Rosario

Por Claudio Sprejer

Durante muchos momentos de este viaje, recordé a mi nueva compañera de terapia de grupo porque habló de "constelar", como un mecanismo que sirve para hacer un viaje a nuestro pasado y así "destrabar" cuestiones propias que nos angustian y, porqué no decirlo, nos atormentan. Cuestiones de la mente que nos atacan, fundamentalmente por las noches, pero que también se nos presentan cuando nos permitimos estar en silencio, atreviéndonos a apagar la tele o a desprendernos de Dolina en Spotify de madrugada, cuando nos la jugamos a no apelar a ningún recurso fácil que nos impida el pensamiento y el conectarnos con nuestros sentimientos.
Constelar sería la solución, culpar a nuestros antepasados, a nuestra genética, a los abuelos y bisabuelos que huyeron de Sataniv porque además de perseguirlos y abusarlos (como mi bisabuelo Froim Hersch a quien, según contó la prima hermana de mi papá cuando la conocí por primera vez a sus 94 años, mientras se fumaba un Virginia Slims importado ("sólo 3 por día, eh!") y comía frutos secos en el jardín, lo torturaron los policías metiéndole un gusano en la oreja sólo porque tenía en Ucrania (o Polonia o la Rusia del Imperio, no lo tengo tan claro) un negocio de venta de cereales bastante próspero y no quería aportar a la "causa del Zar". y le provocaron una infección que lo dejó ciego, y viajó con la familia ciego a Buenos Aires, y ciego fue todos los días del resto de su vida a la Sinagoga de la calle 11 de septiembre, y ciego le dio pelea a la vida en Argentina, ya liberado de persecuciones y de hambrunas hasta los noventa y pico de años; constelar sería la solución para sacarme de encima todos los temores de mi papá, que me decía que no me meta a charlar con extraños, que nunca me olvide los documentos, que evite figurar en la agenda de nadie, o liberarme de la imagen de mi mamá esperándome siempre despierta, sin importar la hora de la noche en la cuál yo decidía volver a casa, sin reclamos, porque en ese momento del país las persecuciones y los abusos estaban a la vuelta de la esquina como si se hubiesen subido de polizones desde algún barco salido de Odessa y hubieran recalado en Buenos Aires para esconderse pacientemente por setenta años y atacar en el momento justo.

Claro, constelar sería hacer las paces con los antepasados y librarnos de toda culpa, toda angustia y toda compulsión a la quietud extrema. Es fácil la idea, ellos nos van a exculpar a la distancia y nosotros así, de buenas a primeras, vamos a convertirnos en seres mucho más felices, positivos y constructivos, evitaremos preguntarnos todos los días porqué tenemos que enfrentar tal o cual responsabilidad, o, simplemente, porqué, a título de qué mandato, tenemos que salir a la calle cuando estamos tan bien, tan abrigaditos, tan seguros y reparados en nuestra casa. Porqué a pesar de haber disfrutado, haber sido feliz en cada caminata, cada contemplación, cada mirada curiosa, vuelve a surgir el temor, la angustia inexorable de la espera, la ansiedad del retorno... Porque el tiempo sobra al tener que volver, porque la bolita del flipper siempre vuelve a bajar y amenaza con perderse en el agujero negro de las emociones que no sabés y quizás nunca sabrás explicar, porque estás obligado a evitar la caida pegando con las paletas de abajo para reimpulsarte a la experiencia de vivir, a mirar el horizonte del Paraná, a buscar la estatua de Olmedo que ayer en la enésima caminata se te escapó, a esperar activamente que pasen las horas hasta que la Van te lleve al aeropuerto y el avión te lleve al bondi y el bondi te deje en la zona segura de tu casa, hasta la próxima madrugada en la que, a las 4,20 A.M., te asalten las constelaciones de los familiares que vienen de Sataniv (o capaz que de más atrás también), y te salven otros sueños mejores y los amores incondicionales que me toman el cuerpo todos los días cual gusanos y me abrazan y me miman y me escuchan hasta la próxima vez que los fantasmas me vuelvan a atacar.





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