En la jerga de la colectividad, Miramar en verano se llama "Miramoyshe". Es una de esas denominaciones que sintetizan sin necesidad de explicar demasiado: la clase media judía de Buenos Aires eligió ese lugar como su pequeña tierra prometida, y el lugar terminó respondiendo a la altura de la expectativa.
Los edificios del centro, construidos hace medio siglo en asalto a la playa virgen, secuestran el sol a las seis de la tarde cuando el verdadero atardecer es casi tres horas después. Adentro, las propiedades que los padres compraron como inversión pasaron a los hijos y los hijos pelean por las expensas. Afuera, los pasillos de los balnearios funcionan como extensión del club, y el paseo por la 9 de julio es un caminar y parar a saludar permanente que convierte cada salida en una reunión de consorcio con arena.
En ese entorno de Burako eterno y mates y esperas de ascensor, veraneaban los hermanos L.
Ernesto y Miguel salieron a buscar partido al balneario de tres cuadras hacia el lado del arco.
Iban levantando voluntarios por el camino con escaso éxito.
—Si llegamos a siete les hacemos un desafío —dijo Ernesto—. Si no, estos tipos no nos dejan jugar.
—Te dije que teníamos que haber traído la pelota —dijo Miguel—. ¿Por qué no lo pensaste antes?
No llevaban pelota. Tenían, en cambio, la certeza de que algo iba a salir, porque Ernesto era de los que hacen que las cosas salgan aunque nadie entienda bien cómo.
Llegaron a cinco. Del otro lado había nueve chicos ya peloteando junto al mar. Por las leyes no escritas del fútbol, el líder del grupo rival mandó a sus dos peores jugadores a integrarse con los recién llegados. Ernesto recibió al primero de los dos con la economía verbal de quien no tiene tiempo para detalles:
—Vos vas al arco.
—¿Yo?
—Sí, vos.
La sombra de los edificios sobre la playa había ido corriendo a la gente más friolenta. Eso abrió el espacio para armar la cancha sin negociación: los arcos eran dos ojotas semi-enterradas, los límites eran el mar de un lado y los bañistas del otro, y si la pelota entraba al agua el que llegaba primero tenía derecho a seguir jugando. No había más reglas que esas. Tampoco había acuerdo sobre la duración ni la cantidad de goles, que es la manera más honesta de jugar al fútbol.
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El equipo de los hermanos L. era técnicamente superior. Eso quedó claro desde el primer gol y se fue confirmando con cada tanto siguiente. El problema fue lo que pasó en el medio: en algún momento de la tarde, con el partido ya definido, el equipo de Ernesto empezó a gritar "¡ole!" en cada jugada. Era el tipo de provocación que tiene mala prensa pero que todo equipo que va ganando cómodo termina haciendo, y que el equipo que va perdiendo nunca olvida.
Los goles se festejaron con bailecitos.
Hubo patadas. El arquero improvisado recibió dos agresiones verbales de Ernesto que no venían al caso. El partido terminó sin que nadie lo declarara terminado, que también es una manera de terminar un partido.
La peatonal
A las once de la noche la peatonal de Miramar tiene la misma lógica de todos los veranos: los adultos caminan mirando precios de rotiserías, los chicos entran y salen de las casas de videojuegos, alguien paga un waffle que no puede pagar y los demás comentan el gasto. Era una noche fresca de febrero, había mucha gente, y Gus caminaba junto a Miguel con la tranquilidad de quien lleva años haciendo exactamente eso.
Gus y Miguel son amigos desde los tres años. Gus no juega al fútbol porque no le interesa, descubrió el básquet de chico y ahí se quedó. Es un chico sin estridencias, de esos que hacen que estar con ellos sea fácil.
Caminaban sin hablar de nada en particular cuando Miguel vio dos caras al frente.
Las reconoció de inmediato. Hubo un cruce de miradas que duró menos de un segundo y fue suficiente para entender todo.
—Metámonos en un negocio —dijo.
Gus iba ensimismado en sus pensamientos y no escuchó, o escuchó y no procesó, o procesó y no reaccionó a tiempo. Siguió caminando en la misma dirección.
Uno de los chicos se le paró adelante y le pegó un manotazo en el hombro.
—¿Qué tenés? Dame todo.
—No tengo nada —dijo Gus. Había algo de lucidez en esa respuesta, o de parálisis, que a veces se parecen.
—Tu celular. Dame el celular.
Le metió la mano en el bolsillo antes de que Gus pudiera contestar. Extrajo la billetera. Gus no resistió. Había mucha gente alrededor y nadie estaba mirando, que también es una forma de mirar.
Miguel había entrado a un negocio. Se paró al lado de una mujer desconocida y dijo, en voz alta:
—¡Mamá, mamá, me quieren robar!
El segundo chico, que había entrado detrás de él, lo miró fijamente un momento y prefirió no complicarse. Se escabulló entre la gente de la peatonal.
Gus se quedó inmóvil en la vereda.
La amistad
La peatonal siguió su ritmo. Nadie se le acercó. Pensó en Miguel y no supo adónde mirar.
Cuando Miguel reapareció sabía que eran los chicos del partido. Sabía también, aunque no lo dijera, que el "ole" y los bailecitos habían tenido algo que ver con lo que acababa de pasar. No dijo nada de eso. Tampoco dijo quiénes eran los que habían robado a su amigo. Contó, en cambio, con satisfacción y algo de excitación, cómo él había logrado burlar el ataque.
Gus lo escuchó. Percibió la traición con exactitud, sin margen de duda. Le brillaron los ojos. Le tembló un poco la voz.
—Volvamos a casa —dijo.
Y eso fue todo lo que dijo.

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