Marrakech
Marrakech es tal como nos decía el guía del tour por las medinas:
¿Venís con las reglas de Europa? Olvidalas, nosotros tenemos nuestras propias reglas.
Ahí comenzás a entender un poco mejor el porqué ningún auto ni moto ni bicicleta atina a frenar ni siquiera con el asfalto húmedo.
¿Las cebras? (aludiendo a las sendas peatonales). Aquí son decorado, cada vez que cruzas debes agradecerle a Alá por haber llegado al otro lado de la calle
Sin embargo también tienen otras reglas como las de pasearnos con absoluta pasión y detalle durante cinco horas y media por los distintos barrios dentro de la Medina y, al final, proponer como pago una propina de cinco euros agregando con humor: "Más de mil no acepto". Entonces, invariablemente lo comparo con mi argentinidad y lo extiendo a una comparación con mi persona: quizás sea muy difícil en argentina que alguien te guíe con esa pasión sin pedir casi nada a cambio y, en mi caso particular, admito que es prácticamente imposible, algún interés habría de mi parte aunque no fuera monetario. Evidentemente Marrakech tiene sus propias reglas. ¿Se ve gente humilde en sus calles? Mucha. Es imposible saber cómo viven porque las propias estructuras de las casas dentro de las Medinas, sin ventanas o con ventanas altas, impiden penetrar la intimidad de las familias musulmanas. Aunque, y gracias a nuestro guía, sí pudimos acceder a barrios enteros escondidos detrás de estrechos callejones de acceso.
Para los habitantes de Marrakech la intimidad parece ser algo importante tanto como el no despertar sentimientos malos en el otro por ostentación. Ahí también tiene sus propias reglas, como las del taxista que luego de un prolongado y llamativamente incómodo momento de discusión con otros colegas por, creo haber entendido, habernos pasado un precio de base más bajo por el viaje casi sin dejar lugar al regateo, no se cansó de darnos recomendaciones en su débil inglés casi como el que hablo yo aunque igual logramos entendernos. Extrañamente el miedo genera que el débil inglés propio chapucero de un argentino se potencie en su comprensión ante el inglés igualmente chapucero proveniente de un Marroquí que en realidad habla Árabe o Bereber.
"Marrakech es seguro y tranquilo", cuenta Radowan nuestro apasionado guía. Uno, con su cabeza porteña formateada, tarda en soltarse igual porque, si hay algo que hemos ejercitado los argentinos es la desconfianza relacionada con el dinero. Si no te cagaron te van a cagar.
En Marrakech tanto como en la Argentina, las cosas no tienen precio, el Marroquí responde a una costumbre ancestral de comercio callejero en donde la astucia del turista se enfrenta a la experiencia del vendedor en un duelo de regateos, en Argentina en cambio responden a nuestros desvaríos económicos provenientes de la inflación, que no son ni más ni menos que el hecho de que una empresa poderosa y monopólica te imponga un precio arbitrario que cambiará todas las semanas y que ni siquiera te permita el inocente juego del regateo. Los argentinos también tenemos “nuestras propias reglas"... que ponen veinte tipos.