Becky
Mi abuela Becky era inglesa, nacida en London decía ella. A su vez era hija de Rusos y llegada a Buenos Aires en 1904. Mi mamá tuvo siempre una relación muy conflictiva con ella y yo me crié escuchando relatos en donde mamá contaba que varias veces hubo que salir a tapar agujeros económicos generados por mis abuelos y recurrentes discusiones telefónicas entre ellas que me fueron dejando una imagen contradictoria de Becky. Por un lado a sus setenta y pico años parecía tener todavía un espíritu indomable pero por el otro me resonaban las historias de abandonos sistemáticos de hogar y las situaciones turbias en donde mi abuela era siempre protagonista. Yo no sé si la quería, pero estar con ella me divertía mucho más que estar con mi otra abuela.
Becky se casó de muy joven con José, un pianista de varieté que se ganaba la vida tocando como número vivo en los cines de la época. Según mi mamá relataba, lo que ganaba de día él se lo jugaba al póquer de noche, con lo cual el dinero siempre faltaba en su casa; por otro lado mi mamá evocaba su casa de la infancia como “la pensión del campeonato”, queriendo significar con esto que la casa estaba siempre llena de gente y que los cinco hijos del matrimonio de Becky y José tenían que compartir víveres con cualquier persona que viniera de visita. Sus recuerdos de infancia lastimaban a mi mamá.
De José, a quien nunca conocí, me quedó fija la anécdota de su muerte, allá por el mil novecientos cuarenta y pico, él estaba tocando piano en la casa, con mi mamá escuchando sus melodías como tantos otros días. De pronto, cuenta ella que le quitó la vista y cuando volvió a la escena su papá yacía muerto sobre el piano. Mi mamá era apenas una adolescente.
De buenas a primeras Becky tuvo que salir a trabajar. Aparentemente con algún dinero de la herencia o con el favor de benefactores ayudada por su carisma, capacidad de iniciativa y belleza, fundó la Sastrería Teatral, y se dedicó a confeccionar el vestuario de los actores de las obras de teatro de Buenos Aires de entonces. Como madre a cargo de cinco hijos de edades diferentes era común ver a varios de ellos transitando los pasillos de los teatros porteños e integrándose en alguna actividad relacionada. Mi mamá entonces se convirtió en maquilladora de actores.
Como correspondía a los hijos de un músico, todos en la casa tocaban algún instrumento: el hijo mayor Bernardo tocaba el contrabajo, Saúl el acordeón, Hilda cantaba, mi mamá tocaba el violoncelo y Carlitos el violín. Todos lograron conservar el hábito de tocar con el correr de los años, con excepción de mi mamá cuyo violoncelo fue mordido y destruido por el perro de la casa cuando Saúl lo usó para jugar con él. Mi mamá quedó muy marcada por aquella situación.
Por ese entonces, no era común que las mujeres estudiaran. El ser profesional en algo estaba destinado a muy poca gente y en particular a la de sexo masculino por lo cual mi mamá una vez terminada la escuela primaria tuvo que pelearse con la familia para seguir estudiando en la secundaria porque en la casa le retiraron todo el apoyo además de que ninguno de sus hermanos mayores había puesto algún interés en estudiar, así fue como por necesidad ella tuvo que confeccionarse su primera prenda: un guardapolvo con la vergüenza de que le había salido con el cuello torcido. Conservo en algún lugar la foto que certifica este hecho. Contaba también mi mamá que, un buen día y sin ninguna explicación por parte de Becky, se vendió la sastrería y mi abuela desapareció con todo el dinero, así que cada uno de los hijos no tuvo más remedio que buscar su propio destino. Mamá lo resolvió rápidamente casándose para escapar de lo poco que quedaba de su hogar familiar.
Varios años después mi abuela reapareció con un nuevo marido: Pedro, quien en realidad para mí fue mi abuelo y que trabajaba de actor y de Clown en un circo. Eso motivó que ambas se reencontraran (siempre se perdona a una madre) y aceptaran mutuamente sus nuevos destinos: Becky junto a Pedro y mi mamá ya separada, viuda y vuelta a casar esta vez con mi papá.
Los años subsiguientes fueron con Pedro trabajando de vez en cuando, tal era el destino del artista. Entre sus logros mediáticos figuró un bolo de televisión en una novela cuyo nombre no recuerdo. Becky por su parte reciclaba ropa con su máquina de coser mientras esperaba eternamente que le saliera su jubilación. Era muy hábil con su máquina Singer a pedal, recuerdo que desarmó un gabán de mi papá para convertirlo en dos gabanes, uno para mi hermano y el otro para mí. Mi mamá por ese entonces le pasaba plata para llegar a fin de mes. Un tío mío, mientras tanto, le hacía juicio a Becky reclamando la vieja herencia de mi abuelo José que ella se había gastado en sus años de parranda.
Como una pareja de bohemios, Becky y Pedro comieron poco durante meses, pero a fuerza de ahorrar se compraron un fiat 600, lo que generó la ira de mi papá. Un día Pedro apareció con el auto puesto de cabeza en la esquina de Eduardo Acevedo y Yerbal, así que, al salir el auto del medio, producto del accidente, la relación entre mis abuelos y mis padres se estabilizó un poco más.
Durante esos años de estabilidad, yo iba algunas noches a dormir a casa de Becky. Ellos vivían en un ambiente alquilado, dividido por un biombo, en un segundo piso por escalera. Al llegar, uno se encontraba con una fila de cucarachas muertas panza arriba por haber comido una extraña mezcla de azúcar y veneno que mi abuela les ponía. Al entrar en el departamento, se veían todas las paredes llenas de adornos fileteados a pincel, jarrones y relojes de pared reciclados en rojos y verdes de témpera, las fotos de Pedro con la compañía de teatro de Juan Carlos Chiappe y la guitarra colgada siempre lista para tocar. En otra pared, una foto mural de Becky joven, confirmando su belleza del pasado. Me preparaban un colchón al costado de su cama para que, en vez de dormir yo pudiera ver con ellos las trasnoches de cine de canal siete. En la casa de Becky y Pedro nunca existían los horarios y si yo tenía hambre, Becky bajaba los dos pisos para ir al mercado de enfrente a comprarme menudos de pollo que todos comíamos parados en la cocina (esquivando a las hormigas del mármol a las que el azúcar y el veneno no parecían amilanar).
Becky y Pedro eran, por esa época, mis abuelos soñados. Él me enseñó a jugar ajedrez y a tocar la guitarra, incluso alguna vez me llevó a verlo actuar como Clown y me prestó su gorra de cuerina con la que yo me exhibía orgulloso ante los otros chicos que asistían para verlo actuar; pero mi abuela invariablemente le escapaba a los compromisos salvo que necesitara ayuda. Entonces sólo la veíamos si mi papá decidía pagar el almuerzo a todos nosotros en algún restaurante. Como las discusiones con mi mamá y sus reclamos de hija abandónica eran casi una constante, mi abuela finalmente desapareció otra vez.
Cuando más adelante, mi mamá enfermó, la ausencia de Becky y los correspondientes reclamos mutuos se profundizaron y eso motivó que no nos viéramos más hasta casi cinco años después, cuando los acontecimientos se precipitaron.