El cumplir, entrega 5: El jefe
En las sombras del atardecer, el jefe, inmerso en su entrenamiento meticuloso, trota en busca de algún récord que sólo él conoce. Mientras deja atrás edificios, plazas y aceras, lleva consigo una carga invisible, quizás algún suceso del pasado, o alguna culpa que teje las sombras de su personalidad. Cada repetición, cada ejercicio de elongación posterior al trote, parece una búsqueda de control desesperada, como si correr fuera a apaciguar la angustia que anida en las profundidades de su ser.
En la mesa familiar, la obsesión por el control alimenticio adquiere nuevos matices que sólo él conoce. Sus precarias elecciones culinarias disfrazadas de un comer sano parecen una barricada contra la ansiedad, como si cada bocado fuera un intento de mitigar la misma sombra que lo persigue al trotar, o al elongar, o al ordenar esos cientos de archivos de su computadora del banco, esa sombra se cierne sobre su alma. El entorno, ajeno a este tormento silencioso, solo atisba la rigidez de sus hábitos, sin conocer la verdadera raíz de sus obsesiones que sólo quedan en evidencia cuando algo o alguien escapa a su control. Y alguien feliz escapa a su control.
En las noches clandestinas con antiguos amigos de la adolescencia, las risas y las adicciones compartidas son el refugio de alguien marcado por las propias persecuciones. La dualidad de su existencia se manifiesta en cierta camaradería que aflora al compartir el alcohol, el porro o incluso algún gramo de cocaína, como una huida de los traumas más profundos que acechan en el rincón oscuro de su memoria.
En el devenir de su día, el jefe revela en cada acción, sin palabras, la carga de un pasado familiar doloroso, donde la angustia se mezcla con la obsesión por el control. La ciudad, al igual que la gente que lo rodea, testigo de sus rituales diurnos y nocturnos, guarda silencio ante la complejidad de un hombre cuya personalidad se forma en las sombras de un suceso que nunca olvida.
En la oficina bancaria, el jefe, una figura que destila cierta arrogancia y a veces crueldad, se sumerge en el tumulto de toneladas de informes financieros que responden a una economía tanto argentina como porteña, caótica por definición, su mente obsesiva se encuentra buscando siempre la perfección que nunca logra porque sus pensamientos se desvían invariablemente. La penumbra de su cubículo, iluminado por la pantalla verde de su computadora IBM 286, sirve como telón de fondo para sus maquinaciones silenciosas.
En una mañana ya marcada por aquella tensión invisible que él provoca, el jefe, cavilando en su rincón, levanta su mirada hacia la posición de Alexei, y desata sus palabras con precisión quirúrgica. "¡Viejo pajero!", murmura con desdén. Las palabras, como flechas envenenadas, se lanzan al aire, dejando una estela aguda de malestar de la gente que escucha pero simula no escuchar. Para él, no es simplemente una crítica laboral, es una expresión que encapsula el poder de la humillación, una herramienta de manipulación que ejerce con maestría y sorpresa.
Desde su perspectiva distorsionada, el jefe observa cómo las palabras tóxicas se enroscan alrededor de la mente de Alexei. Cada sílaba despectiva es un peldaño en la escalera de su control. La dualidad de su personalidad se refleja en la mínima sonrisa sutil que se dibuja en sus labios, una satisfacción momentánea al hundir a otro en las profundidades de la incomodidad. Algún elemento habrá encontrado para justificar su disparo certero al corazón, pero Alexei no lo sabe, aunque la culpa se le dispare igual.
En la oficina, la dualidad del jefe se manifiesta de manera más clara. Aunque exteriormente mantiene una compostura aparentemente serena, su mente maquina estrategias para socavar la autoestima de sus subordinados. La manipulación sutil, un arte que domina, se convierte en su arma secreta para mantener el control en aquel laberinto bancario de inflación, cristal y acero.
Así, mientras la ciudad de Buenos Aires fluye ajena a estos dramas internos, el jefe, con su mente obsesiva y su habilidad para tejer angustias en las vidas de los demás, se erige como un maestro de la dualidad, perpetuando el juego oscuro que caracteriza su existencia. En este escenario de luces y sombras, su influencia se extiende, dejando muchas veces cicatrices psicológicas en aquellos que caen en las redes de su manipulación.
En el escenario en transformación de aquel Buenos Aires noventoso, el jefe, se desplaza por las calles de la ciudad que susurran historias de tiempos pasados. Su figura, en apariencia común, se destaca entre la arquitectura que abraza tanto la tradición como la modernidad, un eco de la complejidad de un Buenos Aires en plena metamorfosis. Él es brillante y además siente que lo es.
En sus expediciones diarias por la Avenida de Mayo, los edificios de tinte español se elevan como testigos silenciosos de su rutina. Mientras pedalea en su bicicleta con determinación rumbo al banco, su mente parece inmersa en una danza de dualidades. La ciudad, con sus luces titilantes y todavía algunas viejas calles adoquinadas, se convierte en un telón de fondo donde se proyectan sus elucubraciones por sobre la gente que, de buena, parece débil.
El jefe, una figura banal a simple vista, se convierte en un director de escena en el teatro de su vida cotidiana. Los empleados bancarios, siempre respetuosos del escalafón, testigos de su tiranía disfrazada, se ven atrapados en un juego de poder donde la dualidad de su personalidad se despliega entre gestos generosos y palabras hirientes.
En su casa compartida, el jefe convive con su pareja, una colega de Recursos Humanos, quienes se enredan en una danza complicada. La dualidad de su relación se refleja en los almuerzos juntos en el banco, donde la rigidez alimentaria del jefe se entrelaza con cuestionamientos psicopáticos sobre trabajo y tareas domésticas mal realizadas por ella. Su pareja, por momentos destinataria de su amor aparente, también es víctima de manipulaciones que se disfrazan de preocupación.
Sus hijos, destinatarios de una devoción selectiva, son testigos de un padre que oscila entre la ternura y la crueldad. La obsesión por el control se refleja en las interacciones cotidianas, donde sus acciones de aparente cariño se mezclan con comportamientos que dejan una huella oscura en la psique de los jóvenes.
Así, en el paisaje cambiante de Buenos Aires, el jefe se erige como una figura compleja, tejida con matices oscuros que se proyectan sobre una ciudad en permanente transformación, que no distingue muy bien entre los buenos y malos. Su historia, entre luces y sombras, se entrelaza con la urbe que lo abraza y calla, un testigo silencioso de una dualidad que se despliega en cada rincón de su vida.
