¿Dónde está Frederick?
Por Claudio Sprejer
Lo vi llegar en época de cambios. En realidad, en este trabajo siempre es época de cambios, por lo cual debería marcar como espacios llamativos las épocas de tranquilidad. Mi trabajo es como mi país, el quilombo permanente predomina y, cada tanto, un periodo de tranquilidad permite rearmarse para el próximo terremoto. Llevo veintitantos años acá y siempre fue así… por momentos caigo en la endeble e inocente ilusión de ser yo quien logre modificar ese estigma, pero nunca lo he logrado. Puras fantasías.
Como dije, lo vi llegar en época de cambios, de la mano de la nueva gerente general, haciéndole el típico favor al chico que necesita del trabajo sin medir otras cuestiones.
“Es un buen pibe, acá tiene que andar bien”, le dijo la gerente a la mamá que había sido vieja compañera de batallas en el pasado. Y a mí, cuando lo conocí, también me pareció un buen pibe.
De estatura más bien baja, casi siempre vestía con chombas a rayas y jeans. Su extrema movilidad corporal, de poca finura y mucha ampulosidad, hacía que a veces se lo viera desprolijo y con un penetrante hedor a transpiración, lo que, al menos a mí, me alejaba un poco por obvios motivos y porque no tenía la suficiente confianza como para advertirlo de su problema. De tener que evaluar su humor, debo decir que era sospechosamente cordial (igualmente sospechoso lo era también mi buen humor habitual); yo lo veía ir y venir por las escaleras en actitud comprometida, lejos de la relajación, y eso me tranquilizaba pensando en que Frederick se trataba de una persona con la cual podías contar, fundamentalmente después de haber visto a tanto personaje siniestro ocupar su rol acomodándose en la zona de confort. Rápidamente, o al menos eso me pareció a mí, logró armar un grupo de “amigos del trabajo” y, muchas veces, visto desde mi simple opinión de observador, se caracterizaba por hacer culto a esa amistad de la cual yo sentía cierta envidia por no tener la misma habilidad social o, en todo caso, para extrapolarlo a mi personalidad, la misma capacidad de entrega.
Hubo una vez en la cual, aunque ni siquiera recuerdo el motivo, él me contó un poco de su historia de vida y a mí me pareció extremadamente vertiginosa. Al mismo tiempo que lo escuchaba, podía penetrar detrás de sus anteojos culo de botella y percibir sus ojos tremendamente angustiados. La imagen de esos ojos sufrientes detrás de los cristales nunca me abandonó, simplemente lo entendí como lo que Frederick era: un ser angustiado.
Una cosa que yo admiraba de él, era su gran ductilidad para la música; aquel día que lo vi por primera vez tocando su acordeón, sentí que Frederick volaba y que él no se daba cuenta; en esos únicos momentos parecía abandonar su desasosiego para dejarse llevar por la magia que él mismo generaba ejecutando melodías.
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Un nuevo terremoto sobrevino en el trabajo, y fue devastador. Del edificio no quedó nada, pero no para Frederick quien se sintió como pez en el agua moviendo los escombros y paleando cemento para la reconstrucción. Yo lo miraba de lejos entre incrédulo y admirado por sus ágiles movimientos. Ni siquiera pareció inmutarse cuando su acordeón desapareció. Fue así como su persona se destacó como uno de los héroes de la reconstrucción lo cual hizo que rápidamente entendiera que era él quien debía encargarse de gran parte del manejo económico de la empresa. Yo pensaba que era extraño que el músico demostrara atracción por el liderazgo de un nuevo proyecto económico, pero al mismo tiempo entendía que sólo podrían ser prejuicios de mi parte. A poco de incorporarse a su nuevo rol, ya visiblemente alejado de la música de su siniestrado acordeón, comenzaron a escucharse por los pasillos los continuos pedidos de “Frederick, Frederick” por parte de la gente que, superado el terremoto y terminada ya la reconstrucción, decidió volver a su zona de confort.
Y así, escondido tras mi gran zona confortable, vi que los más malos de la organización prontamente comenzaron a señalar falencias como las viejas que cuchichean turbias críticas en la fila de la verdulería.
El primer síntoma nuevo que observé fue también a través de sus ojos. Su mirada angustiada persistía, pero ahora se le había agregado otro síntoma, cuando intentabas mantener un diálogo con él, se lo veía sufrir de prolongados momentos de ausencia en donde uno podía percibir que su mente había viajado hacia algún lugar muy lejano a la conversación que se sostenía, quizás viajando mucho más profundo dentro de su angustia, aunque sólo él lo sabía, pero sin embargo Frederick había desarrollado al mismo tiempo cierta capacidad de retomar el hilo de manera que, si alguien no fuera tan observador como yo, probablemente no se daría cuenta del detalle que parecía ser ya una patología. Por esa época ya la mayoría de la gente en el trabajo pensaba otra vez en sí misma:
- ¿Cuándo cobramos el sueldo? - , preguntaban olvidando terremotos y sufrimientos anteriores y evitando cualquier reconocimiento a los héroes de la reconstrucción.
