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La chica de enfrente: una vigilia con gatos de por medio

La chica de enfrente, por Marcelo Crisafio










Por Marcelo Crisafio

Me enamoré de ella una madrugada de verano. Salió en ropa interior a su balcón y regó las plantas. 
Un gato blanco se le enredaba entre las piernas y una leve brisa movía su cabellera negra. Si fuera una película la escena habría tenido música de violines y si la peli fuera yanqui la habrían filmado en cámara lenta con un primer plano de la gota de sudor que se escurría por su cuello. Pero no. El movimiento era natural, nomás.
Yo la imaginaba con ojos verdes y comprobé mi intuición unos meses después cuando me la crucé de cerca. Sin embargo esa primera vez no fue su figura -que por cierto era hermosa- sino su femineidad lo que me cautivó. Sus movimientos denotaban el amor que tenía por las plantitas y por el gatito al que mecía como un bebé.
Luego de acariciarlo y besarlo con ternura se apoyó en la baranda. Puso la pera entre las palmas de sus manos y se formó como una delta griega. Sus pechos se le acurrucaron entre los brazos que eran un espectáculo. Yo vivía en el edificio de enfrente y la ventana de mi habitación estaba a la misma altura. 
Durante las siguientes semanas me tomé la costumbre de apagar la luz y esperar que saliera. Lo hacía o muy temprano o muy tarde, siempre en bombacha y corpiño, siempre con el gato y siempre a regar las plantas. Pero se quedaba un ratito desperezándose y se notaba que le encantaba sentir el fresquito en su cuerpo. 
A veces se quedaba muy quieta, mirando hacia donde yo estaba, en la posición de delta griega. Era imposible que me viera con la luz apagada y detrás de la cortina pero me estremecía de sólo pensar que tendría pudor de salir si supiera que alguien la vigilaba. Era probable que en esos momentos estuviera con los ojos cerrados, disfrutando del silencio del barrio a esa hora, concentrándose en el vientito, relajándose después del trabajo. Era lo que yo haría si tuviera balcón. 
Para lograr una mayor comunión de espíritu yo agarraba a mi gata así como hacía ella, pero la mía, más arisca, se me escapaba de los brazos enseguida. Con el tiempo empecé a hacer abstracciones en mi mente. Le sacaba el corpiño y a veces también la bombachita o “hacia un zoom” en sus piernas -con mi imaginación, claro- y así deduje que esta chica debería hacer deportes (hockey o algo así); también vi que las caderas eran un poco anchas y que cuando fuera vieja sería medio culona. No importaba. Yo también para ese entonces tendría mis “rollitos” y otras cosas que vienen con el tiempo. Porque, claro, al cabo de tantas noches de vigilia mi fascinación era tal que ya daba por hecho que envejeceríamos viviendo bajo el mismo techo con los dos gatos que al cabo de los años serían otros dos. ¿Casarse, hijos? Podría ser si ella quería pero para mí con tenerla era suficiente. Así que para el otoño, cuando empezó a regar las plantas más temprano (y vestida), tenía que pasar al siguiente nivel. Los felinos hicieron de Celestina porque la primera vez que nos cruzamos y pudimos hablar fue en la sala de espera de la veterinaria. Le siguieron invitaciones a tomar mate en nuestros departamentos, luego café en bares y más tarde cenas en restaurantes; alguna salida al cine y hasta fuimos a un recital. Los besos, las caricias, hacer el amor apasionadamente, alguna que otra discusión y unos muy esporádicos llantitos por peleas tontas (celos generalmente), también. Es una historia de amor como tantas, muy linda y sin tragedias shakesperianas. Salvo para el pobre Roberto. ¡Si vieran la cara que puso cuando le dije que cancelara nuestro casamiento porque me había enamorado de la vecina de enfrente! 


Ahora vivimos en el departamento de ella. El balcón tiene el doble de plantas y salimos a regarlas a la madrugada. Las dos en bombacha y corpiño y con los dos gatos.


Ah...Roberto tiene novia nueva.

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Nota del editor (2026): Los años pasan, pero el ejercicio de observar a quienes nos rodean sigue intacto. Si te gustó este texto, te invito a leer la caminata del Ruso en mi nueva entrada:

Si te gustó este relato, podés leer, también del mismo autor: Foutue étymologie

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