PST (apodos que atrasan)
Por Claudio Sprejer
En memoria de Marcelo Sch.
Con “Cara con manija” compartíamos la hora de descanso entre las materias de la mañana y los talleres de la tarde. Habitualmente caminábamos desde el colegio a un bar de estudiantes en donde vendían los mejores sándwiches de milanesa completos de los que tengo recuerdo y que además, acompañábamos con enormes licuados de banana con leche. Comíamos parados y de apuro volvíamos al colegio. Durante el trayecto de ida y vuelta al bar teníamos las conversaciones más desopilantes, que derivaban en una especie de teatralización, parodiando situaciones de colegio en donde, invariablemente, terminaban luchando entre sí los superhéroes (nosotros) contra los docentes y/o preceptores (cuyo eje del mal era encabezado por la profesora Ponk (una célebre y maltratadora profesora de Dibujo Técnico responsable de gran parte de nuestras angustias) y el profesor Zant (quien había tenido la singular característica de enseñar la matemática de la manera más revulsiva posible pero con mucha altura).
De tanta milanesa y licuado, terminamos haciéndonos amigos y compartiendo algunos momentos extraescolares (cosa que para mí y para mi inserción social en el colegio, era realmente un logro por esos tiempos). No se trataba de una amistad sólida pero era necesaria creo que para ambos. Duró poco porque a Cara con manija le iba muy mal en los estudios, con lo cual a mitad de segundo año y notando que los fracasos se seguían sucediendo implacables, dejó de asistir a clase.
Por ese entonces también tenía una respetable relación con Marota, un compañero que, entre sus más grandes hazañas había logrado aprobar dibujo técnico de primer año (con un célebre diez en el último bimestre). Era un chico muy inteligente y con una verba importante, aunque también abandonaría los estudios en el colegio técnico unas semanas después.
Teniendo dentro del aula una realidad que no me motivaba, y habiendo perdido a mis dos compinches más cercanos, yo también tuve ganas de romper el molde. Así fue que descubrí un escape bastante similar pero que, bien llevado, no afectaría mi imagen en la familia: hacerme la rata.
Las primeras veces, estaba convencido de que si me hacía ver en la puerta del colegio, algún compañero envidioso simplemente se lo contaría a la autoridad y eso me traería evidentes problemas, así que, para evitar esto, directamente me desviaba en la mitad de camino bajándome en estación Lima y combinando con el subte C hasta Retiro. Compraba el diario Clarín, por su suplemento Deportivo de los lunes (en general esos eran los días elegidos para ratearme) y subía al tren hasta la estación Olivos. Entraba al departamento de fin de semana que tenían mis viejos y, a fin de no ser descubierto, ni siquiera levantaba las ventanas (los vecinos y el portero eran sumamente peligrosos). Sólo me limitaba a leer el diario y a dormir. A veces, para aburrirme menos, tomaba el tren hasta Tigre y volvía.
A medida que me fui adaptando a que nadie se diera cuenta de mis ausencias, comencé a soltarme. Me iba a caminar por Florida o enfilaba hacia la Costanera Sur. Un día decidí agrandar la apuesta: me rateé de mañana y de tarde.
Como hacia el mediodía mi aburrimiento se hacía insostenible modifiqué la estrategia intentando a la tarde estar cerca de casa para, por si acaso el hambre me llegara a vencer, poder volver rápidamente esgrimiendo alguna excusa de ausencia de profesores (mis viejos me tenían mucha confianza por entonces y la comunicación con el colegio no era fácil). Este planteo sólo daba resultado si conseguía mantenerme lejos de la calle, de manera que ningún conocido me pudiera llegar a ver vagando, así que ese día como parte del plan se me ocurrió ir de visita a la imprenta de Cara con Manija.
Hacía bastante tiempo que no lo veía y debo reconocer que, cuando lo ví en esa habitación de dos por dos lleno de tinta de impresión y olor a toner, sentí mucha envidia. Cara con manija trabajaba, ganaba plata y era feliz, yo tenía que esconderme de la gente para no ser descubierto y nunca podría liberarme de la opresión totalmente (mi límite, falsificando la firma en la reincorporación y todo, era de veinticinco faltas, un tiempo de felicidad demasiado acotado para mis pretensiones). Me miró con sorpresa.
-¿Qué hacés Espencer? (ese era mi apodo para él). Espenceeeeeeeeeer...Puuuuuutoooooooooo (era su grito de batalla)
-¿Cómo andás, Narizota?, le dije.
Él giraba manivelas, abría válvulas y despegaba grandes cantidades de papeles tamaño carta mientras me hablaba:
La verdad estoy fenómeno, laburo con mi hermano, me garpa y en cualquier momento me compro la moto.
¿ A qué hora te levantás ?
A las diez, mi hermano no me hace drama.
Escuchar eso provocó en mí más envidia todavía...
¿ Y el colegio?
No vuelvo más, mandala a la Ponk a la puta que la parió.
Simuló hacer una trompeta con su mano en la boca y sopló por el orificio fuertemente en señal de burla. Luego, prendió un cigarrillo (era el gesto que faltaba para que sintiera más admiración por la escena que me tocaba presenciar).
A la noche si querés venite para casa, nos encontramos con Marota porque me compré unos discos importados de Kiss.
Bueno, capaz que voy. - respondí disimulando que, en realidad, me moría de ganas de ir.-
Ya que no me había ofrecido ni una galletita, tuve que volver a casa antes de lo pensado pero por suerte no hubo ninguna sospecha. Me devoré la heladera y me acosté a dormir la siesta.