A medida que asumía más responsabilidades, Frederick iba incorporando nuevos cambios de actitud, a veces desaparecía de lugares en donde se lo esperaba y por lapsos de tiempo bastante prolongados en los cuales algunos de los que decían ser sus amigos dejaban trascender ciertos rumores que no le hacían nada bien porque, aunque nunca nadie podía confirmar nada, cada rumor generado en el trabajo se instalaba como si fuera una post-verdad. Fue en ese tiempo que identifiqué sus actuales actitudes con el momento pasado en el cual él huía de su rol de “pinche todo servicio” de las tardes (“necesito guita”, decía), para encontrarse con su nuevo y clandestino amor, todo esto antes del gran terremoto.
- ¿Dónde está Frederick? -, preguntaban ahora las envidiosas arpías disfrazadas de jefas responsables.
Después de todo, ¿Qué jefa de aquella empresa, atada a su superior sillón de poder no deseaba en realidad ser abordada por un amor que le levantara atrevidamente la pollera durante la jornada laboral sin medir las consecuencias? En cambio, ahora con su nuevo rol post-reconstrucción, las ausencias físicas de Frederick tenían que ver, decía la chusma, con otras cuestiones muy alejadas del amor.
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Frederick acostumbraba a salir último del trabajo, cuando ya era de noche, luego de contar por enésima vez el dinero de la caja y realizar el asiento correspondiente en el sistema contable. La soledad y abnegación en el desempeño de su trabajo y la confianza de sus compañeros del consejo de administración lo habían convertido, según su pensamiento, en un administrador eficiente. Mientras volcaba datos, controlaba que existiera correspondencia entre el debe y el haber, cosa que en general nunca pasaba y para lo cual tenía normalizadas diferentes estrategias como por ejemplo la de guardar papelitos recordatorios debajo de la caja registradora. Cuando quitaba el módulo en donde iba el dinero, quedaba un lugar perfecto para el escondite. Levantaba y guardaba papelitos al mismo tiempo que hacía un poco de fuerza para apretar los papelitos anteriores junto con los cheques de clientes que, en el mismo momento en que miraba también recordaba que guardaba allí. Cada tanto ojeaba algún cheque para releer los datos que revelaban la fecha de cobrabilidad ya vencida, entonces levantaba sus cejas detrás de los anteojos dejando entrever un gesto de asombro que jamás era de autocrítica y luego retornaba el documento a su sepultura junto a los otros papelitos recordatorios.
Frederick cerró su oficina con llave, se puso su gabán mientras sostenía el enorme llavero con sus dientes, activó la alarma del edificio y salió hacia la noche húmeda e invernal del barrio de Palermo.
Solía caminar el trayecto de doscientos metros hasta su departamento de alquiler con la mirada conectada en un ángulo perfecto que apuntaba hacia un horizonte tan cercano que le permitía ver, al mismo tiempo, las baldosas flojas del suelo y las piernas de algún transeúnte casual como para reaccionar antes de una eventual colisión. Mientras vigilaba no caer en ningún charco ni pisar deposiciones de perros de vecinos irresponsables y desconsiderados, metía la mano en el bolsillo derecho de su gabán porque esperaba sentir la vibración de su iphone. Esta vez, el celular vibró, por lo cual, sin parar de caminar, Frederick extrajo el dispositivo de su bolsillo y leyó el sms: “Necesito que hablemos, estoy teniendo algunos problemas económicos. Mi ex no me está pagando la mensualidad y por eso no puedo ponerme al día”.
Frederick se encendió. Quizás porque se sintió poderoso al mismo tiempo que recuperaba en su mente la imagen de una mujer de cuarenta años con una musculosa que guardaba unos senos que pugnaban fuertemente por escapar de su opresión. En ese momento sintió que él sería el vehículo, que sus manos y su lengua serían los héroes liberadores de los pezones filosos que imploraban atención.
Contestó brevemente: “No hay problema. Te espero mañana a las 9 allá”
Subió el ascensor, abrió la puerta de su casa y, sin mediar pausa alguna entró y caminó hacia el baño mientras su gabán caía sobre el piso del comedor arrastrando por su peso a la única silla de madera que había perdido su equilibrio con la carga recibida. El ruido contenido de la caída no distrajo en absoluto a Frederick quien, en un movimiento tan automático como necesario, metió la mano detrás del botiquín, tomó la bolsita mientras con la otra extremidad abría el cajón del vanitory para sacar el peine y la tablita de madera.
