El Ruso es el protagonista de mi novela inédita El axioma de los espejos. A veces se escapa de las páginas.
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¿Cuál es el motivo para irme hasta México D.F. si aún no conozco la calle Condarco?
Eso pensaba El Ruso mientras recorría Condarco con otros ojos, ojos distintos a los de un científico, distintos a los que él hace que miren cuando no mira, como si fuera alguno de esos pasajes de París que recorre Oliveira en Rayuela.
Hice algo. Salí a caminar hacia el bar de Nazca y Lascano. Un café Express aceptable, nunca tan barato como el de la facultad.
La avenida Nazca es definitivamente asquerosa. El Ruso se sentó con su café junto al cristal. El lugar no tenía nada que ver con un bar típico (más bien un híbrido modernoso de fast food) pero era suficiente. Un tipo escribía un mail. Otro se registraba en alguna red social falopa mientras en otra ventana del navegador miraba videos, acompañado de galletitas, llenando de migas el piso de mosaico gris. La única empleada soportaba el asedio desde la caja. En la radio, se oía una publicidad de colchones.
Más lejos, un diálogo entre dos. ¿Hermanos?
—A mi sobrina yo la considero como mi hija, no seas mal pensado, hijo de puta.
El Ruso pensó que era el típico diálogo que, escuchado sin mirar, transmite lo contrario. Levantó la vista con discreción. No llegó a ver las caras. El otro interlocutor hablaba en un tono muy alto, como si estuviera borracho. Le preguntaba algo a la cajera sobre un sapo Pepe.
—¿Te lo vas a llevar o te lo guardo? — contestó ella, sin fe.
El motor del colectivo 24 tapó la respuesta.
El tipo se fue. El Ruso sintió lo injusto de sus prejuicios pero, al mismo tiempo, disfrutó de la historia que se había armado sola en su cabeza con el estímulo del olorcito a café.
Entonces miró mejor al chico de la computadora. Entendió que lo había subestimado. Miraba un video de los años sesenta: Oscar de León y su orquesta. De León tocaba lo que El Ruso identificó como un violoncelo y un músico a su lado lo acompañaba con maracas. Todos vestían el mismo traje, como correspondía. No era un violoncelo. Era un contrabajo. A veces los ojos mienten. O la ignorancia.
Volvió el del sapo Pepe. El Ruso lo pudo ver. No estaba borracho. Sólo hablaba en volumen alto. Compró el sapo y se fue.
Maldito ego que me pone en un estúpido pedestal para juzgar a la gente, como si la gente fuera la que se equivoca y yo, desde mi ocio contemplativo, no. Me acabo de equivocar en todo. ¿Quién soy? Un idiota que prejuzga. Ellos, seguramente, no me prejuzgaron a mí. Ni siquiera me registraron.
El café sabía amargo, o era la angustia. Difícil saberlo.
Pensó en las ganas que tuvo, hace un rato, de disfrutar el paseo por Condarco. En su decisión de prestar atención. En su momentánea liberación. Y en el brusco cambio de vector, doscientos metros hacia adentro, a la perversa avenida Nazca, donde alguien — ¿Dios o él mismo? — le volvió a poner la tapa al frasco con él adentro.
Ahora que intentaba recordar, nada quedaba: ni el aroma a jazmín de la vecina del pasaje, ni las baldosas de diseño descoordinado, ni el albañil, la dueña y el perro con su hocico de goma recostado sobre la baldosa húmeda, ni el grupo de chicos con cerveza que lo obligaron a cruzar la vereda, ni el vivero detrás de las rejas naranja, ni el jardín salvaje de la esquina de Calfucurá, ni el pibe de Lascano con la bolsita blanca del supermercado coreano que lo sobresaltó, ni el otro chico que caminaba rápido y nervioso tocando la armónica con pasión.
Nada.
Pero se dio cuenta, al mismo tiempo, de que había conseguido desplazar, aunque sea por un minuto, su ego y sus pensamientos de mierda. Los había sustituido por simples recuerdos de una caminata por Condarco.
Algo es algo.
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