaté del baúl de mi auto y dos cucharitas. No tardaron en aparecer los perros, esos perros de dueño envidioso que huelen la porción ajena y se acercan como si el postre los mirara.

Entre cucharada y chupada de dedo, con la tarantela desapareciendo más rápido que nuestros argumentos, intentamos resolver los problemas de River y de Huracán. 

No los resolvimos.

Los perros tampoco se fueron, pero fuimos estoicos, no entregamos ni el aroma a manzana quemada de la base de la tarantela.

 

La semana que viene hay asado en la Quinta, y ya sé quién va a mirar y quién va a cocinar, seguramente, por los próximos 48 años.


Tarantela con dulce de leche

Si te gustó "Mandarina y Tarantela", te propongo que leas "No era Tinder", otro texto de amigos




Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Hermoso relato Claudio!
Anónimo ha dicho que…
Soy la dueña de la birome verde desaparcida

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