El cumplir, entrega 1, "San Petersburgo"



El ejército ruso del zar había sido demasiado para él, fundamentalmente porque Josef, con sus 18 años, no alcanzaba a comprender el porqué tenía que estar defendiendo a alguien que no hacía más que intentar matarlo de hambre, al menos como objetivo mínimo. Ya ni las cartas de la familia recibía. Había días en los cuales pensaba que seguramente las mismas fuerzas del uniforme pulcro e impecable que él mismo lucía, habrían arrasado con toda la aldea ya harto debilitada de comer todas las variantes posibles de papa y cebolla. Si al menos la aldea quedara más cerca de Odessa, hubieran podido comer la pesca del día, pero tan lejos de ahí no quedaba más remedio que hervir papas y que las bobes inventen todas las variantes de comida posibles, porque ni aceite para freír tenían.

Al principio Josef se conformaba con no ser un Cosaco, porque “los Cosacos eran los que salían a perseguir judíos por orden del Zar”, le habían dicho. El uniforme le daba cierta prestancia, cierto aire de seguridad. Josef pensaba al principio que él formaba parte del ejército de los buenos. Su Zeide le contaba historias de un familiar que había sido del regimiento Preobrazhenski en las épocas de guerra contra los turcos y él había incorporado dentro de su cabeza aquellas historias de hacer justicia y defender a la patria como propias, pero esas historias eran muy distintas a las dudas que sentía ahora.

Un día en el ejército le dieron un viejo arcabuz para que aprendiera a disparar, cosa que lo incomodó porque Josef temía dañar sus delicadas manos de pianista, aquellas que le habían servido para animar tantas inútiles jornadas de invierno en el cuartel; cada disparo errado provocaba las bromas de sus compañeros, que parecían tener un instinto de lucha que él no poseía ni quería poseer. Últimamente se le habían cruzado varias veces las ganas de escapar. Pero…¿a dónde? Ni siquiera sabía cuán lejos se encontraba de su aldea, ni de qué manera ni con qué recursos podía hacerlo.

Varias noches Josef se había soñado a sí mismo tocando un hermoso piano Estonia, él vestido con un impecable uniforme cual General del Preobrazhenski, su pelo peinado perfectamente a la gomina, y por detrás un gran ventanal mostrando el paisaje de la nieve cayendo sobre los palacios de San Petersburgo, mientras su cuerpo se movía acompasadamente al ritmo de los dedos en precisa ejecución de una pieza de Nikolái Rimski-Kórsakov, pero el cruel frío del despertar lo ubicaba en su confusa realidad y la inercia del tener que cumplir.




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