No era Tinder
Por Claudio F. Sprejer
Probabilidad y estadística no era una asignatura placentera para mí, además de que progresivamente la universidad estaba dejando de interesarme. Posiblemente, yo continuaba repitiendo mi argumento juvenil de no querer tomarme las cosas en serio, de siempre querer jugar. Si la universidad significaba comprometerse a un método de estudio, prestar atención y cumplir, entonces ya no era atractivo para mí, así como en el pasado dejaron de serlo aquellas clases de teatro en las que en vez de jugar con improvisaciones pretendieron imponer un libreto.
Aquél día llegué a la facultad pensando más en las tertulias del bar que en la clase a cursar, pero al buscar a mis amigos con la intención de ganar adeptos para la vagancia, me sorprendió la entrada del profesor al aula, visiblemente enojado. La escena cautivó mi interés. Él caminaba por el escenario rápido y resuelto. Su jean gastado con la camisa escocesa y los mocasines opacos, sumados a su pelo revuelto y los anteojos le daban el típico perfil de un catedrático científico made in Buenos Aires.
Las clases teóricas eran habitualmente de un número nunca inferior a cien personas y los docentes debían acostumbrarse a ser escuchados tanto como a hablar sólo para la primera fila. Los alumnos salían y entraban del aula magna casi permanentemente salvo que un aura de atención lograra cubrir todo si es que el docente de turno poseía el carisma necesario para ello.
En el ambiente había un intenso olor a humedad, las paredes grises del aula transpiraban agua producto de la condensación del aire. Muchas de las luces fluorescentes que debían iluminar titilaban por la falta de mantenimiento y además se sentía un frío que penetraba el alma. Todos los que estábamos allí teníamos algo de superhéroes y de estoicos.
El profesor comenzó la clase sin saludar, casi desagradable, pero para nosotros, alumnos habitués, esto podría haberse interpretado como una pose de científico Nerd que sabe mucho de su área. Finalmente habló:
Ayer vi una película en la cual un personaje exponía su particular teoría científica:
“Las leyes de la naturaleza no existen. La naturaleza es por completo azarosa; luego, analizar los hechos a través de la física es un sinsentido. De todos modos, si por un rato se dejara de pensar en que todo lo que habita es producto del azar, entonces la conclusión debería ser que la naturaleza es extremada y naturalmente cruel.”
El llamativo silencio del aula magna no tenía explicación por lo dicho, quizás sí por el tono de la voz del profesor que nos hizo comprender que intentaba hablar desde la cercanía que imponía su dolor. Sin querer hacerlo, evidentemente logró transmitir empatía.
Prosiguió:
En particular, intentemos analizar entonces las probabilidades, ya que para eso estamos hoy aquí. - e hizo una pequeña pausa para respirar - Hablemos de las probabilidades de que dos individuos se enamoren.
Se escucharon ahora algunas risas de fondo, sin embargo el profesor no se inmutó y continuó:
Consideremos a una persona “A”. Dicha persona “A” abarca cotidianamente una cantidad de terreno determinada por su trayectoria diaria, digamos…entre su casa y el trabajo, por ejemplo. En ese trayecto cotidiano aparece la posibilidad, por el hecho de sólo cruzarse, de tener algún tipo de comunicación, aunque sea mínima, con otra persona.
El aula se encontró dentro de un clima atípico. Los tubos fluorescentes que titilaban le agregaban cierto misticismo al ambiente.
Asumamos que, durante todo un día, esa persona cruza en su trayectoria a dos mil personas (es una cifra harto caprichosa pero absolutamente posible). La otra persona en cuestión, llamémosla, persona “B”, debería, mínimamente, interceptar al menos una vez nuestra trayectoria y provocarnos de alguna manera algún tipo de estímulo.
Tomó un pedazo de tiza y se puso a garabatear el cuadro en el pizarrón. Algunos alumnos aplicados comenzaron a tomar apuntes.
Ahora supongamos que dicho estímulo se provoca. En consecuencia, eso debería desencadenar a la vez una combinación de otros factores favorables como ser:
Que las personas A y B se encuentren receptivas al mismo tiempo y a la misma situación.
Que los estados de A y B en el momento del encuentro fomenten el hecho de provocar un nuevo encuentro a futuro.
Que en esos subsiguientes encuentros se produzca una compatibilidad de caracteres que deriven en una atracción mutua.
Que dicha atracción mutua decida ser estimulada por A y por B.
Que mientras tanto no intervenga ningún estímulo externo que genere una interrupción definitiva del contacto y eche por tierra la incipiente relación entre los individuos A y B.
Tal vez el convencimiento con el que el catedrático exponía sus ideas, o el interés generado por el ítem expuesto, o quizá el tono de su voz combinado con el brillo de sus ojos, generó que, cada vez más alumnos tomaran nota. Uno de ellos acercó su celular a modo de grabación y lo dejó en el borde del escenario desde el cual hablaba el docente.
