Bar de los mellizos
- ¿Vos qué querés?
- Un cortado y una medialuna.
- ¡Mozo!, un café, un cortado y dos de grasa.
La fila de autos doblando se trababa un poco en aquella esquina, en esa hora en la cual se mezclaba la gente que iba a trabajar y la que llevaba a sus hijos al colegio. El invierno se sentía especial en Condarco, si no eras habitué te podrían deprimir un poco la oscuridad y las veredas rotas.
Mirando hacia afuera por la ventana del bar, la única imagen reconfortante era la del cielo que comenzaba a clarear hacia la calle Artigas, pero eso no era para cualquiera, sólo estaba reservado para los parroquianos del bar de los mellizos, aquellos que, de tanto insistir con el ritual matutino, habían desarrollado la capacidad de saber apreciar la belleza de un amanecer escondido tras la rutina de un ventanal rústico y abierto que quería más ignorar el frío que ventilar el ambiente.
En contra de las reglas, ellos estaban sentados juntos, sin mesa de por medio; en mi observación entendí que , evidentemente, sentir la piel del otro les era necesario. A la distancia de tres metros pude percibir incluso lo poderoso de los ojos de la mujer, que acompañaban el gesto de manos entrelazadas con las del hombre, en un contacto que más que necesario parecía ser urgente.
- ¿Y si hoy no vamos?, dijo él resuelto.
Ella lo miró más profundamente aún con sus ojos iluminados. La potencia de su deseo me traspasó.
- Hoy tenemos tres reuniones programadas, bebé...
De pronto entendí que esa mujer podía desear con la misma furia con la cual igualmente podía reprimirse, ni siquiera su humedad y el aroma a café lograría que esa mañana le pertenezca a los amantes.
La ventana contigua a la mesa en donde la pareja estaba sentada daba a la calle, ancha y pesada con sus marcos de madera repintada y los vidrios levantados a tope a pesar del frío, trabada con dos pasadores bastante oxidados, que hacía extremadamente dificultoso el bajarla o quizás el problema sería que, una vez bajada, hubiese resultado imposible volver a levantarla. Los parroquianos algo dormidos parecían acostumbrados al vientito que entraba por ahí. Quizás ese viento transportara sus realidades muy lejos hacia la avenida Juan B. Justo; aunque algunos irreverentes decidieran conservarla despertándola con una grapa.
Yo, mientras tanto observaba cómo él deslizaba su mano derecha por la pierna de la mujer, apenitas jugueteando con las yemas de sus dedos índice y mayor que parecían revelarse al futuro de las reuniones de trabajo programadas, la tela livianita del vestido no se resistió a levantarse a pesar del frío. Entonces sus dedos se acercaron a la entrepierna en el exacto momento en el que me pareció escuchar en la voz de ella un sonido leve, cual gemido, apenas perceptible, un sonido que se conectó con mi cuerpo como si ambos hubiéramos estado desnudos, mordiéndonos los labios casi con desesperación.
- Vamos, bebé, no quiero que lleguemos tarde.
Él se levantó y puso el dinero sobre el enorme mostrador de madera al mismo tiempo que el mellizo acomodó la campana protegiendo unos vigilantes con crema pastelera, con la otra mano guardó la plata en el cajón. Me pareció que me miró con cierto dejo de complicidad, aunque quizás mi ebullición transitoria me haya jugado una mala pasada.
- Gracias, maestro, saludó él y se encaminó hacia la puerta.
Ya en la calle, ellos se alejaron sueltos hacia Terrada para arriba. El vestido no paraba de bailotear.
Yo necesité respirar profundo el aire congelado que entraba por la ventana.