Lo viejo, viejo es: Una reflexión sobre la vida después de la despedida

Lo viejo, viejo es.
Mi hijo lo dice seguido. No como una ocurrencia, sino como una afirmación pensada. Es profesor de filosofía. Sabe lo que dice.
Lo viejo, viejo es.

El ritmo y la pertenencia el día después


Mi despedida del colegio fue rock. Volumen, cuerpos cerca, una energía que sube sin pedir permiso. Hubo palabras que no estaban del todo escritas, abrazos largos, una emoción compartida que por un rato desordenó la rutina. Pareció que algo terminaba de verdad.
Después vino el corte.
Y al día siguiente, todo siguió. Los mismos pasillos, las mismas aulas, los mismos problemas —o más—, el mismo ritmo que no da tregua. Mis colegas siguieron ahí, incluso más exigidos. El sistema no registra lo que suena fuerte. Registra lo que no se detiene.
Yo, en cambio, me quedé con tiempo. Tiempo para escribir, para pensar, para quedarme en una idea, para tomar mate sin que nadie necesite nada.
Ellos no.
La comunicación se volvió otra cosa. Yo puedo esperar, ellos no tienen cómo. Yo elaboro, ellos resuelven. No es una cuestión de voluntad: es una cuestión de ritmo. Y el ritmo también define quién pertenece.

La asimetría del recuerdo: ¿Qué queda?


Aparece entonces una incomodidad nueva: la vergüenza de volver. Volver de visita, como si uno fuera un recuerdo con piernas. Imaginar el momento antes de entrar: todos ocupados, todos en algo, todos en lo que sigue. Y uno ahí, esperando una atención que ya no le corresponde. Midiendo el gesto, el saludo, el tiempo que se le puede robar a alguien sin que se note demasiado.
Algo parecido pasa con el teléfono. Esa espera, absurda y real a la vez, de un mensaje. No por necesidad, sino por confirmación. Como si un saludo alcanzara para probar que uno todavía está en algún margen de la escena.
Después están los oídos. Los oídos que vuelven a ese mundo y entienden que el ruido ya no es el mismo. No porque haya cambiado, sino porque uno ya no lo escucha desde adentro. El bullicio deja de ser propio y pasa a ser ambiente. Y en ese desplazamiento hay algo que no se puede explicar del todo, pero se siente.
Pienso también en los compañeros. Y en las compañeras. En esos vínculos que, sin decirlo, funcionan como una forma rara de parentesco. Personas a las que uno acompañó, sostuvo, discutió, y que de golpe desaparecen de la vida cotidiana como si ese lazo no hubiera existido más que en un tiempo determinado.
No los vi más, a la mayoría.
Y no hay reclamo en eso. Hay constatación.
Porque recuerdo algo que ya sabía, pero que ahora vuelve con otra fuerza. Cuando terminé la primaria, volví a mi primera escuela dos años después. Fui a ver a mi maestra. "Nunca te olvides que yo fui tu primera maestra", me solía decir cuando, siendo yo estudiante, nos cruzábamos caminando los pasillos de la escuela. Entré con una expectativa que no supe nombrar en ese momento. Ella me miró, dudó un segundo, y dijo otro nombre. El mío no.
No fue grave.
Pero fue definitivo.
Ahí entendí —sin entender del todo— que el recuerdo no es simétrico. Que lo que para uno es una marca, para el otro puede ser apenas un trazo borroso.

La filosofía del tiempo: Aprender a correrse


Mi hijo sigue en el colegio. Da clases de filosofía. Camina los mismos pasillos, pero no los pisa igual. Tiene otra relación con el tiempo, más inmediata, más viva.
Y vuelve a decir:
Lo viejo, viejo es.
Ahora la escucho sin resistencia. No como una pérdida, sino como un orden.
Lo que fue importante no se sostiene por haberlo sido. Lo que tuvo intensidad no se prolonga por inercia. Lo que incluso fue rock… no queda en escena.
Queda, con suerte, en alguien.
Pero uno no siempre sabe en quién.
Y aprender a vivir sin esa confirmación tal vez sea la forma más precisa de correrse.
















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