Como si fuera hoy.
Tomo mi birome para zurdos (y no es menor esta mención) y decido escribir. Escribir porque estoy en un día de pleno sol en invierno (¿invierno?) de Tel Aviv. Estoy recostado en una reposera de cara a febo porque, al fin y al cabo, Grecia se encuentra casi enfrente, y, con el Mediterráneo aplacado, tranquilito, muy tranquilito a mi derecha. Tengo un termo de agua caliente y el mate a mi izquierda. Mi hija pone en su Spotify un tema de uno de esos grupos nuevos con nombres extraños ("Usted señálemelo", se llama). Ni lo conozco pero me suena a otros que ya escuché, de ritmo cansino, despacioso y calmo como el momento en el que estoy. La canción habla de agua como la del sonido del mar que estoy escuchando. Por un momento miro mis pies, baqueteados, ampollados de tanto caminar y entendiendo que ellos me agradecen el estar disfrutando de este airecito de mar. La arena es finita y limpia, veo a los señores pasando el rastrillo con el detector de metales a la tardecita. Los tachitos de tres colores te alientan a no dejar basura en el piso, te inspiran a poner cada cosa en su lugar porque "en la playa hay que reciclar". Identifico, por detrás mío, sin necesidad de darme vuelta, el sonido de la pelotita de caucho con el rebote justo ni mucho ni poco de cuando pega contra el paletón de plástico. Los Israelíes le pegan furiosos, más bien uno pega y el otro ataja y devuelve a la altura y velocidad justa para que el juego tenga continuidad. Una única señora se mete en el agua. El agua sí debe estar con temperatura de invierno preparada sólo para los valientes y para los surfers, pero tan planchado se lo ve al mar que debe ser toda una escena planeada por alguien para esa loca señora, la nueva dueña del Mediterráneo.
Viene un chico y muy gentilmente me dice que tenemos que pagar. El sueño de la gratuidad terminó. Cual Beduinos en el desierto iniciamos nuestra retirada nómade hasta encontrar otro lugar, alguno en el que no nos puedan echar por ser viajantes argentinos con moneda devaluada.
En este momentito feliz, me surge recordar la "Oda al día feliz" de Neruda, y casi en simultáneo se me ocurre pensar que no sólo es cuestión de volcar las angustias en el papel, que también, como le pasó a Machado, el sol del Mediterráneo puede inspirar.
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| Mesa fuera de sistema para israelíes fuera de sistema |