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Amor: Tres definiciones que no sirven para nada y una hija que se tira a la pileta

Hay un momento del descanso en el que ya me aburrí de mirar mis pies reposando en la silla.

Observo el lunar que tengo en el pie derecho, asumo que debería cortarme las uñas, pero la flexibilidad corporal ya no acompaña. Pienso en los tipos y tipas que pagan en Feet Finder para ver fotos de pies y concluyo, sin demasiado rigor analítico, que los míos no calificarían en el cruel mundo de los pies hegemónicos.

Ya entré a la pileta, ya salí. Ya me quité los resabios de pasto mojado de tanto andar descalzo, ya dormí siesta bajo el árbol, ya busqué los nidos escondidos en el pino, ya escuché a las cotorras. Todavía es demasiado temprano para el mate y me da vergüenza tragarme una factura del paquete cerrado, porque lo correcto es que otro abra el paquete e inaugure la merienda, aunque mi cerebro proyecte en continuado imágenes de cañoncitos que desbordan de dulce de leche.

Es en este momento exacto donde mi ADN, 98,2% judío de la diáspora, activa el hambre emocional. Esto me lo dijo una nutricionista que me mandó a terapia con solo leer mi apellido que proviene de Europa del Este.

Le digo a mi hija: ¿Profundizamos un poquito?

Juli es tenaz. Sé que tengo poco tiempo antes de que algo más interesante la llame, así que voy directo.

—Te voy a leer una definición de amor.

—¿De quién es?

—De la RAE.

—Escucho, gordo.

Leo.

Amor: sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

—Una porquería, pá. 

—¡Pero es de la RAE! 

—Y la RAE nunca tuvo novio.

Le leo la segunda. Esta habla del amor como posesión: cuando uno quiere, deja libre; cuando uno ama, quiere poseer. Termina con que el conflicto entre los dos no tiene solución más que con la muerte del amor.

Mientras termino de leerla, se me diluye en la boca. Es cierta. Es espantosa. No me animo a decirle que la escribí yo hace veinte años, destilada de algo que dijo mi psicólogo en una sesión grupal quince años antes de eso, cuando yo era un pendejo angustioso con block de hojas rayadas y demasiado tiempo libre.

La tercera dice que uno está enamorado cuando todo lo que hace con el ser amado es contrario a lo que debería hacer, y que si el ser amado no corresponde, pensará que uno es un simple estúpido, lo cual habrá de complicar aún más las cosas.

—Esa la escribió alguien que nunca se enamoró —dice Juli sin levantar la vista del agua—. O alguien que se enamoró mal y le echa la culpa a la gramática.

Para entonces ya se tiró a la pileta. No la culpo. Yo también me hubiera tirado de mí mismo si hubiera podido.


Me quedo solo con las tres definiciones, el calor, y el azúcar en la sangre.

Desde la biodecodificación, el azúcar es metáfora del amor que uno resiste. No lo deja entrar. O peor: lo sube a la sangre para dárselo a alguien de la familia que no lo tiene, que es una manera elegante y completamente inverosímil de explicar la diabetes. Es el tipo de teoría que solo puede sostenerse si nadie te pide bibliografía.

No sé si creo en eso. Sabiduría es la de Juli, salpicando gente con un timing perfecto, indiferente a Aristóteles, a la RAE y a mi psicólogo de hace veinte años.

Sé que el paquete de facturas sigue cerrado, que los cañoncitos de dulce de leche siguen ahí, y que ninguna de las tres definiciones que junté a lo largo de décadas sirve para nada concreto, salvo para entender que el amor no se deja definir sin que algo se rompa en el intento.

Grito desde el borde: —¿Viste que tenías razón?

Ella no contesta. Está abajo del agua, en algún lugar donde las definiciones no llegan.

Amor, por Claudio Sprejer



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