Como escape de una de esas caminatas infinitas al lado del mar, tuvimos la urgencia de un café.
Afuera en MDQ es invierno. El bar, encajado en la piedra del castillo sobre la rompiente, huele a medialunas calentitas y algo de salitre que se cuela desde el afuera. Nosotros, solos en el lugar, temprano a la mañana, pudimos elegir un punto estratégico que nos permita dominar el mar y a la gente que pasa, casi como si fuéramos los guardianes parapetados sobre la torre de vigilancia de la foto típica. A través de la niebla, los edificios hacia arriba del acantilado ya casi no existen. Sólo se divisa, en la franja de pasto que bordea la barranca al costado de las eternas escalinatas que seguramente nunca subiría, las siluetas de algunos chicos, extrañamente la mayoría en remera, como si la humedad y los 11 grados fueran para ellos una primavera, sentados con sus perros frente al vacío gris del mar.
Entre los que pasan, los veo: los enamorados.
Veo un abrazo imprevisto con ella cantando un lento. Un pequeño movimiento que los bambolea siguiendo el compás.
Ella, locamente suelta. Él, atado, casi temeroso, con el deseo colocado en algún lugar donde no puede alcanzarlo o intenta, infructuosamente, disimular.
Ella canta con voz dulce y aflautada. Seguramente es la canción de los dos, imagino mientras tomo un sorbito. Hasta que no termina de cantar, ella no lo suelta. Él recibe el amor, sorprendido, sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo mientras ella danza con él o a pesar de él.
Por detrás el mar.
En algún momento ella percibe que lo domina. No lo estaba pensando, simplemente lo sabe, como se saben las cosas que no necesitan pensarse. Entonces se retira tranquila, con esa calma de quien acaba de poner todo en su lugar.
Él se queda en la vereda para rearmarse.
Te lo señalo con la mirada. No hace falta decir nada.
Pasa una gaviota y planea bajo hasta que se deja caer, mientras a mí se me ocurre pensar en nunca más moverme de ahí.

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