Cuando salió del baño, a los pocos minutos, enfiló directo hacia la cocina y husmeó dentro de la heladera pensando en cenar algo. El vacío que vio hizo que cerrara la puerta rápidamente. Entró a su habitación y, en un rápido movimiento se quitó los anteojos y cayó sobre el colchón de sábanas revueltas. Respiró profundo y, tocando su miembro, se entregó a la imaginación.
Desde el bolsillo del gabán tirado en el comedor vibraron dos nuevos mensajes, el de un sms que decía “Ok” y el de un whatsapp : “Papi, cuándo me venís a buscar?”, pero Frederick ya con la vista en trance apuntando hacia el horizonte de sueños desplegados en el techo de su habitación no los pudo escuchar.
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Nunca fue el primero en llegar. Prefería empezar su jornada cuando todos estaban ya en sus puestos de trabajo y el día fluía sin él, pero al mismo tiempo disfrutaba de que alguien lo estuviera esperando sentado en los sillones del hall, en esos casos se mostraba como una persona importante y expeditiva. Resolvía según su cabeza le indicaba aún con las cosas que hubieran necesitado ser consensuadas con otros. Lo que hacía, pensaba, siempre estaba bien.
Nunca saludaba a nadie, sólo abría su oficina con la llave y entraba, pero esta vez la puerta ya se encontraba entornada, cosa que lo enfureció por el lapso de los segundos que tardó en entrar y ver a aquella mujer sentada.
- ¿Se me hizo tarde?
- No, pero dejé a mi hija en el colegio y me sobró tiempo, así que vine un rato antes.
La oficina de Frederick estaba separada de las del consejo por unas viejas puertas de vidrio con claraboya, esto hacía que fuera bastante fácil adivinar una escena por detrás de las cortinas de fino tul, si se desarrollaba, de un lado o del otro de las puertas alguna conversación de volumen relativamente alto, esto hacía que invariablemente se desviara la atención del eventual oyente, despertando en él una automática curiosidad que lo hacía incluso aguzar su imaginación para penetrar con una mirada atenta por detrás de las cortinas en la conversación ajena.
Frederick, quizás ayudado por el “saque” matutino sumado a la ducha caliente y aquel perfume de caja importada que se había puesto encima sin mezquinar, vio todo con claridad y resolvió de manera contundente:
- ¿Necesitás una beca, no?
Ella tenía puesto un Perramus beige claro. Un buen observador diría que la chica en realidad tenía todo claro. Apoyó su espalda un poco más fuerte sobre el respaldo y se impulsó medio metro hacia atrás ayudada por las rueditas del sillón de oficina. El nuevo ángulo visual permitió que Frederick la observara en plano completo pero sólo con mover sus pupilas levemente. Vio los jeans ajustados que asomaban por debajo del tapado y las botas tejanas que lo envolvían hasta casi llegar a las rodillas al mismo tiempo que respiró profundo queriendo capturar algún sensual aroma que no estaba seguro de sentir pero que sí imaginaba muy bien.
- Necesito que me ayudes de la manera que puedas...
Frederick se quedó por unos segundos ausente pero igualmente con sus ojos que no miraban apuntando en dirección a la mujer. Ella, ahora un tanto ansiosa, percibió que él se había ido, pero justo en el momento en que pensó en preguntarle si algo le pasaba, Frederick elevó levemente ambas cejas y desvió su vista al monitor. Efectuó un par de clicks de mouse y activó algunas teclas con seguridad. Al mismo tiempo, sonó su teléfono interno y presintió que se trataba de un llamado de alguien por detrás de las cortinas. No respondió.
- Te explico: voy a generar notas de crédito sobre tu cuota cada mes hasta fin de año. Las notas de crédito las manejo sólo yo en el sistema así que no va a haber problema, cuando el equipo contable lo vea (si es que lo ve, porque en general no ven nada) será cuando hagan el balance trimestral. Pero si esta solución no te sirve, hay un plan b que sería exponer tu tema en una reunión de consejo y que se vote un acceso a beca por sí o por no.
Frederick subió apenas la mirada hacia el pelo oscuro y lacio que caía sobre los hombros de ella y finalmente se topó con sus ojos pardos.
- ¿Plan A o plan B?
Ella sonrió actuando timidamente.
- ¿Y cuándo me darías las notas de crédito?
- La pregunta es dónde más que cuándo…
Cuando ella enderezó su espalda y levantó levemente su dorso para acomodarse bien erecta en el sillón, quedó todo claro.
- Avisame Frederick y voy enseguida. Estoy libre.
Y así fue como, del otro lado de la cortina de tul, alguien tuvo la certeza de que algo raro estaba pasando y sintió el estremecimiento de quien percibe un peligro, pero de este lado de la cortina de tul, Frederick sintió todo más que bien.