A la noche aparecí por la casa de Cara con Manija.
Toqué el portero eléctrico, bajó su madre.
-¿Así que vos sos compañero de colegio? ¡Ay, nene, qué lindo sería que lo hicieras volver…! (la madre de mi amigo tenía todo el aspecto de una idishe mame)
Nos encerramos en la pieza a escuchar Kiss. Abrió una botella de Coca Cola (sacó la chapita con sus muelas en un asombroso acto de precisión más que de fuerza) y nos sirvió a mí y a Marota, mientras en su vaso mezcló la coca con un poco de alcohol fino (el mismo que me ponían cuando me lastimaba) y se la tomó de un trago.
Los dos se pusieron a fumar. Yo no, pero nuevamente la escena me resultó tentadora. Los posters de su pieza, el humo, el alcohol fino, las rateadas a Olivos… Todo eso junto me pareció lo más cercano a una vida soñada para mí.
La madre apareció para avisar que había una chica en la puerta.
¿Quién es? ¿Jota? ¡Hacela pasar!
Entró. Me clavó la mirada muy fuerte hasta hacerme sentir de más.
No hay problema, es un amigo, dejé que se quedara para que te conozca. - dijo Marota percibiendo la situación -
Jota no respondió, pero mantuvo su mirada entre sensual y hostil hacia mí.
La palabra la tomó Marota:
Mirá Remo, nosotros pensamos que esta realidad no se banca más, los milicos se tienen que ir ya.
Yo no entendía la relación entre los milicos y Kiss, pero Marota merecía ser escuchado por el sólo hecho de que me había llamado por mi nombre, no como los compañeros míos de división.
Continuó:
- Necesitamos gente que nos ayude a repartir estos diarios.
Y apoyó una pila de papeles de diario sobre la montaña de discos tirados.
¡Paráaaaa!¡Tené cuidado!, se animó a decir Cara.
¡Son mis discos, che!
Al mismo tiempo tomé un diario y leí en la tapa: “Partido Socialista del Trabajador al poder”. “Liberación o muerte”. “Milicos: ¡Váyanse ya!”.
Había un montón de fotos con gente marchando junto a pancartas con mensajes agresivos contra el gobierno militar, no entendí mucho lo que podría tener que ver conmigo, ya que mi viejo históricamente había sido un eterno puteador de peronistas y los militares, al menos para mí cabeza sin información, habían desbancado a los peronistas.
Trabajamos en células, sólo nos conocemos entre los integrantes de cada una pero no sabemos quiénes integran las otras (explicó Marota), por lo tanto es obvio que nadie más que nosotros va a saber que vos estás en esto. ¿Nos ayudás?
¡Pero yo ni siquiera sé si comparto el contenido de lo que ustedes quieren que reparta!, atiné a defenderme con el primer sofisma que se me ocurrió, porque sin entender demasiado sentí que esto era un poco más pesado que escuchar Kiss, incluso que ponerle alcohol fino a la coca.
Pensalo, no hay problema.
De pronto me sentí dentro de algo especial. El humo, la música…y una mujer cuyo nombre era una inicial que tenía puesta una camisola de seda y dejaba adivinar su corpiño de encaje.
¡Son ellos o nosotros! - Marota se decidió a presionar un poco. -
El corpiño era blanco, sin dudas. Yo me sentía algo confundido, con demasiados estímulos juntos.
¿Y a quién se los doy?, dije ya metido en una especie de trance.
A tus amigos, a vecinos de confianza...los milicos se tienen que ir ya, esa es la consigna.
No pude pensar demasiado. Me pesó pertenecer, ser aceptado, ser diferente… Pesó Jota , que ya me miraba de otra manera. Pesaron sus pechos.
Bueno. Dame que los voy a ayudar… ¿Jota es la inicial de qué?, pregunté algo envalentonado y mirándola fijamente.
No te lo voy a decir, no corresponde que sepas mi nombre.
Así nos manejamos nosotros, dijo Marota, haciéndome entender que no habría lugar para el amor.
Cara se tomó otro trago de alcohol fino (esta vez sin Coca Cola) y no dijo nada.
Me distraje unos segundos contemplando en una de las paredes de su habitación un póster de King Crimson y otro del equipo de River campeón del ’75. Pensé unos segundos más, pero no tuve la valentía suficiente para cambiar mi decisión.
Metí los diarios en una bolsa, saludé y me fui.
Caminé a paso rápido por Gascón hasta Rivadavia y por Rivadavia hasta mi casa con la espantosa sensación de ser acosado por alguien. Cuando el ascensor paró en el décimo piso dejé la bolsa en el buche del incinerador. Entré, estaban todos acostados. Tomé la bolsa y mientras saludaba caminé al comedor.
-¡Holaaaaa! ,sabía que nadie se iba a levantar para recibirme.
Tomé unos discos de música Lituana que estaban en los portadiscos del comedor, nunca nadie en casa había escuchado en casa música Lituana. Guardé los diarios camuflados entre las tapas de cartón del disco.
Ya un poco más relajado, decidí repensar la situación.
Volví a leer los titulares: “Liberación o muerte”, “Aparición con vida y castigo a los culpables”.
Escondí los discos Lituanos entre los demás. No los toqué nunca más.
Ese día, entre la Liberación o la muerte, elegí la muerte.
El no comprometerse era la muerte, pero la muerte era tranquila.
La liberación era demasiado para mí.