La Rosa Púrpura del scroll
Un amigo mío inventó hace años a Piazzalonga, el buscador de agradecimientos de Almagro. El método era simple: pararse primero en la fila del colectivo y dejar pasar a todos. Los agradecimientos llegaban solos. Era una patología inofensiva, casi adorable, de alguien que necesitaba que el mundo le dijera gracias aunque fuera por una cosa pequeña.
Los paradigmas actuales le habrían complicado el asunto. La caballerosidad pasó a ser un concepto sospechoso, y el transeúnte deconstruido no le habría dicho gracias — le habría dicho otra cosa.
Pero la patología de Piazzalonga no desapareció. Mutó.
Hoy vive en las redes. El habitante histérico que postea una foto con un epígrafe que busca seducir a sus seguidores, quienes aún a sabiendas de que así es el juego aceptan ser seducidos y emiten furibundos likes, en algún caso reforzados por algún elogio escrito que a todos incomoda un poco pero que nadie se niega a recibir.
Hasta ahí, juego normal.
El problema empieza cuando uno cree que cada foto con epígrafe está definitivamente dirigida a su persona. No estoy hablando de un pensamiento psicopático — o quizás no me atrevo a admitirlo. Hablo de ese efecto aparentemente inofensivo en el que una persona cercana en el campo real, como producto de algún intercambio privado, postea una foto mirando a la cámara con un texto impersonal, y entonces algo lo atraviesa a uno con la absoluta convicción de que ese posteo apunta directamente, en forma personal, hacia uno.
El voyeur parapetado detrás del celular.
La resolución teórica es simple: preguntarle. "¿Eso era para mí?" Pero si la respuesta fuera sí
(altamente improbable), ¿qué dice eso de quien prefiere exponer una declaración en clave ante cientos de seguidores en lugar de decírsela a la propia persona? ¿El problema psicopático es entonces del que postea? ¿Y si hay más de un voyeur convencido de lo mismo?
Y si la respuesta es no, la pregunta es peor: ¿tiene sentido exponerse al ridículo? ¿Se superan las consecuencias, o es mejor el sufrimiento que atrae la incertidumbre?
La Rosa Púrpura del Cairo es una película de Woody Allen en la que el galán protagonista se sale del diálogo cinematográfico porque es cautivado por la inocente belleza de Mia Farrow, que contempla el film desde la butaca. Acto seguido sale de la pantalla y le declara su amor.
El deseo, entonces, es este: que todos nosotros, los millones de ilusos convencidos de que cada posteo se dirige a nuestra persona, seamos al menos una vez tomados de la mano por esa persona deseada en silencio cuando se decida a saltar de la pantalla.
Y que a partir de ahí todo sea caricias reales.

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