El buscador de agradecimientos de Almagro
Por Claudio Sprejer
Lo antedicho nos podría hacer suponer que, para lograr el agradecimiento de la gente deberíamos encarar grandes gestas, o llegar a ser triunfadores en algo alguna vez.
Nada más equivocado. Si bien hoy en día todos nos quejamos por la falta de cortesía (ya demodé) de la gente y en general nunca logramos que nos digan gracias ni siquiera cuando abrimos la puerta de un ascensor, hay ciertas ocasiones en las cuales la persona beneficiada está obligada a agradecer. Un ejemplo de esto sucedió hace varios años en el barrio de Almagro, para ser más exactos en la parada del 160 de Colombres e Hipólito Yrigoyen, con un hombre llamado Humberto Piazzalonga cuyo trabajo (o placer, como quiera interpretarse) era ubicarse primero en la fila de la parada del colectivo en el horario más concurrido y, al arribar el mismo, con un gesto por demás cortés, dejar pasar a todas las personas de la fila para que subieran antes que él. Ésto, obviamente generaba el inmediato reconocimiento de los favorecidos, quienes agradecían a nuestro hombre, llegando incluso algunos parroquianos a esbozar una sonrisa que si bien era de compromiso podía parecer bastante creíble.
No bien terminaba de subir toda la gente que aguardaba en la fila, Piazzalonga miraba hacia su costado derecho fingiendo un saludo o un gesto de olvido y descendía del transporte con su corazón henchido de agradecimientos para, luego de varios y calculados gestos de disimulo, retomar su posición de primero de la fila para aguardar al colectivo siguiente y así reiterar la rutina.
En general su estrategia apuntaba a aprovechar la inocencia de la gente que agradecía desinteresadamente durante los primeros días, pero, como suele pasar, el humano común, en este caso el viajante del colectivo 160, suele desvalorizar el comportamiento repetitivo para tomarlo como derecho adquirido (por eso es que no conviene tener sexo todos los días ni vestirse siempre impecable). Al principio empezaron a mermar progresivamente los agradecimientos, luego algunas matronas de la cuadra llegaron a comentar que, después de todo, “¿cuál era el mérito si el colectivo iba siempre lleno?”. Piazzalonga, sabedor de que se le había escapado ese detalle (inútil donar un lugar si se va a viajar igualmente de parado), comenzó a levantar las bolsas del supermercado a las viejas como para compensar mientras se le ocurría una táctica para mejorar su desempeño. Pacientemente se dedicó a observar y anotar en una prolija planilla de cuaderno tapa blanda de los Power Rangers (que por entonces se hallaban en liquidación), la cantidad promedio de asientos libres que había en el 160 en cada horario y la cantidad de gente que aguardaba en las paradas para tomar cada colectivo. Luego de unos días halló la ecuación perfecta. En el micro de las 13.50 solía haber siete asientos libres y siete personas esperando en la parada. La estadística no podía fallar.
En los primeros días disfrutó de su genialidad que lo abastecía con el 100% de agradecimientos, pero tiempo después las cosas empezaron a fallar de nuevo, ya sea por un paro de transportes o porque había mucho tráfico en Pompeya o el chofer tardaba más por interpelar con aires de seducción (otra cosa demodé) a alguna moza que se le paraba en el estribo izquierdo del colectivo.
Piazzalonga comenzó a perder la calma (¿existirá quizás la patología de adicción a los agradecimientos?). Intentó conseguir el favor de los choferes, provocando entonces que pasaran las cosas más inverosímiles. El colectivo llegaba a Colombres y Belgrano (una parada anterior) y el chofer sospechosamente decía:
- “Señores pasajeros, sepan disculpar la molestia que les ocasiono pero ante la rajadura del cigüeñal, ésta unidad sólo podrá cargar a catorce de ustedes , y usté señor voluminoso se me baja porque me ocupa dos asientos, me ocupa.”
Mientras estas insólitas manipulaciones duraron, Piazzalonga obtuvo el máximo de efectividad, situación que mantuvo por algunos felices días.
Pero la gente, cansada de los desperfectos absurdos del micro de las 13.50, prefirió anticipar su viaje en cinco minutos y entonces, los que aguardaban en la parada de Colombres dejaron progresivamente de agradecerle a Piazzalonga sabiendo que, de todos modos se iban a sentar y finalmente acertaron al juzgar el proceder de nuestro personaje como demagogia pura y volver a la lógica del derecho adquirido, increpando al chofer cuando no había asiento disponible.
A partir de estos últimos fracasos, quizás ya escaso de ideas y no pudiendo sobrellevar la frustración, dejó de verse al susodicho por la zona de Colombres e Hipólito Irigoyen.
Vaya a saber qué nuevas ideas habrá generado Piazzalonga para obtener las gracias de la gente y en qué línea de micros estará maniobrando ahora. Dicen que lo vieron por la zona de Nazca y César Díaz, lugar lleno de comadres que padecen día a día los maltratos de adolescentes que se interponen impunemente al orden de las filas del bondi.
La inutilidad del relato nos lleva a la forzada idea de concluir con el siguiente pensamiento: en un mundo en donde la autoestima está en crisis, encontraremos a menudo en Piazzalonga la manera (engañosa) de elevarnos; de todos modos siempre será más conveniente no esperar ningún agradecimiento, lo cual no quiere decir que debamos rechazarlos. Tal vez lo adecuado sea desconfiar, no sea cosa que no nos demos cuenta y algún día nos encuentre parados a las trece horas cincuenta minutos en la parada del 160 de Colombres e Hipólito Yrigoyen intentando emular a nuestro héroe.
Por las dudas permítame aclararle, estimado lector, que si usted agradece a este humilde narrador por el relato contado, entonces habré logrado mi vil objetivo encubierto. Porque, he de confesar, yo también a veces tengo la sensación de que me quiero poco, y un par de agradecimientos no me vendrían para nada mal. Gracias a mí.
Nota: Las malas lenguas, abundantes en las paradas de bondi en el barrio de Almagro dicen que, al final, Piazzalonga no hacía más que cosechar un sin fin de gruesos insultos porque los actos de caballerosidad de otrora ya no eran bien vistos agregando que, la transición entre los "gracias" hacia los "correte pelotudo" fueron marcando un destino de retiro inexorable.