Cincuenta y pico
Por Claudio Sprejer
Iósele, ya llegando a su casa, desplegó una tormenta de TOCs: espió por última vez su celular en la entrada, sintió el olor en los dedos de su mano derecha mientras con la izquierda sacó el llavero del bolsillo ajustado del jean que le recordó cierta incomodidad con sus kilos de más combinadas con el agujero en la tela interior del bolsillo que triplicaba la dificultad para sacar las llaves. La noche estaba húmeda y oscura, y la presbicia de Iósele hacía rato que no le permitía ver claramente de cerca, así que tardó unos segundos en encontrar con la confusión de su propia torpeza dentro del manojo la llave correcta y a su vez demoró otros nuevos segundos para acertar el lado indicado de la llave y el orificio de la cerradura evitando que el elemento se torciera dentro del viejo tambor que nunca reparaba.
En el exacto momento en que el duelo personal con su incipiente vejez hubo de derrotar a las llaves, Iósele recordó no haber bajado las cosas del auto, por lo cual quitó la llave de la cerradura, introdujo el llavero mecánicamente en su bolsillo (y la trabex traspasó el orificio del pantalón para quedar enredada en la tela) y volvió sobre sus pasos hasta el vehículo mientras mantuvo la cabeza erguida con vista hacia el principio del pasaje en donde vivía y, gracias a eso, pudo divisar una bicicleta que doblaba por la calle en dirección hacia él.
Iósele tenía por costumbre asegurarse, así que a sus Tocs había que sumarle la prevención por la seguridad. Todos en Buenos Aires tienen la misma costumbre: asegurarse.
Dejó acercar la bicicleta lo suficiente como para comprobar que no había peligro, los métodos que utilizaba para generarse seguridad eran notoriamente deficientes, eso le generaba pensamientos que en segundos quedaban tapados en su cabeza llena de preocupaciones livianas pero eficaces, por eso siempre Iósele repetía los mismos errores.
El hombre, que ya peinaba algunas canas de cuarentón, paró su bicicleta junto a Iósele, quien sintió ese pequeño lapso de incertidumbre y paranoia que se le alivió rápidamente al tiempo de que logró estudiar un poco mejor la situación.
El semblante del hombre era tranquilo, por lo que Iósele aguardó el inicio de la conversación en el posterior segundo transcurrido. Respiró, concediendo el segundo de espera que correspondía al inicio de palabra de su interlocutor y, al exhalar, desvió unos centímetros su vista por simple timidez, intentando resistir el agobiante silencio de los siguientes dos o tres segundos que se sucedieron en la escena.
El hombre, con ambas manos escondidas en su algo desvencijada campera de corderoy, miró fijo a Iósele, con un gesto adusto que presagiaba una palabra pesada, contundente, casi un golpe inesperado. Entrecerró sus ojos, como ajustando la vista para el certero ataque final y, en el preciso momento en que la visual de Iósele retornaba hacia el hombre para un estudio más pormenorizado de su cara, tomó el manubrio de su bicicleta con la mano derecha al tiempo que impulsó el pedal, para dar por terminado aquél diálogo que nunca llegó a ser.
Iósele quedó solo, mientras la bici se alejó tranquilamente por el pasaje a contramano.
Durante los siguientes segundos en los cuales Iósele buscó nuevamente en el bolsillo sus llaves luego de volver del auto, pensó en lo inútil de los sentimientos que preceden a los pensamientos aún más inútiles que terminan generando absurdas reacciones en uno.
Por un momento Iósele miró hacia atrás. Percibió el aroma a jazmín de la planta del vecino mientras se dio cuenta de que alguien había dibujado un espantoso grafitti en el paredón de enfrente que decía “Puto”. Pensó que no era sólo un tema de clima húmedo, también había algo de vientito. Abrió. Dentro de su casa alguien estaba viendo la tele. Apenas logró entrar, tuvo ganas de comerse un pedazo de salamín picado fino con queso pero antes debía ir al baño.
Cerró la puerta, no sin bastante esfuerzo para sacar la llave del tambor, y dijo:
- ¿Qué acelga?
- Todo viento, ¿y bosta?, contestó una voz superponiéndose a una propaganda que sonaba en la tele.
Mientras Iósele caminaba por el pasillo hacia el baño, volvió a pensar en asegurarse, porque Buenos Aires era así.