Prosiguió:
Arriesgamos entonces una secuencia de cifras dudosas más para poder cuantificar el hecho en términos de probabilidad medidas. Estas cifras consideran sólo un único día de actividad.
Tabla número 1:
Evento 0 (A y B se cruzan): Probabilidad: 1/2000
Evento 1: Probabilidad: 1/10
Y mientras escribía, acotó:
-En estos casos, se trataría de una chance altísima que sólo se lograría en caso de que ambas personas tuviesen la intención de relacionarse con alguna otra
Evento 2: Probabilidad: 1/10
-Nótese nuevamente la alta chance que se le asigna a este evento.
Evento 3: Probabilidad: 1/3
- Una de cada tres personas que se relacionan se atraen, lo cual parece sumamente improbable pero podemos tomarlo como un hecho posible para nuestro cálculo final.
Evento 4: Probabilidad: 1/3
- Aceptemos esta cifra sin analizar, dijo el profesor con tanta convicción que no despertó ninguna desconfianza por parte de los alumnos.
Evento 5: Probabilidad: 1/3
- Ambas personas deberían encontrarse, como dije anteriormente, cuando menos, libres de conflicto.
Resultado final:
Probabilidad de existencia de amor = Casos de amor probables / Casos posibles de encuentro
1/2000.1/10.1/10.1/3.1/3.1/3 = 1 / 540.000
Terminó de escribir la cifra y ejecutó sobre el último cero una especie de rúbrica como quien está totalmente seguro de su demostración. Se distanció unos metros del pizarrón y, tal vez algo más relajado por haber hecho su catarsis, contempló la platea con atención.
Desde la fila veinte, casi en penumbras, se oyó una pregunta:
Entonces, ¿Cómo podemos creer en la existencia del amor siendo, según su tesis, tan baja la probabilidad?
El profesor contestó de inmediato con absoluta seguridad:
Analizando el resultado obtenido podemos inferir que el hecho de enamorarse es casi improbable, por lo tanto si despreciamos esa escasa (casi nula) probabilidad a favor, deberemos aceptar con rigor científico que la existencia de amor entre dos individuos es un hecho meramente azaroso.
Y continuó, ahora con tono duro e implacable:
Ahora bien: ¿Cuál es el sentido de preocuparnos, sufrir, padecer, intentar ejercer o simplemente prestarle atención a un proceso que probablemente no suceda jamás?
Finalmente, su conclusión cayó en el aula magna como una verdad inexorable. Hubo un silencio pesado y frío. El profesor pausó unos segundos su razonamiento con el objetivo de respirar profundo, pero el gesto se convirtió en un desgarrador suspiro de angustia inocultable. Percibió que, por unos segundos, había perdido objetividad. Había dejado ver que él había sido víctima de aquella remota posibilidad, de aquel hecho azaroso del que, pretendía demostrar, carecía de sentido el haberlo experimentado. Intentó tal vez divisar alguna mano levantada que quisiera cuestionar nuevamente, pero lo que explicaba parecía tener la fuerza de los argumentos irrefutables.
Alumnos, para el interrogante anterior no tengo respuesta, excepto que, en el caso mencionado, inequívocamente, la probabilidad de destruirnos será mucho mayor, con lo cual se termina comprobando la hipótesis de origen, enunciada por el personaje de la película a la que me refería en el principio de la exposición, “o la naturaleza es azar o es extremadamente cruel”. Y, como el amor pertenece a la naturaleza, por lo tanto deberá respetar las mismas leyes.
Y luego concluyó:
Los científicos entonces, deberán ocuparse de demostrar cuál es el sentido de que el hombre piense, racionalice y busque respuestas al amor, salvo la de sufrir absurdamente. En todo caso, deberíamos adherir a la postura Epicúrea, cuando enuncia que “la felicidad es la ausencia de dolor”, aunque evidentemente, eso implicaría renunciar al amor.
Como si se hubiese tratado de un guión de cine, en el exacto momento en el que se escuchó "renunciar al amor", todas las luces se apagaron. Al segundo se prendieron algunas linternas de celulares.
Por sobre algunos murmullos, sólo se escuchó una risa lejana y una voz fuerte:
¡Cholooo, fijate las térmicas!
Las luces de emergencia nunca funcionaron.
Se cayó el wi-fi, ¡puta madre! - se escuchó por las primeras filas -
Pareció que nadie se movió de su asiento.
Transcurrieron unos pocos minutos, hasta que finalmente volvió la luz. Se pudo leer en la enorme pizarra: “Distribución de Poisson” y, hacia abajo, dos renglones completos de sumatorias que presagiaban una sucesión de fórmulas matemáticas que salían de la mano frenética del profesor que ahora escribía sin mirar al público.
Fue ahí cuando, instintivamente, me levanté y me fui para no volver nunca más.
