Babosas
Paró sus dos antenitas porque algo en sus sentidos le indicó que ese era el momento para deslizarse sigilosamente por el mosaico. Se arrugó y al estirarse ganó algunos valiosos centímetros que la acercaban a la maceta del rosal. Una perra, curiosa ella, se acercó a husmear con su hocico lo que le pareció un movimiento sospechoso en la cocina. Se aproximó tanto que la babosa se quedó quietita, entre intuyendo el peligro y conteniéndose por el susto de esa cabezota imponente que le resoplaba tan cerquita de su cuerpo. Todavía le faltaba hacerse finita para pasar por debajo de la puerta y así ganar el patio para llegar a su objetivo.
¿Qué viste, Rosita? – se escuchó una voz de mujer a lo lejos-
El ladrido de Rosita como respuesta fue la sentencia.
La mujer tomó rápidamente la ojota de su pie derecho en sus manos y, absolutamente decidida, corrió hacia la perra esperando encontrar cerca de su hocico a una de esas cucarachas voladoras enormes, pero al ver que se trataba de una babosa viró rápidamente sobre sus pasos, se calzó la ojota en el pie mientras con la mano que le quedaba libre tomó el enorme salero de metal abollado, robado alguna vez de aquel hotel de sindicato cordobés. Se inclinó sobre el bicho y comenzó a verter la catarata de sal al grito de -¡Tomá hija de puta, ya vas a querer morfarte las plantas! Y mientras el pobre bichito se deshidrataba sin siquiera tener tiempo de comprender tanta violencia, la baba se pegoteaba y la perra lamía los restos de lo que ya se visualizaba como una bolita desagradable con destino de cadáver.
¡ De dónde salen estas babosas hijas de puta, por el amorrrr de diosssss!, gritó la mujer de batón, ojeras y rodete. ¡Salí de ahí, Rosita que después me manchás toda la alfombra!
La mujer tomó una servilleta de papel y levantó los restos del crimen, arrojando todo en forma de bollo al tacho de basura.
¡Sacá el hocico, perra pelotuda! – le gritó a Rosita que ya se aprestaba a lamer un papel con restos de helado que navegaba entre los restos de yerba mate en el tacho.
Mientras tanto, las cientos de babosas escondidas dentro del pluvial, habiendo recibido en sus antenas el mensaje de aquel último estertor de su valiente e intrépida compañera, comenzaron a planificar su implacable venganza con una primer y letal acción: comenzar a copular entre ellas; copular y copular desenfrenadamente sólo para reproducirse rápidamente y poder demostrarle al género humano lo inútil del esfuerzo por aniquilarlas.
Y fue esa noche, cuando la mujer soñó con babosas invadiéndolo todo y, a la mañana siguiente, al levantarse, olvidó su sueño premonitorio por el simple hecho de que le habían dado muchas ganas de hacer pis.